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hannah arendt

Friedrich Welsch[*]

¿Amenaza totalitaria hoy?

En marzo de 2006, en el contexto de las reacciones a la publicación de ca­ricaturas del Profeta Mahoma por un periódico regional danés, una do­cena de intelectuales, entre ellos el escritor británico-hindú Salman Rushdie y el filósofo francés Bernard-Henri Levy, firmaron una declaración ti­tulada Juntos contra el nuevo totalitarismo, que se publicó en el semanario sa­tírico francés “Charlie Hebdo” y se conoce como “Manifiesto de los doce”. El manifiesto comienza diciendo:

Vencidos el fascismo, el nazismo y el estalinismo, el mundo enfrenta una nueva amenaza totalitaria a escala global, a saber, el islamismo. Nosotros, es­critores, periodistas e intelectuales, hacemos un llamado a la resistencia contra el totalitarismo religioso y por la promoción de la libertad, igualdad de oportuni­dades y el laicismo. … Como todos los totalitarismos, el islamismo se nutre del miedo y la frustración, sentimientos a los que apuestan los predicadores del odio para lograr que sus batallones impongan un mundo negador de la libertad e igualdad. Pero nosotros insistimos con claridad en que nada, ni siquiera la des­esperación, justifica el embrutecimiento de las masas, el totalitarismo y el odio.

Este manifiesto invita a hacer algunas reflexiones (v. Misk, 2006):

- El término “totalitarismo” no debería ser devaluado a etiqueta de lucha política, como ocurre en la cita anterior, sino reservarse como categoría analítica del estudio de los regímenes políticos. En su clásica obra Los orígenes del to­talitarismo, Hannah Arendt sostiene la misma posición aconsejando el uso cuidadoso y prudente del concepto pues Si es cierto que en las fases culminan­tes del totalitarismo aparece el mal absoluto -absoluto porque ya no puede ser de­rivado de motivaciones humanamente comprensibles- entonces también es cierto que sin él no habríamos conocido nunca la naturaleza auténticamente radical del Mal. (Arendt, 1951: xxvii, trad. F.W.). Espero contribuir al uso cuidadoso y pru­dente del concepto del totalitarismo con estas reflexiones.

- Los doce escritores e intelectuales firmantes primarios del manifiesto -muchos más se han sumado desde su publicación- tienden a diluir la dife­rencia entre régimen totalitario y movimiento totalitario que establece Hannah Arendt (1951: 432, trad. F.W.): Ni el nacionalsocialismo ni el bolchevismo jamás proclamaron una forma de gobierno ni afirmaron que con la captura del poder y el control de la maquinaria del Estado habían alcanzado sus metasLa captura del poder… en cualquier país es sólo una fase transitoria… simplemente no existe ninguna meta política que constituiría el fin del movimiento. Identificar gené­ricamente al islamismo como régimen totalitario no es aceptable porque no todos los gobernantes islamistas sujetan a sus respectivas sociedades a la domi­nación total característica del totalitarismo. Pero las manifestaciones más radi­cales, fundamentalistas y dogmáticas del islamismo comparten con los movimientos totalitarios del siglo pasado su odio contra el modernismo liberal y los valores occidentales en general, sus inclinaciones terroristas, su antisemi­tismo, su culto de la muerte y su teleología de un Apocalipsis purificador que engendraría al hombre y mundo nuevos (Bennan, 2004).

- Hannah Arendt identifica la ideología y el terror nazi como esencia del totali­tarismo: Las ideologías son opiniones inocuas, acríticas y arbitrarias sólo mientras no se cree seriamente en ellas. Una vez que su reclamo di validez total es aceptado en forma literal, se convierten en núcleos de sistemas lógicos en los que. al igual que en los sistemas de paranoicos, todo se sigue de manera comprensible e incluso com­pulsiva cuando se haya aceptado su primera premisa. La locura de estos sistemas no radica solamente en su primera premisa, sino en la misma lógica con que están cons­truidos. La curiosa lógica de todos los ismos, su simplista confianza en el valor sal­vador de la devoción obstinada sin tener en cuenta factores específicos y variables, ya contiene los gérmenes del desdén totalitario por la realidad y facticidad. (1951:589s., trad. F.W.). Forma parte de la naturaleza de políticas ideológicas -y no se trata simplemente de un engaño en función del interés propio o afán de poder- que el contenido real de la ideología (la clase obrera o los pueblos germáni­cos que generó originalmente la “idea” (la lucha de clases como ley de la historia o la lucha de razas como ley de la naturaleza) es devorada por la lógica con que la “idea” se pone en práctica. (1951:608s., trad. F.W.). El terror total, la esencia del gobierno totalitario, no existe ni a favor ni en con­tra de la gente. Se supone que provee a las fuerzas de la naturaleza o historia un ins­trumento incomparable para acelerar su movimiento. (1951: 600s., trad. F.W.).

Ahora bien, aunque en algunos regímenes -islámicos y no islámicos- el te­rror y la ideología están presentes, el islamismo no parece ser un terreno en que puedan prosperar las condiciones previas del totalitarismo, a saber, la masificación, la fusión de los individuos en un todo en la sociedad moderna y la de­cadencia de valores.

- Por otra parte, es necesario marcar distancia respecto del argumento es­grimido por sectores de la izquierda que denuncian la equiparación del totali­tarismo con el nacionalsocialismo y el comunismo estalinista y las teorías del totalitarismo en general, como ideologías de la Guerra Fría y, por ende, como propaganda anticomunista. Recordemos que Hannah Arendt compara las cá­maras de gas del Tercer Reich con los gulag soviéticos y describe cómo ambos regímenes se propusieron la aniquilación sistemática, ya sea de las razas o de los individuos inferiores, ya sea de determinados sectores sociales o clases. De hecho, Arendt restringe su concepto de la dominación totalitaria al nacionalsocialismo y al bolchevismo o, más estrictamente, a las figuras de Hitler y Stalin; el totalitarismo nazi desaparece con Hitler, mientras que el totalitarismo bolchevique atraviesa un proceso de destotalitarización luego de la muerte de Stalin en 1953. El nacionalsocialismo y el estalinismo son para Arendt variaciones de un mismo modelo (Arendt 1986:640).

- Finalmente, respecto del llamado a la resistencia contra tendencias totalitarias, es preciso insistir, con Hannah Arendt, en que la dominación totalitaria es el único tipo de régimen que excluye toda idea de coexistencia o compromiso (1986:978). Su esencia es el terror; ambas ideologías -la nacionalsocialista y la bolchevique- apuntan a la aniquilación del enemigo interno y externo a fin de remover los obstáculos a su movimiento (I986:948). Y es bueno recordar que Las soluciones totalitarias podrían perfectamente sobrevivir la caída de regímenes totalitarios en la forma de fuertes tentaciones que surgirán cuando parezca imposible aliviar la miseria política, social o económica de una maneta digna del hombre. (Arendt 1951:592, trad. F.W.).

Totalitarismo

El término totalitario es de origen italiano: Giovanni Amendola lo acuñó para caracterizar el régimen absoluto y no sujeto a controles de Mussolini (Uni-Prptpkolle 2006). Más tarde, el mismo Amendola equiparó d fascismo con el comunismo, calificándolos como reacción totalitaria al liberalismo y la demo­cracia. El padre Luigi Sturzo, uno de los inspiradores de la Democracia Cristiana italiana, llevó esa equiparación a la simple fórmula que el fascismo es un “bol­chevismo de derecha” y el bolchevismo, un “fascismo de izquierda”; lo que les es común a ambos es su rechazo de la democracia parlamentaria (Wippermann 1995:670). Mussolini adoptó el término y le dio una connotación positiva al describir orgullosamente el sistema de dominación que había creado como stato totalitario; sin embargo, después de la desaparición del fascismo y del na­cionalsocialismo, ha tenido una connotación exclusivamente negativa.

5iguiendo a Wippermann (1995), diferenciamos tres teorías “clásicas” del totalitarismo: el enfoque filosófico-político que deriva el fenómeno moderno del totalitarismo de ideas políticas más antiguas (Popper 1957, entre otros), el histórico-descriptivo que ubica los elementos y orígenes de la dominación to­talitaria en el imperialismo y racismo del siglo XIX (Arendt 1951) y el ideal tí­pico estático que define los regímenes totalitarios a partir de determinadas características (Friedrich/Brzezinski 1956).

Popper interpreta el Estado justo de Platón como anticipación de la doc­trina racista del nacionalsocialismo. El Estado justo, reflejo del alma del hom­bre justo, está compuesto por tres partes: el saber, la defensa y el sustento. En consecuencia, cada quien ocupa el lugar que le corresponde por origen y des­trezas: una casta productora para el sustento, una casta guerrera para la defensa y una casta dominante para el saber. Según Popper, Platón focaliza su interés en la casta dominante (v. Benz 1996:3, trad. F.W.). El interés se desvía de las instituciones a las cuestiones de personal y la selección de los líderes naturales así como la cuestión de su preparación para el mandato de líder se convierte en… el pro­blema más urgente” (Platón, Politeia IV/44ld, cit. en Benz 1996:3, trad. F.W.).

Arendt, como ya se dijo, califica las dictaduras totalitarias como regímenes modernos específicos, caracterizados por ideología y terror: …el totalitarismo se distingue esencialmente de otras formas de opresión política que conocemos tales como el despotismo, la tiranía y la dictadura. Dondequiera que llegó al poder, des­arrolló instituciones políticas completamente nuevas y destruyó todas las tradicio­nes sociales, legales y políticas de ese país. Sin importar la tradición nacional específica o la particular fuente espiritual de su ideología, el régimen totalitario siempre transformó clases en masas, suplantó el sistema departidos, no por una dic­tadura unipartidista, sino por un movimiento de masas, trasladó el centro de poder del ejército a la policía y estableció una política exterior abiertamente dirigida a la dominación del mundo. (1951:593, trad. F.W.).

Para Friedrich y Brzezinski, la esencia del totalitarismo es su organización y, más que su afán de control, la metodología que sigue con el fin de alcanzar el control total. Su tipo ideal del régimen totalitario se caracteriza por los si­guientes elementos constitutivos (v. Lauíh 1995):

Ideología comprehensiva, vinculante, que es la única verdad y busca la creación de un hombre y una sociedad nuevos, con aspectos utópicos y hasta religioso-mitológicos.

Partido único de masas, jerárquicamente estructurado, que actúa de forma para-estatal o incluso por encima del aparato estatal y que está dominado por un liderazgo personal.

Control social mediante un sistema de terror físico o psicológico, ejercido por una policía secreta.

Monopolio estatal de noticias e información y control estricto de los me­dios de comunicación.

Monopolio de armas.

Supervisión y dirección centralizada de la economía y de grupos sociales importantes.

En todo caso, los regímenes totalitarios se caracterizan por la concentración, en lugar de la separación de poderes. Además, utilizan la agitación y pro­paganda, así como el sistema educativo para adoctrinar a los individuos con su ideología, su verdad única, lavándoles el cerebro a fin de asegurar no sólo su sumisión formal, sino incluso su aceptación entusiasta. Se elimina el debate y la polémica y, por ende, la política, se suprime la libertad de expresión. Final­mente, para reprimir toda disidencia, el régimen totalitario controla el pensa­miento y amenaza con detenciones arbitrarias, en forma latente o abierta. Es esta última característica en que Hannah Arendt resume la esencia del totali­tarismo: La esencia del régimen totalitario no estriba en que restrinja o elimine determinadas libertades ni que destierre el amor a la libertad de los corazones, sino únicamente en el hecho de que amarra a los hombres a las férreas cadenas del te­rror, con tanta violencia que el espacio del actuar -que es la única realidad de la libertad- desaparece, queda eliminado. (Arendt 1955:958).

Un modelo más dinámico del totalitarismo, capaz de explicar el cambio al interior de los regímenes y que ya no se centra en el terror absoluto y la ani­quilación de grupos sociales enteros, fue desarrollado por Kielmannsegg (1976); sus características fundamentales son las siguientes:

Concentración monopolista, en un liderazgo central, de las oportunida­des de ejercer influencia en los procesos decisorios. En este contexto no es im­portante que el liderazgo asuma realmente todas las decisiones, sino que tenga la capacidad de asumir cualquier decisión, además de la facultad de revisar cual­quier decisión no tomada por él. También es característico que el liderazgo to­talitario no esté sujeto a ninguna instancia de control.

Alcance ilimitado de las decisiones en el sistema político. Esto se refiere a la libertad del liderazgo o régimen de intervenir en todos los ámbitos de la vida social.

Libertad irrestricta para imponer sanciones e intensidad irrestricta de las mismas. Lo que importa en este contexto es el conjunto de instrumentos punitivos y la libertad de disponer de éstos. El terror no es más que un ins­trumento entre otros tales como la decisión sobre oportunidades de educa­ción, profesionales o de comunicación, así como las oportunidades de satisfacción material.

Según Kielmannsegg (1974; 1976), una vez conquistado el poder deciso­rio de alcance ilimitado, emerge la estructura arriba descrita, es decir, el régi­men totalitario. Establecido el monopolio del poder, el aseguramiento de ese monopolio se convierte en la razón de ser del régimen. En otras palabras, los regímenes totalitarios priorizan el aseguramiento del monopolio de la toma de decisiones sobre cualquier propósito ideológico. La ideología y el partido de masas sólo tienen funciones de motivación, agitación, control y legitimación. Con base en este modelo, el concepto del totalitarismo se dinamiza y extiende hacia los regímenes comunistas post-estalinistas e incluso regímenes actuales.

El modelo de Kielmannsegg permite complementar el enfoque analítico cualitativo con el cuantitativo: ya no se trata únicamente de establecer si un ré­gimen es totalitario o no, sino también de cuan totalitario es y en qué dirección se mueve en un continuo entre los polos democrático y totalitario. Según estos criterios, la Unión Soviética post-estalinista y el régimen del Partido Socialista Unido de la República Democrática Alemana eran totalitarios porque no cabe duda de que el partido controlaba el Estado y la policía secreta infiltraba todas las áreas de la vida, que las decisiones estaban monopolizadas y que las sanciones eran, en principio, ilimitadas. (Vollnhals 2006:5).

Los dos regímenes totalitarios clásicos del siglo XX son el nacionalsocialista y el comunista en su expresión estalinista. Más recientemente y llegando hasta la actualidad -sin ánimo de ser exhaustivos- podríamos añadir a la lista la Re­pública Popular de China en la época de Mao (Revolución Cultural), Cambodia bajo la dictadura de Pol-Pot, la Rumania de Ceaucescu, Afganistán bajo la dictadura talibán, Irak bajo la dictadura de Hussein y Corea del Norte.

Nacionalsocialismo

El nacionalsocialismo alemán es un fenómeno singular, a pesar de sus si­militudes con el fascismo italiano, sobre todo en su fase inicial: singular por di­ferencias fundamentales respecto del modelo italiano y por la singularidad de sus crímenes. En sus primeros años, el surgimiento del nacionalsocialismo pa­recía emular el original fascista de Mussolini (Kleinhans 2005):

-  Nace, igual que los fascismos, de un partido obrero que en 1920 fue rebauti­zado “Partido Nacional Socialista Obrero Alemán”, por sus siglas en ale­mán “NSDAP”.

-  Sus fuerzas de choque paramilitares -Unidades de Asalto o SA, por sus si­glas en alemán- con sus camisas pardas parecían copias de las camisas ne­gras fascistas.

-  La agresiva retórica de Hitler, quien era mejor orador que Mussolini, se parecía a la agresividad de éste, incluso en sus alusiones y elementos naciona­listas y social-revolucionarios.

-  El fallido intento de golpe de 1923, con la marcha al Panteón de Munich, parecía emular la famosa Marcha sobre Roma de Mussolini.

-  Finalmente, al igual que en el caso de Italia, fueron sectores de las élites in­dustriales y aristocráticas que ayudaron a Hitler a instalarse en el poder.

Sin embargo, son las diferencias que prevalecen:

-  El antisemitismo, prácticamente inexistente en Italia, se convierte en un elemento ideológico fundamental del nacionalsocialismo.

-  Aunque resulta difícil identificar una ideología nacionalsocialista, se puede afirmar que las teorías racistas fueron un eje central de su amalgama de ideas.

-  Estrechamente relacionada con la anterior estuvo la mitología de “Sangre y Tierra” que empleó el nacionalsocialismo para justificar las guerras de ex­pansión hacia el Este, con el fin de “germanizar” tierras habitadas por esla­vos, considerados como “raza inferior”.

El nacionalsocialismo se caracteriza, además, por el principio del “Führer” o líder al que sigue el pueblo, es decir, un principio aristocrático. A su vez, el pueblo es entendido como “comunidad de destino” (Volksgemeinschafi) que se une y renuncia a todo debate interno. De acuerdo a la doctrina racista, ba­sada en un darwinismo social (mal llamado porque plantea la supervivencia del más fuerte en lugar del más adaptado, como había sostenido Darwin), esta comunidad de destino debe privar sobre otras debido a la superioridad de la raza aria.

Hitler argumenta en Mi Lucha (Mein Kampf, una combinación de auto­biografía y manifiesto político que escribió en 1924 durante su confinamiento en el presidio de Landsberg), que el Imperio Alemán se derrumbó porque no dio importancia al tema de la raza en el desarrollo de la humanidad. La raza aria superior, se enfrenta a otras razas inferiores (judíos, eslavos), cuya presencia de­bilita la fortaleza del pueblo. En consecuencia, el Estado debe procurar la pu­reza de la raza, incluso a través de políticas de limpieza étnica. La concreción de esta doctrina llevó a la “solución final” del “problema” judío, el holocausto, la “germanización” forzada del Este, la esterilización obligatoria de los enfermos mentales y la eutanasia.

Las siguientes citas de Mi Lucha (Hitler 2003) ilustran el carácter racista, antidemocrático, antisemita y expansionista del movimiento nacionalsocialista y describen detalladamente lo que ocurriría una vez que llegase al poder:

Una ideología que, rechazando el principio democrático de la masa, aspira a consagrar este mundo a favor de los mejores, es decir, del hombre superior, está ló­gicamente obligada a reconocer también el principio aristocrático de la selección dentro de cada Nación, garantizando así el gobierno y la máxima influencia de los más capacitados en sus respectivos pueblos. Esta concepción se funda en la persona­lidad y no en la mayoría (261).

La situación por la que atravesamos terminará un día, si no le pusiéramos fin, en la profecía judaica: el judío devorará a todos los pueblos de la Tierra y se hará señor de los mismos. Perfectamente consciente de sus objetivos, el judío los defiende de manera tenaz en sus relaciones con millones de alemanes proletarios o burgue­ses, los cuales caminan hacia su destrucción, principalmente debido a su cobardía, estrechamente atada a la estupidez. Los partidos bajo su dirección no pueden hacer otra cosa que no sea proteger sus intereses, los que nada tienen de común con el ca­rácter de las naciones arias. Intentando llevar a la práctica la visión ideal de un Es­tado Racista, se impone buscar, independientemente de los poderes de la vida pública actual, una fuerza nueva que quiera y que esté capacitada a afrontar la lucha por este ideal. (267).

Nosotros, los Nacionalsocialistas, tenemos que ir más lejos: el derecho al suelo no se aplica a cualquier poblado de negros, sino a la Patria germánica. Y éste es un deber cuando un gran pueblo, sin posibilidad de aumento territorial, se encuentra predestinado a desaparecer. Sobre todo cuando es el que imprimió al mundo de hoy su sello cultural. Alemania, o se hace una potencia mundial, o dejará de existir. Para ello necesita de aquella grandeza que su importancia le confiere. Nosotros, los Nacionalsocialistas, hemos puesto deliberadamente punto final a la orientación de la política exterior alemana de la anteguerra; ahora comenzamos allí donde hace seis siglos nos quedamos detenidos. Terminemos con el eterno éxodo germánico hacia el Sur y el Oeste de Europa y dirijamos la mirada hacia las tierras del Este. Cerre­mos al fin la era de la política colonial y comercial de la anteguerra y pasemos a orientar la política territorial alemana del porvenir. Cuando hoy hablamos de “nuestro suelo”, pensamos en primer lugar solamente en Rusia y los Estados adya­centes que le son subordinados. (388-389).

Comunismo

Finalmente, para la caracterización del comunismo como régimen totalita­rio, debo aclarar que no me refiero al comunismo en la visión engelsiana de doc­trina de las condiciones de liberación del proletariado (Marx/Engels 1974/4:361), sino a la perversión estalinista de esta doctrina. En su trabajo “Te­oría marxista y praxis real socialista”, el escritor alemán Möller (1991) entiende por estalinismo no sólo los crímenes cometidos en la Unión Soviética en los años 20, 30y 40, sino también las estructuras sociales que emergieron en ese tiempo y que existen hasta hoy en día. Estalinismo es el nombre de un sistema social.

Según Möller, la base económica de ese sistema social se caracteriza por la propiedad estatal de los medios de producción. Las masas populares no tienen propiedad ni influencia en la planificación económica. La división del trabajo se intensifica y, en consecuencia, la alienación, contrario al postulado de la doc­trina comunista. A pesar de ello, en ese sistema social caducan algunas leyes del capitalismo -la producción de valor agregado no es el centro alrededor del cual gira la vida económica- por lo que no se puede hablar, en sentido estricto, de un capitalismo de Estado sino. Por otra parte, dado que la superación de la alienación, represión y explotación de los productores directos -la gran promesa del comunismo- no se perfila ni siquiera en el horizonte, tampoco se puede ha­blar de un socialismo más o menos distorsionado. Es una formación económica sui géneris que no se puede reducir ni al capitalismo ni al socialismo.

La superestructura ideológico-política de esa sociedad se caracteriza por la existencia de un aparato estatal burocrático, centralizado y jerárquico, el ejér­cito y la policía centralizada. El centro del poder es el Buró Político, déspota co­lectivo o sujeto a un déspota personalista, no electo ni por la población ni los militantes, quienes tampoco lo pueden fiscalizar ni revocar. No existen liber­tades ni derechos cívicos, La perversión estaliniana de la doctrina marxista-leninista ha sido elevada al rango de absoluta, con fuerte tendencia inquisidora. La división de la sociedad en clases continúa, ya que continúa, incluso en forma exacerbada, la división del trabajo. El poder económico, político e ideológico se aísla completamente de los individuos, los cuales trabajan en condiciones del capitalismo más salvaje, mientras que los funcionarios de la nomenclatura representan una casta antagónica a las masas populares; su único interés es per­petuarse en su posición.

En su biografía sobre Stalin, obra que Trotski (2001:393) estaba escribiendo en su exilio mexicano justo cuando un agente de la policía secreta estalinista lo asesinó, dice, entre otras cosas: Stalin no sólo ascendió al triunvirato que diri­gía el partido supliendo al enfermo Lenin, sino que también se convirtió en el miem­bro más poderoso de ese triunvirato. Además, en el curso de los años acumuló muchísimo más poder que Lenin había tenido jamás, un poder mucho más abso­luto que el de cualquier Zar en la larga historia del absolutismo ruso. Según Trotski (294), Stalin debió su ascenso no tanto a sus méritos como revolucio­nario sino a su carácter: Su desconfianza de las masas y su recelosa precaución le obligan a quedarse en la sombra cuando hay que tomar decisiones de importancia histórica, a quedarse a la expectativa y, si es posible, asegurarse contra cualquier eventualidad comprometiéndose con ambos bandos. Aún con la mejor voluntad, el biógrafo no puede decir mucho sobre la participación de Stalin en la revolución de octubre. Su nombre no se menciona nunca, en ninguna parte, ni en los documen­tos ni en las memorias de tantos autores.

Sobre el totalitarismo estalinista escribió Trotski (1937:13 y 15): No cabe duda que la dominación del partido único se convirtió, jurídicamente, en punto de partida del sistema totalitario estalinista… Ahora bien. La burocracia estalinista además de no tener absolutamente nada en común con el marxismo, es también ex­traña a toda doctrina o sistema. Su “ideología” está impregnada por un subjeti­vismo absolutamente policial, su praxis por el empirismo de la violencia desnuda. Correspondiendo a la esencia de sus intereses, la casta de usurpadores es hostil a la teoría… Stalin revisa a Marx y Lenin, no con la pluma del teórico, sino con las botas de la GPU (Dirección Política del Estado o Policía Política de la antigua Unión Soviética).

La caracterización del nacionalsocialismo, superado pero siempre latente en algunos sectores y del estalinismo, menos superado y todavía realmente exis­tente en algunas partes, refleja los elementos fundamentales de los modelos to­talitarios antes referidos. No olvidemos que el nacionalsocialismo provocó la muerte de alrededor de 50 millones de seres humanos sólo en Europa, y se es­tima que las persecuciones, hambrunas y los gulag del estalinismo cobraron las vidas de más de 20 millones de personas sólo en la Unión Soviética.

Referencias

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[*] Tomado del libro Totalitarismo del siglo XXI. Aproximaciones desde Hannah Arendt. Carlos Khon y Rodolfo Rico (comp.), pp. 53-66. Caracas, Ediciones del Vice-rectorado Académico de la Universidad Central de Venezuela – Observatorio Hannah Arendt, 2009.

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