Archivos en la Categoría: la trampajaula

el cuaderno de blas coll

¡Hermógenes, hijo de Hipónico! Dice un antiguo proverbio que todo lo hermoso es difícil, cuando hay que aprenderlo.

Sócrates, en Crátilo.

Entiendo que debe resultar inútil trazar un mapa acerca de los heterónimos de Eugenio Montejo sin ponerlos en diálogo con el resto de su bibliografía. Y sin embargo, la tendencia académica a estudiar y a leer la poesía venezolana como objeto, como corpus aislado del contexto -tanto del resto de la obra como del entorno estético en que se desarrolla- ha obliterado una construcción que permita contemplar la hondura de esas aguas. Tal postura está interesada más bien en abocetar un inmenso océano pero con pocos centímetros de profundidad. No es nuestro interés aleccionar en estas líneas el cómo debe hacerse para evitar tales desidias. Sólo nos interesa mostrar las junturas, los encuentros y desencuentros de Blas Coll y sus discípulos a la luz del resto de la poesía de Eugenio Montejo.

Siempre he sospechado que la poesía de Eugenio y la instrumentación de sus variados y disímiles heterónimos están más cercanas al Juan de Mairena que al Ricardo Reis de Fernando Pessoa, por vía de la intuición, la duración y la memoria que Antonio Machado aprendiera de Henri Bergson hacia 1911, cuando fue su alumno en París[1]. Siguiendo el consejo de Mairena (Tenéis unos padres excelentes a quienes debéis respeto y cariño, pero… ¿por qué no os buscáis otros más excelentes todavía?), Eugenio se dio a la tarea de fundar, acentuando de esa manera la obra de su ortónimo, su propia tradición literaria. Cuando crea sus heterónimos, busca en un espejo otra imagen que le redima de su confesa intención de sentirse exiliado de la tradición moderna de la poesía escrita en nuestro idioma.

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el poder y el delirio

PIEDRA DE TOQUE

MARIO VARGAS LLOSA

14/12/2008
El poder y el delirio

La biografía de Hugo Chávez escrita por el ensayista mexicano Enrique Krauze muestra un personaje más complejo de lo que se piensa. El venezolano está abrasado por el patriotismo y el culto a Bolívar.

Quienes consideran al comandante Hugo Chávez un ser primitivo y superficial juzgándolo sólo por sus apariciones televisivas, en las que derrocha truculencia, demagogia, vulgaridad, diatribas y jerga, se llevarán una sorpresa leyendo el libro que el historiador y ensayista mexicano Enrique Krauze ha dedicado al presidente venezolano: El poder y el delirio. En su intenso rastreo, Chávez aparece, desde adolescente, antes de ingresar al Ejército, como un joven abrasado por una pasión subversiva y patriótica, que practica el béisbol con éxito y devora libros de historia de su país, biografías de sus héroes y escudriña sin tregua la vida y proezas de Bolívar a quien profesa un culto religioso y sueña con emular.

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Presentación del libro Ética del aire, de Eleonora Requena
Editorial: bid & co
Palabras a cargo de Harry Almela
Sábado, 06 de diciembre de 2008
Hora: 12:00 – 15:00

Librería Lectura
Sótano del Centro Comercial Chacaito

Caracas, Venezuela

ver nota Elenora Requena en busca del sobrenombre

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El poema de amor es, después de los sospechosos triunfos de la modernidad, objeto de implacables embestidas por parte de quienes asumen que la llamada crisis del sujeto la determina y se convierte en su constante principal. La narración del yo moderno desplazó hacia sus márgenes el asunto amoroso, en tanto pretendida expresión de la plena subjetividad. Mientras en el mundo premoderno, el sujeto es algo construido, dado y heredado, en la modernidad es algo que se construye en un eterno presente que conduce a la muerte. Por consiguiente, el decir amoroso en nuestros tiempos es canto de cisne por ser canto desde la anulación: el sujeto que desea y busca (el Amante en pos del Amado, el más acudido de los tópicos literarios) es siempre fragmentario, huidizo y en presente construcción.

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A mediados del año 1992 leí por vez primera un libro de María Ysabel Novillo. Hablamos de su poemario Metálica virtud, el cual obtuvo ese año el premio de poesía Casa de la Cultura de Maracay y fue publicado en su momento por la Secretaría de Cultura del Estado Aragua. Los miembros del jurado centramos desde el principio la mirada en ese extraño libro que ya desde el título nos anunciaba un sabor a entidad antigua, a circunstancias que nos hablaba de ciencias y saberes milenarios tan propios de la tradición de Occidente. En este poemario está el germen de lo que luego se ha convertido en diana vital de la obra de Novillo, expresada también en su libro posterior, Poemas peregrinos (Mérida, 2005) y que adviene diestra y segura en este nuevo título suyo, publicado en la colección Poesis de bid&co y que lleva por título Memoria del Caballero de la Isla.

Este poemario vuelve a poner de relieve esa antigua tradición del libro como metáfora de viajes y anotaciones. En este caso, se trata tanto de una peregrinación geográfica como espiritual, en donde es comprensible que el hablante se esconda en el uso de la máscara para facilitarle al lector la debida y necesaria identificación. El juego que propone su lectura es asaz atrevido: colocar en un mismo plano narrativo tradiciones culturales de diversas procedencias históricas y espaciales: la judería de Toledo y el Rosh Hashaná, la batalla del día de San Crispín en Agincourt, contada por William Shakespeare en La vida del rey Enrique V, la sesgada referencia a Santiago de Compostela y la noticia directa acerca de Jerusalén –puntos extremos de las peregrinaciones cristianas medievales–, las citas del Libro de las Mutaciones, la presencia de la mitología griega y –hermoso detalle– la descripción de las bucólicas aguas de unos manantiales en Caruao. El personaje, el yo poético, resulta ser un arquetípico caballero, probablemente cómplice de alguna de las múltiples cofradías de los Templarios o de alguna otra orden  extinta, que intenta regresar al Uno, a la Unidad Perfecta con lo que viene de la Luz, que está siempre por encima de nosotros, en los terrenos más puros de la Arcadia, en la cima de una loma, donde Este alto cielo es alto porque es dentro/ y más dentro, más alto/ y dentro de cada alma un núcleo como el sol/ inmóvil, sin mudanza. En la Arcadia, toda labor y todo esfuerzo es innecesario, en virtud de su característica principal, el de ser el locus amenus del que una extensa tradición nos habla desde la Edad Media hasta el Renacimiento y que se convirtió, quién lo duda, en el sustrato literario de gran parte de nuestras ritualidades cultas, expresada en los libros de Caballería y que, junto al neoplatónico amor cortés de Provenza, es uno de los tópicos más queridos por la literatura.

Y he aquí el otro aspecto fundamental de este libro, su inscripción en la tradición del amor cortés, que se distingue por la ocultación del nombre de la Amada, por la sumisión absoluta del Amante, así como por la transfiguración religiosa del amor, convirtiéndolo en vivencia de un estado de gracia permanente. Esa transfiguración religiosa, en el caso de este poemario, toma elementos tanto de la tradición cristiana y de experiencias monoteístas que le son afines, así como de la tradición pagana y de ciertas sabidurías relacionadas con lo oculto:

El cuerpo del jinete es una trinidad./ Poderosa cohesión.// De su cabeza al torso, la perfección solar/ Inteligencia. Corazón sin agravios./ Médulas de la luz en la garganta./ Obras de milagro/ delegadas al temple de sus manos.// De las rodillas hasta los pies, el avance./ El precio y el premio de los estribos./ Firmeza y humildad del fundamento./ La forma de pisar en el mundo.// Y una zona intermedia, transmisora de fuego/ nunca fría ni estéril// –las entrañas viriles/ los muslos y caderas–// que debe permanecer firme/ de cristal puro/ presionando los flancos del caballo. // En peligro, constancia,/ de muy sagrado: // Ser plomada del cuerpo/ que evite// las caídas.

Libro original y extraño donde los hubiera, que invita a desentrañar la claves subterráneas, El Caballero de la Isla nos propone el viaje al centro de uno mismo en clave de amor cortés. En el devenir literario de María Ysabel Novillo, constituye una suerte de continuidad en lo permanente y se inscribe en una tradición poética de Venezuela que intuye al amor como experiencia espiritual deslastrada de toda carnalidad, y que se propone a sí misma como camino y llave de entrada al posible retorno al Paraíso. La salvación no está en el futuro, si no en el regreso, en el retorno hacia el pasado y en el viaje hacia el fondo. El amor es concebido como continuidad de la tradición que se inicia en El Banquete de Platón, y que acá es un viaje geográfico donde Todo es igual para la Luz.

El azar lanza a veces sus dados con albricias. Es importante señalar que esta presentación coincide con las vísperas de la celebración judía del Rosh Hashaná. Compartamos, entonces, la escudilla, la sal, el cordero y las pasas del año nuevo de septiembre que nos trae este Caballero de la Isla.

HA

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En el más cristiano de los mundos
los poetas son judíos

MARINA TSVIETÁIEVA

para Rubén Ackerman

Las matemáticas se han convertido en la ciencia más recurrida por el discurso oficial en los últimos años Vale estar a tono con tal circunstancia y declarar que, si hoy estamos en 2008, suponemos que hace cuarenta estuvimos en 1968, es decir, en el año de los grandes giros históricos del siglo pasado en Occidente. Son los tiempos del Mayo Francés y de Daniel Cohn-Bendit, de las consignas Soy un marxista de la tendencia de Groucho y Prohibido prohibir. Es el año de la Primavera de Praga y del Socialismo con rostro humano de Alexander Dub?ek cuando, en nombre del internacionalismo proletario y del materialismo histórico, los soviéticos lo deportaron mientras permanecían veintitrés años en Checoslovaquia como lo que siempre fueron: un vulgar ejército de ocupación. El socialismo logra sobrevivir dos décadas más, gracias a la solidaria intervención de los ejércitos del Tratado de Varsovia. De allí proviene el libro Checoslovaquia: el socialismo como problema, de Teodoro Petkoff y el nacimiento del Movimiento Al Socialismo, el MAS de mis tormentos del que habla Cabrujas. Es el año de la matanza de Tlatelolco, de las Olimpíadas de la Paz en México. La juventud del mundo protesta obstinadamente contra la guerra de Vietnam, Robert Kennedy es asesinado en Los Ángeles y Martin Luther King en Memphis. Cada una de estas efemérides daría suficiente material para una crónica. Cualquiera puede ubicarse en el inicio de las grandes caídas de los cristos del alma de nuestra generación. Pero 1968 es también el año de las rupturas intelectuales y afectivas en nuestro continente, marcadas por la aparición del poemario Fuera de juego, de [tag]Heberto Padilla[/tag].
Nacido en Puerta del Golpe (Pinar del Río) en 1932, Padilla estudió periodismo en La Habana. Dominaba varios idiomas y trabajó como profesor de inglés y comentarista radial en Miami entre 1956 y 1959. Ese año regresa a Cuba. Se desempeña como corresponsal de Prensa Latina en Londres y del Pravda, colaborando además en el órgano oficial de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). También ocupó un cargo en el Departamento de Extensión de la Universidad de La Habana. Luego de los incidentes derivados de la aparición de Fuera de juego, mantuvo su puesto en la universidad hasta 1971, cuando es detenido por «actividades subversivas», luego de la lectura en la UNEAC de su más reciente libro, Provocaciones. Un grupo de intelectuales (Sartre, la Beauvoir, Moravia, Sontag, Vargas Llosa, Fuentes, Paz, Goytisolo y Margarite Duras, entre otros) reacciona contra la detención y es liberado junto a Belkis Cuza Malé, su esposa. En esos mismos días, el previsible y perruno Mario Benedetti, quien luego dirigiría la Casa de las Américas, criticó a quienes defendían a Padilla, argumentando que a ellos nunca le interesó la suerte de los escritores e intelectuales latinoamericanos presos y torturados meses enteros. Padilla es separado de sus cargos y enviado como traductor a la Editorial Arte y Literatura. Luego de una serie de incidentes, el gobierno de Cuba le permite salir del país con rumbo a los Estados Unidos, el 16 de marzo de 1980. Murió el 26 de septiembre de 2000, en su habitación de la Universidad de Auburn State (Alabama), donde dictaba clases de literatura.

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enrique bernardo núñez

No es aquella Cirene que pidió una Constitución a Platón, el cual no quiso dársela juzgándola demasiado corrompida. Junto a ella otra ciudad existió en siglos remotos, si bien Platón le hubiera dado la misma respuesta, ciudad que desapareció asolada por la sequía y los terremotos. Del mismo origen dórico los nuevos cireneses veneraban su recuerdo y hasta ella hacían remontar el esplendor de sus rosas y de sus razas de caballos. Los cireneses eran felices. Vivían entregados al culto de sí mismos y al de sus héroes que habían dilatado su fama en guerras con los estados vecinos. Hubo, sin embargo, uno entre ellos al cual proclamaron el hombre más grande de la tierra. A divulgar esa gloria dirigieron sus esfuerzos. Diéronse, pues, a ser historiadores y a vivir en el pasado remoto. Esculpieron aquel nombre en columnas, arcos, templos y al pie de una montaña erigieron un panteón, rematado por una torre llena de símbolos. La vida en Cirene giraba en torno de aquella torre bajo la cual –afirmaban– se guardaban las cenizas del héroe en una urna de oro. Sus jardines, sus caminos, sus plazas y montañas florecían de lápidas y estelas conmemorativas.

Concluyeron, al fin, por hacer de su héroe un dios a quien rendían el culto más ferviente. Los oscuros tiranos que se sucedieron en Cirene permitían este culto y lo favorecían. Encontraban así un medio seguro de hacerse perdonar sus latrocinios. Para los cireneses era tolerable la pérdida de sus derechos, sus bienes, de la vida misma, todo, menos ceder un grano de incienso de sus altares.

Los extranjeros hallaron en ese culto una mina inagotable. En ocasiones los tributos se consumieron íntegros en pagar odas, tragedias, estatuas y panegíricos del héroe. Oradores, historiadores, cómicos y músicos llegaron con el nombre de embajadores espirituales a sacar el oro de Cirene. Pretendían además los adoptasen el mismo culto y los embajadores no tenían pena en hacerlo cuando se hallaban en Cirene, para ganarse así las simpatías del gobierno y del pueblo. Hubo épocas de hambre en que el pueblo se consolaba leyendo aquella literatura estéril. Pasaban los años. La nación no prosperaba, pero las ciudades estaban satisfechas. La fama del héroe era proclamada en los juegos, en las conferencias y solemnidades de todo el mundo. Vino a ser el estudio de su vida el único afán de los meritorios cireneses y todo el que escribiese acerca de ella, particularmente los extranjeros, era considerado sabio. Surgían polémicas. Aquél aseguraba que el héroe había desaparecido de la tierra en una nube resplandeciente, éste que se había arrojado al cráter de un volcán para dirigirse a las moradas de los inmortales, envuelto en una veste fúlgida. Y aquellos en quienes residía la ciencia histórica, la ciencia de Cirene, desempeñaban los más altos cargos. Era el único camino para ascender en Cirene. La acción de los hombres debía retroceder hacia el límite del tiempo en que vivió el héroe cirenés. Fuera de él, todo caía en oscuro silencio.

El horizonte mental de los cireneses fue estrechándose cada día. Y también la vida se hacía más y más difícil. Vivían, sí, el historiador Sosastres, autor de cuatro volúmenes sobre la epopeya cirenesa; el venerable Filón, muy entendido en todo lo que pertenecía al gran cirenés; el historiador Diógenes, notable por su barba gris, quien poseía datos para llenar cincuenta volúmenes; el rico y avaro Cleón, que ganaba sumas colosales por recopilar cartas del genio; el pintor Glauco, cuyos lienzos decoraban el templo de los inmortales; el alambicado Péntalo, fundador de la escuela cirenesa, etcétera. El criterio cirenés era inmutable. Corrían los otros pueblos hacia el porvenir, ocurrían en el mundo las mayores transformaciones sin que Cirene se diese por aludida. Cirene contemplaba a su héroe. Escribía libros voluminosos, guardados luego cuidadosamente en las bibliotecas. La misión de Cirene era permanecer inmóvil, vuelta hacia aquel resplandor que divisaba a su espalda como un astro sin ocaso. Y si en el mundo se oía alguna vez la voz de Cirene era para gritar aquel nombre eterno.

Y llegó un día en que Cirene, el jardín y la perla de la tierra, desapareció. Largos siglos pasaron. Cirene parecía muerta con su gran hombre. Pero un ladrillo encontrado por unos labriegos llamó la atención de los arqueólogos hacia aquel sitio. El ladrillo tenía una inscripción. Las primeras excavaciones condujeron al descubrimiento de varios cráneos. Estos cráneos fueron motivo de disputas interminables. Tenían en el frontal o en el occipucio un vago diseño de figura humana y eran reducidísimos comparados con los de otros contemporáneos. A fuerza de sagacidad y paciencia se halló el motivo de tan sorprendente anormalidad. El diseño tenía extraña semejanza con la efigie del héroe cirenés grabada en las monedas y medallas. Como era la única idea posible, la obsesión, fue apareciendo aquel perfil en el cráneo de los desdichados cireneses.

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En: La galera de Tiberio. Caracas, Universidad Central de Venezuela, 1967, pp. 193-197.





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Lo conocí en la década de los años setenta, la época del gran repliegue de la izquierda venezolana. Yo ya era un arrimado a la literatura y fui a una conferencia suya en alguna parte de Valencia que por suerte no recuerdo. Allí habló de lo humano y lo divino ante un auditórium cautivado por su verba. Años después, frente al pelotón de fusilamiento de La Liebre Libre, le seguí la pista en los pasillos de la Escuela de Letras de la Central, para que nos autorizara la reedición de su prólogo en un libro de Efraín Hurtado, Escampos, con el que abrimos una colección del mismo nombre dedicada a autores venezolanos consagrados. Su desprendimiento, su humor y su ironía calaron en nuestra relación personal y cavó hondo su actitud de niño desubicado y rebelde, a medio camino entre la sorpresa y el abatimiento.

Me encontré de nuevo con él, a finales del pasado siglo, en cualquiera de las tascas del barrio de Salamanca, cuando en las tardes huía de su papel como agregado cultural en la embajada que existía en esos tiempos. Allí conversamos largo y profundo acerca del país portátil que celebraba con tormento, de su escritura y de su docencia, de las mujeres que amó hasta la saciedad y la lágrima. Rodeado de escoceses, me lanzó una frase acerca de España que definía de un solo plumazo el grave patetismo que caracteriza a cierta intelectualidad madrileña: tanto dolerse por la pérdida de una provincia miserable como Cuba en 1898 y cuando Bolívar les arrebató dos virreinatos no dijeron ni pío. Es que a los españoles les da más caché (continúa Adriano diciendo) perder una guerra contra Estados Unidos antes que reconocer la pérdida de unas colonias por culpa de un ejército de desarrapados llaneros, moviéndose con soltura a lomos de caballo en pelo, navegando en ambos lados de la cordillera andina. Fue en esa época cuando aceptó reeditar por La Liebre Libre su librito Damas. Fue en esa época cuando me ayudó a regresar a Venezuela, llamando a cierto gerente de una línea aérea para que me facilitara un pasaje, trámite que siempre le reconocí, en público y en privado. Le dije en su momento que, en agradecimiento a ese gesto, estábamos gestionando ante una editorial gringa la edición en inglés de su novela Viejo, que llevaría por título Old Parr. Nos reímos hasta las lágrimas.

De regreso al país portátil de nuestra cotidianidad, le vi varias veces en Caracas, en medio de una ebriedad culta e inteligente de la que nunca quiso desprenderse y desde donde supo celebrar la presencia de una continuidad literaria en las generaciones más recientes. Entonces me puse a desentrañar las frases centrales de su novela, lo que me llevó hacia los primeros cronistas de Indias y a Oviedo y Baños en particular. Recordé entonces su columna en el Papel Literario, Del rayo y de la lluvia, que en algún momento será conveniente reeditar. En sus líneas también hay un país de añoranzas, de paraísos perdidos y esperanzas plenas que marcó su escritura desde los años de El techo de la ballena. Me gustó que en los últimos años no se fuera detrás de cierto hombre a caballo y que le doliera el país bifronte en el que nos hemos convertido.

Rafael Cadenas me llamó ese sábado a última hora de la tarde para darme la noticia. Debajo de su voz se sentía la ausencia de ya muchos en los últimos tiempos (Jesús Sanoja Hernández, Raúl Vethencourt, Jesús Enrique Guédez). Me sentí animado a decirle que me alegraba de cierta manera. En fin de cuentas, Adriano vivió como quiso, harto de alegría y de amarguras. Fue bueno como un niño, implacable como un niño, según reza la frase del Chino Valera Mora. El último latido de su corazón sonó calladito delante de una mesa llena de amigos, seguramente bien apertrechada de víveres y béberes. Son pocos los elegidos que pueden hacer esas cosas. Son pocos los que pueden llamarse Adriano González León, haber nacido en Valera, ser autor de una obra preciosista donde el hombre y el país son los personajes principales e irse de este mundo ligero de equipaje y rodeado del afecto de sus amigos y lectores. Son pocos los que han vivido con intensidad, desde siempre y para siempre, el profundo latido de la última vanguardia venezolana. Son pocos los que han vivido como si el mundo fuese una fiesta de enlutados. Y Adriano pertenece, desde antes del inicio de los tiempos, a esa particular estirpe.

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Amor con amor se paga ¿Y la mierda? ¿La mierda con qué se paga, Comandante?

EL NACIONAL
Domingo 09 de Diciembre de 2007
Siete Días/11

Héctor Manrique está al teléfono y anda francamente entusiasmado: “¡Date cuenta! –me dice- ¡Es la primera vez en la vida que ganamos una elección!”. Y tiene razón. Los que venimos de la izquierda, y siempre marcamos distancia frente la fascinación militar de Hugo Chávez, tuvimos el domingo pasado, por primera vez, una victoria electoral.

Me gusta que sea así. Porque el 2 de diciembre no es una fecha fácil. Porque nos deja en las manos más preguntas que certezas. Porque es una oportunidad para que todos comencemos a mirarnos con menos consignas y con más complejidad. Ese, ta l vez, debería ser también nuestro primer ojalá.

¿Qué ocurrió el domingo? ¿A favor de qué o en contra de qué votamos, realmente, los venezolanos? Quizás no sea demasiado sencillo contestar estas interrogantes, pero hay algunas señales que sí parecen ser obvias. No se votó en contra de la reforma para descongelar un proyecto de país que se condensa en la frase “Chávez, vete ya”. No se votó para resucitar a algunos dirigentes políticos que adversan al gobierno. Ni para darle oxígeno a Súmate, ni para convencer a cierta histeria abstencionista, ni para proponer que Yon Goicoechea sea candidato presidencial.

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