
A mediados del año 1992 leí por vez primera un libro de María Ysabel Novillo. Hablamos de su poemario Metálica virtud, el cual obtuvo ese año el premio de poesía Casa de la Cultura de Maracay y fue publicado en su momento por la Secretaría de Cultura del Estado Aragua. Los miembros del jurado centramos desde el principio la mirada en ese extraño libro que ya desde el título nos anunciaba un sabor a entidad antigua, a circunstancias que nos hablaba de ciencias y saberes milenarios tan propios de la tradición de Occidente. En este poemario está el germen de lo que luego se ha convertido en diana vital de la obra de Novillo, expresada también en su libro posterior, Poemas peregrinos (Mérida, 2005) y que adviene diestra y segura en este nuevo título suyo, publicado en la colección Poesis de bid&co y que lleva por título Memoria del Caballero de la Isla.
Este poemario vuelve a poner de relieve esa antigua tradición del libro como metáfora de viajes y anotaciones. En este caso, se trata tanto de una peregrinación geográfica como espiritual, en donde es comprensible que el hablante se esconda en el uso de la máscara para facilitarle al lector la debida y necesaria identificación. El juego que propone su lectura es asaz atrevido: colocar en un mismo plano narrativo tradiciones culturales de diversas procedencias históricas y espaciales: la judería de Toledo y el Rosh Hashaná, la batalla del día de San Crispín en Agincourt, contada por William Shakespeare en La vida del rey Enrique V, la sesgada referencia a Santiago de Compostela y la noticia directa acerca de Jerusalén –puntos extremos de las peregrinaciones cristianas medievales–, las citas del Libro de las Mutaciones, la presencia de la mitología griega y –hermoso detalle– la descripción de las bucólicas aguas de unos manantiales en Caruao. El personaje, el yo poético, resulta ser un arquetípico caballero, probablemente cómplice de alguna de las múltiples cofradías de los Templarios o de alguna otra orden extinta, que intenta regresar al Uno, a la Unidad Perfecta con lo que viene de la Luz, que está siempre por encima de nosotros, en los terrenos más puros de la Arcadia, en la cima de una loma, donde Este alto cielo es alto porque es dentro/ y más dentro, más alto/ y dentro de cada alma un núcleo como el sol/ inmóvil, sin mudanza. En la Arcadia, toda labor y todo esfuerzo es innecesario, en virtud de su característica principal, el de ser el locus amenus del que una extensa tradición nos habla desde la Edad Media hasta el Renacimiento y que se convirtió, quién lo duda, en el sustrato literario de gran parte de nuestras ritualidades cultas, expresada en los libros de Caballería y que, junto al neoplatónico amor cortés de Provenza, es uno de los tópicos más queridos por la literatura.
Y he aquí el otro aspecto fundamental de este libro, su inscripción en la tradición del amor cortés, que se distingue por la ocultación del nombre de la Amada, por la sumisión absoluta del Amante, así como por la transfiguración religiosa del amor, convirtiéndolo en vivencia de un estado de gracia permanente. Esa transfiguración religiosa, en el caso de este poemario, toma elementos tanto de la tradición cristiana y de experiencias monoteístas que le son afines, así como de la tradición pagana y de ciertas sabidurías relacionadas con lo oculto:
El cuerpo del jinete es una trinidad./ Poderosa cohesión.// De su cabeza al torso, la perfección solar/ Inteligencia. Corazón sin agravios./ Médulas de la luz en la garganta./ Obras de milagro/ delegadas al temple de sus manos.// De las rodillas hasta los pies, el avance./ El precio y el premio de los estribos./ Firmeza y humildad del fundamento./ La forma de pisar en el mundo.// Y una zona intermedia, transmisora de fuego/ nunca fría ni estéril// –las entrañas viriles/ los muslos y caderas–// que debe permanecer firme/ de cristal puro/ presionando los flancos del caballo. // En peligro, constancia,/ de muy sagrado: // Ser plomada del cuerpo/ que evite// las caídas.
Libro original y extraño donde los hubiera, que invita a desentrañar la claves subterráneas, El Caballero de la Isla nos propone el viaje al centro de uno mismo en clave de amor cortés. En el devenir literario de María Ysabel Novillo, constituye una suerte de continuidad en lo permanente y se inscribe en una tradición poética de Venezuela que intuye al amor como experiencia espiritual deslastrada de toda carnalidad, y que se propone a sí misma como camino y llave de entrada al posible retorno al Paraíso. La salvación no está en el futuro, si no en el regreso, en el retorno hacia el pasado y en el viaje hacia el fondo. El amor es concebido como continuidad de la tradición que se inicia en El Banquete de Platón, y que acá es un viaje geográfico donde Todo es igual para la Luz.
El azar lanza a veces sus dados con albricias. Es importante señalar que esta presentación coincide con las vísperas de la celebración judía del Rosh Hashaná. Compartamos, entonces, la escudilla, la sal, el cordero y las pasas del año nuevo de septiembre que nos trae este Caballero de la Isla.
HA