Rafael María Baralt. Discurso de incorporación a la Real Academia Española.


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  • Prólogo de Francisco Javier Pérez. Maracaibo, Universidad Católica Cecilio Acosta, 2003.

A los cuarenta y tres años de su edad, Baralt ingresa a la Academia Española de la Lengua. Sería el más joven en hacerlo hasta ese momento y, además, el primer latinoamericano (en consecuencia, el primer venezolano) en ocupar una silla en el palacio que tiene ahora su sede en la calle Felipe V de Madrid. El hecho de por sí ya es un prodigio, si consideramos las complejas relaciones de los académicos españoles con nuestro continente, limadas de manera definitiva recién en 1999, con la publicación de Ortografía de la lengua española, volumen en el cual intervinieron las diferentes academias que hacen vida fuera de la península.

La reedición de este discurso, aparte de celebrar los ciento cincuenta años de tal acontecimiento, nos da cuenta del antiguo dilema entre puristas y liberales de la lengua, entre quienes plantean el idioma como cosa ya hecha y culminada, y los que la piensan como objeto y fin del desarrollo de cualquier sociedad en un momento histórico determinado. La diatriba entre ambas posturas es el objeto central del prólogo de Pérez, quien asume que las relaciones entre la abstracción del habla y la concreción de la lengua es un problema sociocultural y no sólo lingüístico, en procura de colocar el fiel de la balanza donde debe estar. Toda lengua es la expresión de una antigua tradición que va cambiando (en sus distintos niveles: morfológico, semántico y fonológico) en la misma medida en que las necesidades expresivas requieren formas más complejas. Baralt parece haberlo entendido de esa manera, a través del discurso dedicado a la obra de José Donoso Cortés, justamente su antecesor en el Sillón Letra R de la Academia.

Donoso Cortés puede situarse en el terreno de los puristas de la norma lingüística. Baralt lo critica para luego darle la razón, buscando un equilibrio o quizás para quedar bien con el auditorio. Tal actitud en Baralt puede tener varias explicaciones. La primera academia de la lengua fuera de España es la de Colombia (1871) y la de Venezuela apenas aparece en 1883, como todos sabemos, en el marco de las celebraciones del primer centenario del natalicio de Simón Bolívar. Estas fundaciones, que no pueden calificarse de tardías (la de España nace en 1713) fueron también una manera de reencontrarse con el estado español, concluida la saga independentista americana. Pero cabe recordar que, aún en 1917, Guillermo de Torre confesaba que la mejor manera de defender la literatura americana contra la influencia de París era aceptar a Madrid como meridiano literario de la lengua. Ya sería mucha pretensión, para la España de 1853, que la lengua hablada y escrita de este lado del Atlántico no marcara con su sello el destino general del idioma, incluyendo sus productos literarios. Para desvelo de los puristas.

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