Cadenas. Quiero creer que lo vi. Henry Martínez


rafael cadenas en canal i, programa Entreversos

Video completo, aquí

…camino a casa, me entretuve en un juego de ideas y contra-ideas con el que me suelo embriagar, desde niño, y poder trabajar diligentemente en la confrontación diaria con todos los miserables hologramas que se divierten diciendo a voz alta: “yo soy el tiempo, el presente, el único y único tiempo”. El dislate de estos tramposos entes, que no tienen de tiempo ni el pellejo, los hace dar tumbos por las plazas y tambos por una callejuela de ésta o cualquier ciudad, derramando sonrisas de labios arqueados por un lápiz, como la de los comics, o dejando caer gotas de los inútiles colores que blandean en sus trajes banderolas alegres, iguales a las que amanecen tiradas en el suelo, exánimes, luego de un partido de futbol donde los nuestros fueron derrotados. Mientras jugaba, abstraído de la realidad, llegó el vehículo que dio una vuelta en U y mi instinto me ridiculizó, una vez más, al querer entrar por la puerta de atrás del lado equivocado. Entregué mi guitarra a una joven que ocupaba el puesto delantero derecho y tomé asiento junto a la persona que hacía huir a un pasado y a un futuro no invitados a aquel encuentro. Después del rutinario saludo, se delinearon dos siluetas. La primera, la que buscaba alivio, sedienta, hambreada de paz y compañía. La otra, el puerto adonde todos los marineros quisieran llegar y morir en él.

En el momento en que el realismo montaba su coreografía e infundía su género, Cadenas era una Y en la vereda que infundía el rigor de atisbar ‘la mejor de las suertes’ en la selección. Cualquiera de las dos sendas estaba en capacidad de ofrecer los mismos altibajos de la vía, la misma gentil arboleda que seduce, un plantío de añil, de lado izquierdo, y otro de sorgo a la otra mano o un asfalto en descuido en el enfoque binocular del pobre indefinido que soy.

Nunca lo supe en forma certera. Sólo a través de algún sentido, que la gente se empeña en llamarlo “sexto”, pude entender que una tercera opción me invitaba a sentarme en un silleta de madera de guayabo y tejido de cocuiza, en la cual podía degustar de tres conversaciones, cual malabarista de oficio.

– ¿Cómo está, Rafael?

– Muy bien. ¿Y usted?

– Bueno… es un honor estar aquí.

– Gracias, muy amable.

El temor de cometer alguna imprudencia no cejaba, por lo que inicié una conversación ligera que tomó espesura cuando le hablé de Barquisimeto, de sus nexos con Yaritagua y de su ligazón familiar con Otilio Galíndez, gran amigo de ambos y deudos de su ausencia corporal. Con sus rasgos de muchachón preservados por la esencia del gen vialáctico y primogénito, comenzó la segunda conversación, ondulante sobre el aire que ocupaba el asiento del medio. Le narré cómo, ahogándome en aguas de incomprensiones y soledades, él me lanzó uno de sus libros, al igual que a otros que batallaban con la vida entre olas anárquicas y huérfanas de calidez, de una natilla sincera, del solaz ausente fuera de sus textos, de los mangos apedreados y compartidos sobre la misma tierra…

…en un negro del programa grabado, vio luz la tercera conversación, esta vez pública. Rafael refrendó lo que no existe fuera de él. Dibujó un masterpiece en tonalidades que sólo se encuentran en el ingente rango del espectro no visible. Leyó sus textos contra la ignominia. Habló de la virulencia de la infamia, demarcó sus ejidos de la tezada sombra del fascismo, decretó de nuevo el albedrío del poema, deletreó la democracia, desdijo del germen que abate los derechos humanos, prendió fuego a la casa de la mentira, rompió las fotos de su destierro, increpó a los legos en el poder, lloró por los tiempos que no existen tras una décima de segundo, ignoró al teleprompter, nos vistió con telas de hilos de confianza, respondió siempre con la palabra auténtica, nos convenció de que no tiene la llave de sus libros, toreó al miura de las soledades mientras nos llenaba de compañía en silencio nuestras despensas…

…lo imaginé, luego en casa, oteando, sin intención, en el infinito borde del horizonte.

henry martínez

septiembre dos del  catorce

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