cirene / enrique bernardo núñez


enrique bernardo núñez

No es aquella Cirene que pidió una Constitución a Platón, el cual no quiso dársela juzgándola demasiado corrompida. Junto a ella otra ciudad existió en siglos remotos, si bien Platón le hubiera dado la misma respuesta, ciudad que desapareció asolada por la sequía y los terremotos. Del mismo origen dórico los nuevos cireneses veneraban su recuerdo y hasta ella hacían remontar el esplendor de sus rosas y de sus razas de caballos. Los cireneses eran felices. Vivían entregados al culto de sí mismos y al de sus héroes que habían dilatado su fama en guerras con los estados vecinos. Hubo, sin embargo, uno entre ellos al cual proclamaron el hombre más grande de la tierra. A divulgar esa gloria dirigieron sus esfuerzos. Diéronse, pues, a ser historiadores y a vivir en el pasado remoto. Esculpieron aquel nombre en columnas, arcos, templos y al pie de una montaña erigieron un panteón, rematado por una torre llena de símbolos. La vida en Cirene giraba en torno de aquella torre bajo la cual –afirmaban– se guardaban las cenizas del héroe en una urna de oro. Sus jardines, sus caminos, sus plazas y montañas florecían de lápidas y estelas conmemorativas.

Concluyeron, al fin, por hacer de su héroe un dios a quien rendían el culto más ferviente. Los oscuros tiranos que se sucedieron en Cirene permitían este culto y lo favorecían. Encontraban así un medio seguro de hacerse perdonar sus latrocinios. Para los cireneses era tolerable la pérdida de sus derechos, sus bienes, de la vida misma, todo, menos ceder un grano de incienso de sus altares.

Los extranjeros hallaron en ese culto una mina inagotable. En ocasiones los tributos se consumieron íntegros en pagar odas, tragedias, estatuas y panegíricos del héroe. Oradores, historiadores, cómicos y músicos llegaron con el nombre de embajadores espirituales a sacar el oro de Cirene. Pretendían además los adoptasen el mismo culto y los embajadores no tenían pena en hacerlo cuando se hallaban en Cirene, para ganarse así las simpatías del gobierno y del pueblo. Hubo épocas de hambre en que el pueblo se consolaba leyendo aquella literatura estéril. Pasaban los años. La nación no prosperaba, pero las ciudades estaban satisfechas. La fama del héroe era proclamada en los juegos, en las conferencias y solemnidades de todo el mundo. Vino a ser el estudio de su vida el único afán de los meritorios cireneses y todo el que escribiese acerca de ella, particularmente los extranjeros, era considerado sabio. Surgían polémicas. Aquél aseguraba que el héroe había desaparecido de la tierra en una nube resplandeciente, éste que se había arrojado al cráter de un volcán para dirigirse a las moradas de los inmortales, envuelto en una veste fúlgida. Y aquellos en quienes residía la ciencia histórica, la ciencia de Cirene, desempeñaban los más altos cargos. Era el único camino para ascender en Cirene. La acción de los hombres debía retroceder hacia el límite del tiempo en que vivió el héroe cirenés. Fuera de él, todo caía en oscuro silencio.

El horizonte mental de los cireneses fue estrechándose cada día. Y también la vida se hacía más y más difícil. Vivían, sí, el historiador Sosastres, autor de cuatro volúmenes sobre la epopeya cirenesa; el venerable Filón, muy entendido en todo lo que pertenecía al gran cirenés; el historiador Diógenes, notable por su barba gris, quien poseía datos para llenar cincuenta volúmenes; el rico y avaro Cleón, que ganaba sumas colosales por recopilar cartas del genio; el pintor Glauco, cuyos lienzos decoraban el templo de los inmortales; el alambicado Péntalo, fundador de la escuela cirenesa, etcétera. El criterio cirenés era inmutable. Corrían los otros pueblos hacia el porvenir, ocurrían en el mundo las mayores transformaciones sin que Cirene se diese por aludida. Cirene contemplaba a su héroe. Escribía libros voluminosos, guardados luego cuidadosamente en las bibliotecas. La misión de Cirene era permanecer inmóvil, vuelta hacia aquel resplandor que divisaba a su espalda como un astro sin ocaso. Y si en el mundo se oía alguna vez la voz de Cirene era para gritar aquel nombre eterno.

Y llegó un día en que Cirene, el jardín y la perla de la tierra, desapareció. Largos siglos pasaron. Cirene parecía muerta con su gran hombre. Pero un ladrillo encontrado por unos labriegos llamó la atención de los arqueólogos hacia aquel sitio. El ladrillo tenía una inscripción. Las primeras excavaciones condujeron al descubrimiento de varios cráneos. Estos cráneos fueron motivo de disputas interminables. Tenían en el frontal o en el occipucio un vago diseño de figura humana y eran reducidísimos comparados con los de otros contemporáneos. A fuerza de sagacidad y paciencia se halló el motivo de tan sorprendente anormalidad. El diseño tenía extraña semejanza con la efigie del héroe cirenés grabada en las monedas y medallas. Como era la única idea posible, la obsesión, fue apareciendo aquel perfil en el cráneo de los desdichados cireneses.

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En: La galera de Tiberio. Caracas, Universidad Central de Venezuela, 1967, pp. 193-197.

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Manuel Bermúdez. Enciclopedia rústica de personajes insignificantes de Apure.


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  • Caracas, Universidad Pedagógica Experimental Libertador, Vicerrectorado de Investigación y Postgrado, 2005.

Poner el conocimiento de las ciencias de la lengua a favor de la elaboración de una estructura novelesca es la lección que nos deja la lectura de este extraño, breve y delicioso libro, que fusiona el concepto de enciclopedia -tan al gusto de cierta tradición del pensamiento francés-, la crónica municipal -en la tradición de Alfredo Armas Alfonso- y la picaresca de El Periquillo Sarniento, todo presentado en un empaque que ironiza sobre el mismo conocimiento que le da principio.

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César Chirinos. De las mías el mío Caribe.


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  • Caracas, Monte Ávila Editores, 2006.

    Me hubiese gustado decir que me sedujo. Según el prólogo, iba al encuentro del texto perfecto, a juzgar por la cita que se hace de Borges y La invención de Morel. Hablar de modernidad y postmodernidad como oferta ante lo que va a leerse, es un riesgo bien asumido y que se respeta. Sin embargo, la trama se queda corta ante la celeste sugerencia lectora de Antonio M. Isea. Es más, luego de haber recorrido un gran trecho, uno se pregunta si en verdad tal autor existe o es parte del juego posmoderno propuesto. Quizás mis hábitos lectores no son competentes para entender la profundidad de la propuesta, pero me suena que la estructura de De las mías el mío Caribe ya la he visto en otra parte. Quizás entre el Carpentier intermedio y algunos cuentos de Cortázar. Tal vez.

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    Alfredo Armas Alfonzo. Este resto de llanto que me queda.


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    • Barcelona (España), Thulé Ediciones, colección La Vida Breve, 2005.

    De los asuntos que destacan en la obra de Alfredo Armas Alfonzo (1921-1990) se han destacado su carácter fragmentario y breve, la atención hacia los personajes modestos de la crónica rural, el arduo trabajo con la oralidad, la continua y reposada estancia en los meandros de la memoria. Continuador de la tradición del minicuento en nuestro idioma, como bien lo dice Carlos Pacheco, la pasión de AAA se concentra en recuperar, mediante procedimientos a menudo coincidentes de elaboración ficcional, lo que fuera la pequeña comarca rural, campesina, oral, donde transcurriera su infancia. Sigue leyendo