Preguntas para Pensar la Transición (V)


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Preguntas para Pensar la Transición (V)
Responde Harry Almela

Me preocupa la frecuencia con la que oigo la frase cuando éramos felices y no lo sabíamos, evidencia de una impúdica y hasta grosera banalización de lo que nos sucede.

En la quinta entrega de esta serie sobre las perspectivas ante la crisis, Harry Almela responde a nuestro cuestionario. Almela (1953) es poeta, narrador y ensayista.

Nelson Rivera El Nacional
23 de junio 2016 – 12:01 am

—Queremos comenzar por su visión del actual estado de cosas en Venezuela. ¿Qué ve, qué siente, qué le resulta inquietante?
—Al momento de responder esta pregunta, estoy convencido de que la transición se ha iniciado, aunque con una dinámica imposible de controlar y cuyo final es inefable. Y básicamente, me preocupa que los tiempos institucionales (posible referéndum, aplicación de la Carta Democrática, el probable y anunciado diálogo) nada tienen qué ver con los tiempos de la calle. Ya Caracas sufre lo que en provincia nos sucede desde hace ya demasiados meses. Una salida democrática, electoral, pacífica y constitucional no será posible a menos que también incluya la negociación. ¿Quién asumirá ante la justicia –tarde o temprano– la responsabilidad de los hechos de corrupción, del narcotráfico, de las violaciones a los derechos humanos y a la Constitución? Allí está el núcleo duro de la salida pacífica. Mientras exista esa resistencia, el riesgo a una salida violenta –revuelta popular o golpe militar– acecha minuto a minuto.

—Un tema, cada vez más presente en las preocupaciones venezolanas, es la cuestión de la violencia y el modo en que viene ocupando espacios en la sociedad. ¿Venezuela tiene posibilidad de realizar un cambio político sin recurrir a la violencia?
—Pareciera que vamos no hacia una solución, sino más bien hacia un desenlace. Los elementos menos radicales del Poder están llamados a negociar. Mientras no suceda tal evento, a mediano plazo se está construyendo el camino más corto hacia la violencia callejera y militar. Toda dictadura sale del Poder por vía de la negociación o por vía militar. Pinochet cede, no ante el voto en aquella consulta, sino por la negativa del resto de la Junta de Gobierno a acompañarlo en el desconocimiento de los resultados. En todo caso, la histórica participación de los militares venezolanos en momentos de cambio de régimen, es un punto a considerar, con el riesgo de violencia que eso significa.

—De forma recurrente, hay personas que se preguntan si la sociedad venezolana ha aprendido algunas lecciones de los padecimientos de estos últimos años. ¿Hemos aprendido o todavía podríamos ser una sociedad frágil ante la tentación populista?
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No tengo una visión complaciente. Entrevista diario Primicia, Ciudad Bolívar


El poeta Harry Almela conquistó al jurado de la I Bienal de Poesía Abraham Salloum Bitar con su poemario Contrapastoral.
Mawarí Basanta Mota

Pulsar el país por los caminos de la poesía para encontrarse con palabras como crisis, colectivo, social y dos más que apunta el poeta Harry Almela: sombra terrible.
Su libro de poemas Contrapastoral que tiene en su interior noventa textos, ganó con los votos de Alberto Hernández y Francisco Arévalo, la I Bienal de Poesía Abraham Salloum Bitar.
El poeta habló sobre la esencia de un poemario que huele y siente el país de cerca.

Foto: Vasco Sznetar

Foto: Vasco Szinetar

Puramente subjetivo
¿Por qué el título Contrapastoral?
-La pastoral es un género literario que nos llega de la antigüedad y son esos cantos donde se alaba la vida del campo, la vida idílica, de esa cosas puras (…) y la contrapastoral es lo contrario, escribir acerca de lo terrible, ir contra esa visión del paraíso. Por eso el título del libro.
–  ¿Por dónde camina el poemario?
– Es un libro que intenta hablar acerca de la situación del país y de la situación personal de vivir en un país como el actual.
¿Cómo se escribe el país en poesía?
– Ninguna obra poética está exenta de la realidad que nos circunda. Uno intenta entender las cosas que pasan históricamente en el país y convertir eso en un lenguaje que esté a tono con las cosas que pasan, el dolor, la preocupación, lo terrible en un país como el actual. También hay mucho de historia personal.
Habla de lo personal, ¿en su obra no siempre está implícito?
– Sí, por supuesto y también lo que le rodea a uno, lo social, lo colectivo. No es que uno habla de uno mismo. Uno habla de cómo cree que va el mundo, pero no es una percepción de lo puramente subjetivo.
¿Cómo le llegó el tema de Contrapastoral? ¿Quería escribir sobre la situación del país?
– Llevo trabajando este asunto desde hace tres o cuatros libros atrás. Vengo con esta cosa sobre el país y sobre la historia del país desde hace ya, por lo menos cuatro o cinco libros, es una constante (…) El poeta no es un ser especial. Uno hace mercado, sale a la calle, el país uno lo padece todos los días. Sigue leyendo

sobre el festival mundial de poesía


| la liebre libre |

MORALIDADES LEGENDARIAS

Odian a César y al poder romano
Se privan de comer la última uvita
pensando en los esclavos que revientan
en las minas de sal o en las galeras
Hablan de las crueldades del ejército
en las Galias e Iliria
Atragantados
de jabalí perdices y terneras
dan un sorbo
de vino siciliano
para empinar los labios
pronunciando
las más bellas palabras:
la uuumanidaaa el ooombreee
todas ésas
tan rotundas tan grandes tan sonoras
que apagan la humildad de otras sin eco
—como digamos por ejemplo
“gente”

Termina la función
Entran los siervos
a llevarse los restos del convite
Y entonces los patricios se arrebujan
en sus mantos de Chipre
Con el fuego del goce en sus ojillos
como un gladiador que hunde el tridente
enumeran felices los abortos
de Clodia la toscana
la impotencia de Livio los avances
del cáncer en Vitelio
Afirman que es cornudo el viejo…

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saloniqui


El eterno exilio judío, avivado nuevamente por la expulsión de España en 1492, se extendió por ambas costas del Mediterráneo. Sobre África, desde el Magreb hasta Egipto. En Europa, los ahora llamados sefardíes se asentaron básicamente en Portugal, Francia, Italia y Holanda. Los más resueltos se instalaron en los territorios del naciente Imperio Otomano, sobre todo en los Balcanes, donde desarrollan una intensa actividad durante varios siglos en los territorios que ahora ocupan Albania, Bosnia y Herzegovina, Bulgaria, Croacia, Grecia, Macedonia, Montenegro, Rumanía, Serbia y Turquía. Entre otras muchas iniciativas, introducen la imprenta en el Imperio y comercian con lana, llegando a abastecer de uniformes a los jenízaros, de manera exclusiva. Incluso proporcionan a la historia de su pueblo la trágica aventura del fervoroso y falso Mesías Shabbetai Tzevi, nacido en Esmirna en 1626. Entre el siglo xv y las primeras tres décadas del xx, el centro económico y cultural de esos eventos será Salónica, que se convierte con el paso del tiempo y sus altibajos, en la Jerusalén de los Balcanes.

La tentativa moderna de asimilación social y cultural impulsada por la haskalá también concluyó para los sefardíes en Shoá. Los alemanes entraron a la ciudad el 9 de abril de 1941. En ese momento, vivían allí unos 50.000 sefardíes. Entre el 20 de marzo y el 18 de agosto de 1943, fueron trasladados a Auschwitz-Birkenau 48.764. Al final de la guerra, sólo quedan en Salónica 1.950. Hubo sobrevivientes y quienes además pudieron hacer uso de sus pasaportes españoles e italianos. Desde entonces, Saloniqui no sería la misma. Tanto, que las lápidas del antiguo cementerio judío (negociado con los nazis en busca de la supervivencia) fueron utilizadas por los alemanes como materiales de construcción. Sobre sus restos, se levantó posteriormente la nueva sede de la Universidad Aristóteles, que aún se resiste a colocar en su edificio alguna placa conmemorativa.

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Poda, de Andrés Eloy


En 1934, un año antes de la muerte de Juan Vicente Gómez, Andrés Eloy Blanco (1896-1955) publica por la editorial Élite de Caracas la primera tirada de su libro Poda. Saldo de poemas, 1923-1928[1]. Como lo indican su título y el prólogo, sobreviven por su propia mano, textos escritos entre los 27 y los 32 años de su edad. Poemas juveniles, por el ritmo y el colorido, a tono con cierto concepto de lo latinoamericano como territorio mágico y musculoso, derivación de una historia de colosales viajes e hibridaciones (de razas, lenguas y costumbres) en busca de un equilibrio que permitiera dejar atrás la versión sangrienta de lo que había sido, hasta hace pocos años, nuestro devenir como continente y de Venezuela como país. Eso se deja sentir en el aire épico, risueño e inocente del Canto a España, en Coquivacoa y en El río de las siete estrellas. También en la reivindicación del abuelo indiano en el poema Iraida Regina Blanco o en el tono literario y familiar de su Carta a Udón Pérez. Este aire de inocencia no es casual, sino algo más bien sabiamente elaborado. En todo el sustrato del libro se respira una atmósfera al mismo tiempo íntima y épica, como corresponde al proyecto ético y político que confluía en Andrés Eloy, a tono con los tiempos de nuestra prehistoria democrática, a la cual quiso y supo cantar.

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invictus


Invictus

Fuera de la noche que me cubre,
negra como el abismo de polo a polo,
agradezco a cualquier Dios que pueda existir
por mi alma inconquistable.
En las feroces garras de la circunstancia
ni me he estremecido ni he llorado en voz alta.

Bajo los golpes de la suerte mi cabeza sangra,
pero no se inclina.
Mas allá de este lugar de furia y lágrimas
es inminente el horror de la sombra,
y sin embargo la amenaza de los años me encuentra
y me encontrará sin miedo.

No importa cuán estrecha sea la puerta,
cuán cargada de castigos la sentencia.

Soy el amo de mi destino:
soy el capitán de mi alma.

William Ernest Henley
(1849-1903)

publicado vía WP para blackberry

notas para una poética del desencanto.



Arthur-el-baronArthur Schnitzler. El destino del barón Von Leisenbohg.

Barcelona, Acantilado, 2003. Selección y traducción de Berta Vias Mahou.

Hay obras que ofrecen claves para registrar la futilidad del ser humano y que saben  sobrevivir al entorno en el que fueron creadas. Al añadir su interpretación y encontrar su espejo puntual, cada generación los va convirtiendo en clásicos. Es decir, el carácter de clásico no reposa en las frías páginas de un libro, sino en esa posibilidad ofrecida a los lectores del futuro de transcribir el imaginario literario a partir de las claves de su presente. En días de crisis y declinación del proyecto de la modernidad, es difícil escapar de esa sensación que surge feroz en la Viena de los Habsburgo entre finales del siglo XIX y el final de la Primera Guerra, y que Hermann Broch resumió en la célebre frase el gozoso apocalipsis.

El destino del barón Von Leisenbohg revisa con un microscopio tales desventuras. Cada uno de los trece relatos que conforman el volumen funciona como una pequeña máquina, exacta y precisa en su mecanismo. Expone no sólo a minuciosos personajes rodeados de objetos, o a la naturaleza convertida en paisaje, sino lo sustantivo de una manera de mirar el mundo que trasciende la orgía preciosista de una sociedad a punto de derrumbarse por su propio gusto y peso, gracias a su eficaz y victorioso manejo de la máscara y de la hipocresía. Adheridos a su disfraz, los héroes padecen el inevitable tránsito hacia su caída, como cualquier precario Edipo que al intentar huir de su destino, lo cumple irremediablemente.

Los cuentos están escritos en clave de tragedias. Personajes de todo pelaje concurren a estos thriller donde se narran los pequeños desamparos humanos que constituyen, desde los griegos hasta nuestros días, la cotidiana lucha entre lo instintivo y lo socialmente aceptable. Doctores en El hijo y en La muerte del soltero, aristócratas en La predicción, clases medias en Los muertos no hablan, trashumantes y mendicantes en El ciego Gerónimo y su hermano. En fin, una ralea de caracteres que padecen sus minúsculos dramas como marionetas independientes de su autor, pero ateridos por sus actos y sus miserias. Desde sus pequeños desastres cotidianos, los protagonistas caen en desgracia como si no hubiese solución amigable.

El amor, la traición y la muerte, lo escondido y oculto bajo la prolijidad de los detalles, construyen esta poética del desencanto que Arthur Schnitzler aprendió paralelamente a manejar en su extensa dramaturgia. Es necesario acotar que cualquiera de estos relatos conjetura guiones cinematográficos, arte que comienza a convertirse en espectáculo de masas justo en aquellos años y que Schnitzler también explora como guionista.

Walter Benjamin define al flaneur como aquel sujeto que observa las calles de la ciudad con la actitud de un dandy. Arthur Schnitzler es un flaneur del alma moderna, recostado tímidamente en la zona de quien ha comprendido que debe ser solidario con alguna causa perdida y explora hasta la náusea el juego de apariencias que es la modernidad.

Resulta extraño que Borges no lo cite en alguna de sus reseñas literarias. Le hubiese fascinado. Tanto como a su contemporáneo y coterráneo Sigmund Freud.

Harry Almela

cirene / enrique bernardo núñez


Cirene

Enrique Bernardo Núñez [*]

No es aquella Cirene que pidió una Constitución a Platón, el cual no quiso dársela juzgándola demasiado corrompida. Junto a ella otra ciudad existió en siglos remotos, si bien Platón le hubiera dado la misma respuesta, ciudad que desapareció asolada por la sequía y los terremotos. Del mismo origen dórico los nuevos cireneses veneraban su recuerdo y hasta ella hacían remontar el esplendor de sus rosas y de sus razas de caballos. Los cireneses eran felices. Vivían entregados al culto de sí mismos y al de sus héroes que habían dilatado su fama en guerras con los estados vecinos. Hubo, sin embargo, uno entre ellos al cual proclamaron el hombre más grande de la tierra. A divulgar esa gloria dirigieron sus esfuerzos. Diéronse, pues, a ser historiadores y a vivir en el pasado remoto. Esculpieron aquel nombre en columnas, arcos, templos y al pie de una montaña erigieron un panteón, rematado por una torre llena de símbolos. La vida en Cirene giraba en torno de aquella torre bajo la cual –afirmaban– se guardaban las cenizas del héroe en una urna de oro. Sus jardines, sus caminos, sus plazas y montañas florecían de lápidas y estelas conmemorativas.

Concluyeron, al fin, por hacer de su héroe un dios a quien rendían el culto más ferviente. Los oscuros tiranos que se sucedieron en Cirene permitían este culto y lo favorecían. Encontraban así un medio seguro de hacerse perdonar sus latrocinios. Para los cireneses era tolerable la pérdida de sus derechos, sus bienes, de la vida misma, todo, menos ceder un grano de incienso de sus altares.

Los extranjeros hallaron en ese culto una mina inagotable. En ocasiones los tributos se consumieron íntegros en pagar odas, tragedias, estatuas y panegíricos del héroe. Oradores, historiadores, cómicos y músicos llegaron con el nombre de embajadores espirituales a sacar el oro de Cirene. Pretendían además los adoptasen el mismo culto y los embajadores no tenían pena en hacerlo cuando se hallaban en Cirene, para ganarse así las simpatías del gobierno y del pueblo. Hubo épocas de hambre en que el pueblo se consolaba leyendo aquella literatura estéril. Pasaban los años. La nación no prosperaba, pero las ciudades estaban satisfechas. La fama del héroe era proclamada en los juegos, en las conferencias y solemnidades de todo el mundo. Vino a ser el estudio de su vida el único afán de los meritorios cireneses y todo el que escribiese acerca de ella, particularmente los extranjeros, era considerado sabio. Surgían polémicas. Aquél aseguraba que el héroe había desaparecido de la tierra en una nube resplandeciente, éste que se había arrojado al cráter de un volcán para dirigirse a las moradas de los inmortales, envuelto en una veste fúlgida. Y aquellos en quienes residía la ciencia histórica, la ciencia de Cirene, desempeñaban los más altos cargos. Era el único camino para ascender en Cirene. La acción de los hombres debía retroceder hacia el límite del tiempo en que vivió el héroe cirenés. Fuera de él, todo caía en oscuro silencio.

El horizonte mental de los cireneses fue estrechándose cada día. Y también la vida se hacía más y más difícil. Vivían, sí, el historiador Sosastres, autor de cuatro volúmenes sobre la epopeya cirenesa; el venerable Filón, muy entendido en todo lo que pertenecía al gran cirenés; el historiador Diógenes, notable por su barba gris, quien poseía datos para llenar cincuenta volúmenes; el rico y avaro Cleón, que ganaba sumas colosales por recopilar cartas del genio; el pintor Glauco, cuyos lienzos decoraban el templo de los inmortales; el alambicado Péntalo, fundador de la escuela cirenesa, etcétera. El criterio cirenés era inmutable. Corrían los otros pueblos hacia el porvenir, ocurrían en el mundo las mayores transformaciones sin que Cirene se diese por aludida. Cirene contemplaba a su héroe. Escribía libros voluminosos, guardados luego cuidadosamente en las bibliotecas. La misión de Cirene era permanecer inmóvil, vuelta hacia aquel resplandor que divisaba a su espalda como un astro sin ocaso. Y si en el mundo se oía alguna vez la voz de Cirene era para gritar aquel nombre eterno.

Y llegó un día en que Cirene, el jardín y la perla de la tierra, desapareció. Largos siglos pasaron. Cirene parecía muerta con su gran hombre. Pero un ladrillo encontrado por unos labriegos llamó la atención de los arqueólogos hacia aquel sitio. El ladrillo tenía una inscripción. Las primeras excavaciones condujeron al descubrimiento de varios cráneos. Estos cráneos fueron motivo de disputas interminables. Tenían en el frontal o en el occipucio un vago diseño de figura humana y eran reducidísimos comparados con los de otros contemporáneos. A fuerza de sagacidad y paciencia se halló el motivo de tan sorprendente anormalidad. El diseño tenía extraña semejanza con la efigie del héroe cirenés grabada en las monedas y medallas. Como era la única idea posible, la obsesión, fue apareciendo aquel perfil en el cráneo de los desdichados cireneses.

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[*] En: La galera de Tiberio. Caracas, Universidad Central de Venezuela, 1967, pp. 193-197