El lector pone la otra mitad del poema. Marisol Pradas

Notitarde, Valencia 11/10/2008
Marisol Pradas
Foto: Junny Sánchez.

El próximo miércoles 15, ne la colección Llámalo amor, si quieres, aparecerá el libro de Laura Restrepo, Olor a rosas invisibles. El 22 será el turno para la humorista Rayma, con Latidos de humor y el 29 aparecerá el quinto titulo, Del dulce mal, una antología de poesía amorosa venezolana, que preparó Harry Almela, poeta, editor e investigador.

Del dulce mal contiene poemas de ciento cuatro autores venezolanos que sorprenden, lo cual habla del trabajo generoso que realizó este intelectual, lleno de chispa creativa y humor cuando se conversa con él.


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– Parece una antología muy personal nacida tras muchos años de lectura…
– Eso es una falacia de mis enemigos políticos que piensan desprestigiarme… que dicen que soy un buen lector…

– ¿Cómo nació este libro?
– A mediados del año 2007, Leonardo Padrón, me propuso en principio hacer una antología de poesía amorosa para esta colección. Sucede que paso a ser conocedor del tema, en tanto que algunos libros míos, de creación directa, tocan o rozan el tema amoroso. Luego está el hecho de esa inmerecida fama que tengo de buen lector. Hay allí un elemento subjetivo, por supuesto, que es la relación personal que mantengo con Leonardo, desde hace más de veinte años (se dice rapidito). siempre hemos coincidido en escenarios, en lecturas. Tenemos una relación muy cálida y productiva en muchos terrenos. Esos tres elementos influyeron en la realización de este trabajo.
Luego está el hecho de que he leído mucho sobre el tema en términos teóricos tanto de los poetas venezolanos como de otros países. La antología resultó ser como un revisitar esos sitios de lectura y de conocimiento, y también descubrir algunos autores que ni idea tenía de que habían trabajado sobre el tema amoroso.
Pensé el libro también, ya no en términos de lo que me gustase a mí solamente, si no que pensé en dos tipos de publico, uno para la gente que busca libros de autoayuda. Es decir, sea que los lectores pudiesen encontrar un texto que les sirviese de acompañamiento en algún momento de se aventura personal amorosa, el encantamiento, el encuentro, el extrañamiento, la distancia; el simple guayabo. El otro público tiene qué ver con lectores de más experiencia en el ámbito académico. A partir de esas variables comencé a estructurar la antología.

– Cuando se leen los autores se encuentran sorpresas porque se sienten imágenes distintas… no se trata de poesía amorosa cursi como uno se imagina al principio que puede ser…
– Eso tiene que ver un poco con la historia de la poesía venezolana, que ha tenido distintas épocas y etapas. Creo que ese sentimiento de que la poesía amorosa es cursi es completamente acertado. Hay una frase célebre de Fernando Pessoa que dice que “todas las cartas de amor son cursis”.
De repente el asunto se puede convertir en cursi porque -como decía Rainer María Rilke- es un tema en donde hay una extensa y gran tradición. Ante ello, puede ser complicado agregar una nota nueva. El tema amoroso en el poema es lo más difícil de asumir, tanto desde el punto de vista de la escritura, como de sus posibles logros. Recuerda que a fin de cuentas, lo que hace el escritor es poner la mitad del poema, el lector le pone la otra mitad. En ese intercambio es que surge el poema que puede servir, por decirlo de alguna manera, o no, a los lectores. En Del dulce mal lo que hay es un compendio de la poesía venezolana desde las primeras vanguardias, como es el caso de Gerbasi, Ramos Sucre o Paz Castillo, hasta las más recientes versiones del tema amoroso, que están muy relacionadas con la experiencia urbana.

– No hay ningún poema suyo…
– Es que es un libro serio… Una de las cosas que siempre le agradecí a Leonardo es que me permitió no poner un poema mío allí… La mejor cosa que tiene ese libro es que no hay un poema mío.

– ¿Cuánto ha pasado desde el poemario suyo El terco amor, que ganó el premio de la Bienal de Literatura José Rafael Pocaterra (1994) hasta ahora?
– Ese libro es lo que es. ¿Qué quieres que te diga?

– ¿Tuvo algo de cursilería?
No, me gustaría creer que no. En todo caso, los poemas que uno escribe terminan siendo totalmente distintos a los poemas que la gente lee, cosa que es también importante decir. Allí lo que hay es una historia de un desprendimiento afectivo.

– ¿Está escribiendo poesía?
– Se está escribiendo allí un libro que es como fragmentario. No tengo claro para dónde va el asunto. Luego de publicar ocho o diez libros de poesía, a estas alturas resulta como medio complicado. Presumo que es un libro de viajes, de resumen acerca de mi visión sobre el país. Presumo que siempre estarán presente las cosas que están presentes en las cosas que yo escribo: el tema de la infancia, las referencias cultas, los viajes, las lecturas, los amigos. Ahí va, poco a poco. No tengo ninguna prisa en eso porque estoy ahora muy interesado en tratar de entender cómo es que funciona la poesía en este país, en su capacidad de intentar representar al país. Ésa es un poco mi preocupación en este momento, más allá de la subjetividad… En fin de cuentas, la subjetividad no es algo que pueda interesarle mucho a los lectores…

O interesarle más… Los columnistas se leen por su subjetividad.
– Claro, pero una cosa es escribir un trabajo de opinión, en la que habrá un primera persona que toma posición ante un hecho…, pero con la poesía es un poco más complicado. Si yo tuviese que llevar un tema amoroso a una columna, ¿qué le importa al lector que yo tenga un guayabo o que me gusta la vecina de al lado? Un columnista no escribiría una nota acerca de eso. En cambio en el poema sí podría hacerlo. Entonces, volvemos a la pregunta: ¿qué tanto le puede importar a un lector conocer de las subjetividades? Probablemente le interese saber cómo es que esa subjetividad es capaz de poner en palabras una sensación o un sentimiento con las cuales el lector se pueda identificar. Hasta allí estaría bien. Lo demás es gratuito. Por eso es que desconfío mucho de la poesía que se regodea en la primera persona.

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