Cuaderno de bitácora

 

  • Nota para el libro Cuaderno de bitácora. Poesía 1983-2000. Nueva York: Latin American Writers Institute (LAWI), Eugenio María de Hostos Community College/CUNY City University Nueva York.

Comencé a escribir, con alguna continuidad, hacia finales de los años setenta. Mi instrucción literaria era íntima y modesta, heredada (como suele suceder) de la infancia, la adolescencia y de mi primera juventud: Andersen, los hermanos Grimm, Papini, Kafka, Hesse, Dickens. En cuanto a poesía, los límites no pasaban del ahora desechable Neruda y de nuestro apasionado y sonoro Andrés Eloy Blanco. Creía estar signado para altas empresas. Como continúa diciendo Rafael Cadenas, tal pretensión me derribaría con el tiempo.

Durante la década de los ochenta, en lo que se refiere a temas, mi preocupación literaria iba por el camino del rescate de la memoria de la infancia y por la recreación de lo amoroso. Eran los días en que militaba en la creencia de que la literatura nos salva. Mi primer libro, Poemas (1983) es más una colección de árboles que un bosque sellado. Algunas voces incluidas allí se desarrollarán luego con mayor profundidad.

Por otra parte, sentía que el tratamiento del lenguaje, acceder a su desnudez y su sonoridad, eran asuntos importantes y necesarios. Esto último me llevó hacia la poesía medieval española, desde el Rey Sabio hasta Berceo. Creo que eso es muy visible en Cantigas (1983), libro que ahora considero distante, pero que en su momento fue una bisagra entre varias búsquedas. Por su parte, el libro Ventana de emergencia (1983) es un homenaje algo pretencioso a mis lecturas de esa época.

Posteriormente, me atrajo la obra de Luis Alberto Crespo. Eso se nota -demasiado, diría yo- en los libros Muro en lo blanco (1991) y Frágil en el alba (1993). La contención, la vibración espiritual -casi mística- de los libros de Crespo, eran un imán demasiado poderoso, ya que él es un maestro en esas cosas. Creo que en su obra (para incluir aquí su prosa) hay mucho de lo que podríamos postular como una escritura de lo venezolano: el paisaje, la búsqueda de identidad en el pasado personal, lo movedizo de nuestro entorno, la capacidad de nombrar el territorio. Todas estas particularidades le hacen continuador de una visión de lo nacional, que arranca con Francisco Lazo Martí y sigue con Miguel Ramón Utrera, Enriqueta Arvelo Larriva, Vicente Gerbasi y Efraín Hurtado, cuyas presencias aún agradezco en alta voz. A Luis Alberto le conocí en 1981, en un ya célebre taller de poesía del Centro de Estudios Latinoamericanos «Rómulo Gallegos», en Caracas. Fue ésa una experiencia que aclaró horizontes en cuanto a lecturas y me permitió abrir ventanas a una muy diversa literaria, presente en nombres como Ungaretti, Eugenio de Andrade, Paul Celan, Emily Dickinson, algunas páginas de Eliot, el imprescindible Borges y el haikú japonés. Este tránsito facilitó mi distanciamiento de lo que hay de retórico y francés en la poesía venezolana. Por lo general, padezco del terror a lo adjetivo.

En una etapa más reciente -que arranca con el libro El terco amor– comenzaron a interesarme, con mayor vehemencia, autores como Rafael Cadenas -y sus amadísimos San Juan de la Cruz y Rainer María Rilke-, Antonio Cisneros, Jorge Eduardo Eielson y Jaime Sabines. Siento que en ellos existe una puesta en escena de lo espiritual e intelectual -personal y colectivo- que me han ayudado, a través de cadencias y tesituras extremadas y diversas, a entender la vida como un largo proceso iniciático. Creo que en eso ando desde entonces. Y dudo, cada vez con más ardor, de que la poesía pueda salvarme de algo.

En 1995, decidí el inevitable viaje a Europa, pensando que alejarse de las cosas queridas era una solución. Los trabajos y las noches es el libro -según mi actual entender- que dejó esa tempestad y otra bisagra en mi destino literario. Parte de esos textos padecieron la labor del rumiante en esa breve pero intensa estadía de ocho meses. Allí se han incorporado, con cierta fluidez dictada, el poema de largo aliento, el tratamiento de la ironía, mis referencias más queridas -Serrat, Borges, el gusto por los viajes- y cierto juego con la literatura que -supongo- da la madurez.

Desde entonces, me interesa una poesía sustantiva, que dé testimonio de mi infierno y de mi paraíso en esta circunstancia latinoamericana, cuya dicción no se separe demasiado del habla y que me recuerde mi membresía a la historia del español. El corolario de tal certidumbre es que, por una parte, me siento alejado de ciertas poéticas de la década actual y, por la otra, muy cercano a algunos escritores de mi generación. Y esto no es nada extraordinario. Ciertos procesos y grandes fragmentos en la obra de Yolanda Pantin y Rafael Arráiz Lucca -por citar dos ejemplos de Venezuela- me interesan actualmente.

El libro que cierra el volumen, Palabra o indigencia, aun cuando está fechado en el año 2000, fue escrito a la luz de la experiencia vital y literaria de Fértil miseria, en 1992. Ambos títulos conforman un paréntesis particular por su lenguaje y por sus posibles logros. Sus respectivas apariciones son responsabilidad absoluta de las editoras Jacqueline Goldberg y Rosana Hernández Pasquier, quienes aún opinan -deseo ahora confiar en sus gustos- que son mis mejores libros.

Quiero aprovechar estas líneas para declarar algunas cosas. Las poéticas que hablan exclusivamente en primera persona me irritan por su probada capacidad de arriesgar poco en términos personales, sociales y literarios. Los epigonales me fastidian por previsibles. La literatura como ejercicio del narcisismo publicitario me altera por su torpeza y grosería. La poesía, asumida como expresión pública de la prodigiosa capacidad que tenga cualquier ser humano de mirarse el ombligo, como acto de revelación, la poesía como inspiración, me parece prescindible y, además, un acto de excesiva irresponsabilidad social y literaria. En estos interminables tiempos de indigencia, siento cada día con mayor intensidad que la poesía no es sólo una vía hacia el conocimiento. Es también comunicación. Y comunicación con el otro, con los otros.

El escritor no tiene final feliz. Esta frase de José Emilio Pacheco me atrevo a continuarla, agregando que el escritor está condenado a hacer buen uso de su arte en beneficio del resto de la tribu. Aunque no le lean.

Harry Almela


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