Poemas de ida y vuelta

  • Poemas de ida y vuelta. Caracas, Embajada de España/ Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID)/ Círculo de Escritores de Venezuela, 2008.

Cuando la Embajada de España en Venezuela y el Círculo de Escritores de Venezuela nos plantearon la posibilidad de compilar esta muestra, debimos superar en un principio la tentación de reducir a catálogo un conjunto de textos cuyo asunto fuesen las relaciones entre ambos países desde el punto de vista temático. Tal inventario contendría una reducida lista de títulos y autores y, de seguro, hubiese sido la senda más sencilla. Optamos, entonces, por aspirar el tránsito más largo y difícil, a saber, intentar una reflexión acerca de las formas poéticas que heredamos y continuamos desde los inicios de la Independencia hasta nuestros días, así como de las complicadas relaciones del español de ambos lados de la Mar Océano, tanto desde el punto de vista fónico como del semántico. En cualquier caso, necesario es centrar la mirada en la escogencia de los autores y de los textos, así como en la respectiva periodización, es decir, depurar la estructuración del corpus y su justificación.
Son varios los aspectos que nos interesa precisar en este trabajo. Tomando en consideración el espacio concedido para estas reflexiones, sólo haremos un dibujo de los márgenes del río, antes que sumergirnos en sus profundidades, como reza el lugar común. Para los lectores interesados en el tema, sugerimos al final de esta nota una bibliografía básica acerca de lo tratado. Deseamos reflexionar ahora en torno a las formas, tanto cultas como populares, que continuaron existiendo en nuestro país culminado el período de Independencia, luego durante el proceso de formación de nuestra nacionalidad y, en último término, antes y después del modernismo de Rubén Darío, consensuado punto de quiebre en la historia de la poesía en nuestro idioma. Esto, por una parte. Por la otra, nos interesa poner en escena aquello que en fin de cuentas es el centro de todo poema en cualquier idioma, es decir, lo relacionado con la sonoridad, por vía del ritmo y del acento. Un tercer elemento que nos toca anunciar, tiene que ver con la capacidad representativa de la lengua que trajeron los conquistadores y las contribuciones que ha hecho el español de América a la ampliación semántica del idioma.
En cuanto a lo primero, cabe señalar varios asuntos. Históricamente las relaciones entre juglaría y clerecía siempre fueron lo bastante fluidas como para garantizar, en el ámbito de la Baja Edad Media española, el precioso florilegio que conocemos con el nombre de El Libro del Buen Amor del Arcipreste Juan Ruiz, donde se resumen tanto las formas cultas y populares que la poesía española había desarrollado desde los tiempos del tetrásforo monorrítmico de la cuaderna vía y del verso épico. Como sabemos, la cuaderna vía son estrofas de cuatro versos de catorce sílabas que tiene similar rima consonante y cuya sencillez y eficacia sirvió de armadura al firme inicio de la vertiente culta de la poesía en nuestro idioma, de la mano de Gonzalo de Berceo. Como sabemos, el verso épico dio origen, según la lectura del maestro Ramón Menéndez Pidal, al romance y a gran parte de la versificación en castellano. Resulta imposible dejar de lado, en este apretado resumen de la protohistoria de la poesía en nuestro idioma, a la cantiga de origen galaico–portugués (de amor, d´escarnho y de amigo, con sus estructuras paralelísticas y su evolución hacia la composición estrófica, tan cercana a la poesía provenzal), el villancico castellano (con su estribillo y su glosa) y a las jarchas de origen mozárabe. El sustrato histórico de estas tesituras nos llevaría demasiado lejos, pero valdría la pena puntualizar la diversidad cultural que supone la presencia de idiomas tan heterogéneos en la península como el árabe, el castellano, el galaico-portugués y el hebreo, sin dejar de lado al catalán, el navarro-aragonés y el asturleonés, algunas de cuyas presencias dibujan el mapa de lo que luego va a conocerse como idioma español. A esto deben sumarse los ajustes lingüísticos que la versión civil del Siglo de Oro llevó a efecto, tanto del soneto como de la lira italiana, gracias a las habilidades de Juan de Boscán y Garcilaso de la Vega, quienes completaron el equipaje de formas y sonidos que viajaron a través de los libros a las nuevas colonias americanas en pleno inicio del Siglo de Oro y del barroco español. Y es a partir de allí, con el mestizaje lingüístico que proveyó el encuentro, que se inicia el nuevo capítulo de las expresiones poéticas en nuestro continente, una amplia elipsis que se inicia en esos años, continúa hasta comienzos del siglo XX con la poderosa presencia de Rubén Darío y se prolonga hasta nuestros días en la proyección universal de la poesía escrita de este lado de la Mar Océano.
En una segunda instancia, vale la pena algunas acotaciones acerca de la sonoridad del idioma, comenzando por recordar que la poesía, antes de ser escritura, es un acto de habla. En verdad, la poesía no es un arte de la escritura sino más bien un arte para el oído. Ya lo afirmaba el señor Juan de Mairena: Con la palabra se hace música, pintura y mil cosas más; pero, sobre todo, se habla. He aquí una verdad de Perogrullo que comenzábamos a olvidar. Lo importante, al momento de hacer el poema y más allá de las posibilidades metafóricas del lenguaje –que se sustentan en el nivel semántico–, es intentar mantener el ritmo y el acento lo más cerca posible del habla, tratando de ser fiel al origen mismo de la poesía, que tanto en la tradición griega, latina, judía y árabe –consustanciadas con la historia del idioma español– estuvo siempre relacionada con la oralidad y el canto. En este sentido, lo que marca el ritmo interno –sean versos rimados, blancos o libres– es el acento prosódico. Como lo indica Antonio Quilis, la versificación en nuestra lengua se basa en el ritmo intensivo o acentual y, aunque se diferencia de la musicalidad griega y latina (basada en la secuencia de sílabas largas y breves), no sería arriesgado continuar –como lo han hecho mejores conocedores de la materia– con la nomenclatura clásica de las acentuaciones prosódicas: trocaico (óo), dáctilo (óoo), yámbico (oó), anapéstico (ooó) y anfibráquico (oóo)
En cuanto al aspecto semántico, cabe recordar que la historia de la literatura latinoamericana es la búsqueda de respuestas a una cíclica pregunta: ¿cómo nombramos nuestra realidad con una lengua de origen europeo?
En el año 1937, el poeta venezolano Fernando Paz Castillo enunciaba esa pregunta en un poema poco conocido, tomado del libro Signos(*):

Hostilidad

Cuando Machado dice – ¡olivo!
siento que hay savia en sus palabras.

Un silencio íntimo
de fiesta infantil
de tarde de catecismo
llena el aire
cuando Machado estrena la vejez de la palabra olivo.

Cuando Jiménez dice – ¡chopo!
toda la primavera está en sus versos
y hay un amanecer de bodas campesinas
olorosas a hierba fresca
cuando Jiménez dice la palabra chopo.

Pero cuando yo nombro estos árboles
siento que se me apagan las palabras.

La voz se me vuelve hostil
y no encuentro el camino del cielo
que me enseñaron –en las tardes mías–
los urapes blancos
y los ceibos.

¡Poetas! Prestadme vuestras palabras jóvenes
para ver el paisaje de estos campos.

Paz Castillo sospecha que los vocablos olivo y chopo son viejos y que nombrar el paisaje joven de nuestras tierras, supone también vocablos jóvenes. Paz Castillo confiesa cierto temor o vergüenza en utilizar palabras no prestigiadas por el uso literario, como urape y ceibo. Y he allí una de las apreciaciones inmediatas que se desprenden de estas reflexiones. La naturaleza de nuestro continente no es fácilmente reducible a los ya milenarios vocablos de la lengua de Castilla, problema que ya está presente en la literatura desde las cartas de Colón, pasando por los cronistas religiosos, civiles y científicos que marcharon sobre nuestras extensas llanuras desde el siglo XV hasta bien entrado el siglo XIX. Que al final fuese el español la lengua preponderante en nuestro continente, debió haber pasado por dolorosas mutaciones para dar testimonio de una realidad absolutamente distinta a ese rostro seco de Castilla del que nos habla Neruda. Cabría recordar ahora, para poner el ejemplo que reclama la retórica, aquella célebre carta de Colón que atestigua su creencia de estar en el propio Paraíso Terrenal cuando en realidad circunnavega la Boca de Drago, cuando bautiza a Venezuela con el título de Tierra de Gracia. O aquel capítulo en el que Vespucio, al admirar los palafitos en lo que luego conoceríamos como el Lago de Maracaibo, recuerda a Venecia y de allí deriva el nombre de Pequeña Venecia, o Venezuela con el que se nos conoce. En ambos casos, la distancia entre los significantes y los significados es demasiado grande y evidente.
En ese largo proceso de la búsqueda de independencia, originalidad y representatividad de la que habla Ángel Rama, la historia semántica del español de América es la historia de una elipsis cuyas puntas son la culpa y el exilio. Por una parte, la culpa de nombrar al Nuevo Mundo con un idioma impuesto que terminó siendo mestizo. Por la otra, sabernos exiliados de una lengua europea que en el transcurso de los últimos cinco siglos busca y logra un lugar en el mundo cultural de Occidente en nombres como los de Andrés Bello, Rubén Darío, Andrés Eloy Blanco y Mariano Picón Salas, para citar algunos de los muchos que valdría la pena nombrar, aparte de los poetas presentes en esta breve y ambiciosa antología.
Inevitable a la hora de cualquier escrutinio, el nombre de Andrés Bello inicia la muestra con el fragmento del poema América, titulada Alocución a la poesía, que Pedro Henríquez Ureña no dudó en presentarla como el acta de independencia literaria de América. Continúa Sergio Medina, poeta aragüeño que extiende la tradición costumbrista de Venezuela, fiel a su terruño e incapaz de marcar distancias literarias con el paisaje que nombra. Le sigue Fernando Paz Castillo, el autor del poema que hemos citado anteriormente, quien da testimonio de su pasión por el arte y la literatura española. Andrés Eloy Blanco siempre demuestra su dominio de las sonoridades del idioma, manejándolo con solvencia en el bien titulado poema Pesadilla con tambor, donde los apellidos de ciertos personajes de la época gomecista sirve para conversar acerca de la experiencia del presidio, mientras que en Las uvas del tiempo, reseña en sobrios versos blancos una noche de Año Viejo en Madrid. Una glosa, La loca Luz Caraballo da continuidad a su presencia. De Alberto Arvelo Torrealba hemos seleccionado fragmentos de uno de los poemas más conocidos en Venezuela, Florentino y el Diablo; donde las formas populares y el habla culta se acoplan de manera inteligente. Del maestro Miguel Ramón Utrera hemos seleccionado algunos de sus numerosos y sobrios poemas que recuerdan la sonoridad del Siglo de Oro y la vertiente popular de la poesía española.
Del poeta Vicente Gerbasi, incluimos algunos textos de su libro Liras (1943), que nos muestra esa hermosa confluencia de recursos clásicos y voces nativas. En Ana Enriqueta Terán se puede notar la presencia de sus muy queridos Góngora y Quevedo, en unos sonetos de sólida sonoridad. Igual cosa, pero en un registro más cercano al modernismo de Rubén Darío, los textos de Luis Pastori son una excelente muestra de la amplia presencia del soneto en nuestro país. Le sigue Darío Lancini, extraño planeta solitario de nuestra poesía, que nos revela su maestría en el manejo de los palíndromos, textos que pueden leerse igual de izquierda a derecha y viceversa. Con Ramón Palomares nos acercamos al habla cotidiana de la zona de Trujillo, estado andino de nuestra geografía, convertida por la alquimia de su voz en una presencia ineludible en una antología como ésta.
Tomás Linden y Sergio Sandoval ¬¬¬¬¬–heterónimos del poeta venezolano Eugenio Montejo (1938) – están presentes acá pues nos dan razón de un escritor plenamente consciente de sus recursos expresivos en el soneto y la copla, respectivamente, y que ha preferido otorgar esas responsabilidades a sus heterónimos, máscara literaria que denota las detenidas lecturas que ha hecho de la prosa de Antonio Machado. Con Armando Rojas Guardia asistimos a la puesta en escena de una voz que nos habla con una dicción que ha sabido abrevar de la poesía mística del Siglo de Oro español para hablarnos de una heterodoxa religiosidad que se asume en los bordes y celebra su pertenencia a la carnalidad terrestre. Cierra la selección la poeta Sonia Chocrón, quien en sus versos nos pone en contacto con una vertiente antigua de

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