La búsqueda de la elocuencia silenciosa.

 

Entrevista con Luis Alberto Crespo

cuando amar es comenzar desnudo

Si tuviera que regresar, como ahora, a mirar dentro de mí la obra de Harry Almela (libre de toda verificación y sin el cuido de eludir los riesgos de mancillar, con la frase inexacta y la imagen mútila, el goce primigenio de lo leído), no dudaría en cometer el mismo distanciamiento que me trabaja a menudo cuantas veces he de hacer recuento de algún goce o alguna sabrosura en mi asidua frecuentación a esta poesía y a lo poético que de ella esplende y regala desde aquello, como vivo licor rojo, o desde lo otro, como amargo ajenjo, en su laconismo y su callar abrupto, con los que establece el vínculo estético del cuerpo y el lenguaje (el uno resuelto en el otro, en cumplido e ininterrumpido tratamiento sensual y sensorial).

Es bueno que otrora yo haya insistido en narrar y decir la anécdota de mi encuentro -y de la amistad que nos avecina- con el poeta venido de los valles del centro, cuando atardecía en una casa de Altamira a la orilla de un jardín apenas verdadero y nos juzgaba la mirada grave del creador de Doña Bárbara en las fotografías de los muros, único tertuliante silencioso en el bullicioso convivio de la poesía a la cual nos convocaba un memorable taller de lectura (y no tanto de escritura), a donde asistieran neófitos (en el sentido chamánico, iniciático, del menester) aún sin nombradía literaria y por tanto libres de toda mortificación. Tal insistencia me libera de detenerme en reiniciar aquí el ritual evocador conque suelo comenzar cualquier mención del quehacer de quienes, como Almela, se sentaban a la mesa de trabajo a tratar de explicar la intransferible emoción de la lectura del poema (el propio, el ajeno).

Me place, por otra parte, saberlo lejano en el camino (bien que entre él y yo haya habido, durante un buen trecho del viaje común por la palabra, la elección de la brevedad en la forma poemática y cierta ingrimitud entre el prójimo y las cosas), porque hoy lo avizoro más íntimo, más al alcance de ¿la valoración? No, de la validación que despierta en mí su -ya lo dije alguna vez- ejercicio formal del tallador del poema (del lenguaje y la motivación), como si de materia áspera o coriácea se tratara y fuera menester desistir del signo sobre la página por demanda del cincel sobre lo duro y sañudo informe.

Es de esta suerte que entono la obra inconclusa –iba a decir cumplida- de Almela, desde el inicio de su esfuerzo por hallarse en el , en la segunda persona que somos a menudo sin encontrarnos, hasta hace un instante (hasta Los trabajos y las noches, por ejemplo, su libro más efusivo, de poesía epigramática y escrita con y desde el otro, dirigida a los desencantados), entre la precariedad a mitad de la abundancia, acaso porque le gana la determinación -¿la fatalidad?- de hallar en el rumor una industria soterrada de lo efusivo, que en su alma es ardimiento indesmayable, más si lo aviva la amada y sobremanera cuando ella no es o pierde su persistencia -o figuración- en lo amado y por amar, en cuya ascesis de elaboración técnica y de ingenio intuitivo la poesía tendría la resonancia de Cantigas, Muro en lo blanco, o Frágil en el alba libros centrales de los dones de Almela en la difícil -peligrosa- apuesta de escribir encandilado por lo que mira su memoria: el cuerpo, el , que es uno en el juntamiento y es ninguno en el alejamiento, ambos única y solamente persona en la palabra dada a rescatar minucias, si no fragmentos (pues la palabra imita nuestra orfandad física de amante saciado e insaciable) de todo lo que conforma la suntuosidad y la desnudez de lo real, cuyo decir libera el esplendor y a su tenebra o a cuanto nos asedia y nos ocupa en el devenir terrenal y abismal.

¿No escuchamos en esta poesía una asidua, tenaz, carencia de la plenitud como absoluto, como renovada saciedad, menos en la mujer que en el ansia que despierta, porque ella o ello es experiencia de pureza mancillada? Porque si sucede ciertamente la ambigüedad, la mudanza de lo masculino en lo femenino como (des)posesión amorosa y leemos en la alabanza salomónica y en el trovar naciente de Galicia el clamor que despierta el ello deseable y deseado, la misma alteridad sensual copia en el poema el vivir mismo. El vivir, sí, pero el de nuestra pureza perdida o inocencia, el que nos señala y acusa por atrevernos a salir desnudos con la palabra en la escritura que junta, fragmentariamente, el siempre y el nunca del amor del cuerpo (como Cavafy, como Rilke: entre el estar y la ausencia ansiosos).

Amo una confidencia que me visita de continuo cuando viene a mi memoria la poesía que me une a Almela y despierta mi afecto y mi admiración. En otra vida, al fondo de un pasillo, donde cumplía achaques de periodista, le inquirí acerca del cuerpo amado que el poeta de Muro en lo blanco sólo toca en la escritura. Todavía escucho la respuesta: Sí, hay una presencia real de mujer que se va transfigurando en la imagen que tú construyes. Pero hoy, al retomar ese diálogo, entiendo que la mujer en Almela no es ella solamente. Es lo indistinto femenino en que se confunde, como cuerpo del bello animal que es, gozado y siempre por gozar, el alma, la alma, si no la aljamía. O es la vida que Rilke (leído y practicado por Almela) llamaba la del puro oír, la del puro asombro, pero que en esta obra es escucha del enemigo rumor y perplejidad ante la caída del encantamiento.

Yo me pregunto si aquí la celebración vive asediada por la salmodia o por el desencanto, un sentimiento que mejor le ajusta, o si la desconfianza que siente Almela por el goce sensorial y su festejo (el amor, la infancia) no es atribuible a la palabra, a la escritura del poema entendido como obstáculo. No sabría responderme. Mejor retomo, una vez más, aquel diálogo de años atrás para escuchar la respuesta de boca del entrevistado: La infancia y el amor, para mí, no son celebratorios. Son momentos iniciáticos. Y lo iniciático exige silencio, exige presencia de lo sustantivo en detrimento de lo adjetivo.

A lo mejor tal desconfianza a lo permanente (en el motivo, en la forma) hace que en su nuevo estilo, su poesía haya elegido el decir enfático, declarativo y demostrativo y que esta vez la pessoa, la máscara del otro, deje de expresar transfiguración o suscitar la elusión por preferir el tono y el contenido epigramático, el antipoema, cuyos recursos se prestan a la confidencia del desengaño. Sin embargo, para llegar a esta revisión de la poesía y su desenmascaramiento, Almela hubo de emprender la búsqueda de la elocuencia silenciosa, ser el de su yo y el de la amada y lo amado, ambos alcanzados -una lectura retrospectiva de su poesía y de su pensamiento poético así lo comprueban- en la conciencia y en el oficio de su obra, una voz que es una y varias y de quien está consciente del alto riesgo que hoy persigue la poesía del desarraigo: el de asumir su propia desemejanza y ser diálogo en la ausencia.

 



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