Cantigas, emergencias. Alfredo Chacón

En originales y copias enviadas a concursos, todavía más que en libros, he palpado una tendencia, de firmeza creciente entre los más jóvenes poetas venezolanos, que me atrevo a proponer como el signo dominante de su escritura durante la segunda mitad de la década que acaba de pasar. Me refiero a la convergencia, en una sola modalidad del poetizar, de dos opciones cuya conjunción no se había dado tan marcadamente en la poesía venezolana. Ellas son, el descentramiento de la voz del poema con respecto al pathos que acompaña al confiado compromiso de la subjetividad con “lo trascendental”; y la predisposición del impulso subjetivo a conectarse con ámbitos imaginarios que hasta ahora nos resultaban lejanos y ajenos, como son las mitologías y los arquetipos literarios antiguos de las civilizaciones occidentales, orientales, precolombinas. En efecto, quizás sustentado por las enseñanzas de Pessoa y Cavafi, pero en todo caso ya netamente afianzado por encima de cualquier vacilación acerca de su fecundidad, el hecho es que un nuevo aliento espiritual ha tomado cuerpo entre nosotros y su energía parece estar llamada a favorecer nuestra reconciliación subjetiva de identidad y diversidad.

Proyectado editorialmente en una de sus vertientes más características, con el libro Fatal (1989) de Alicia Torres, este espíritu plurivalente y enriquecedor tanto de la subjetividad hablante como de las figuraciones temáticas del poema, es el que, en otro sentido, hace suyo Cantigas, el poemario de Harry Almela (1953) ofrecido por Fundarte a comienzos de este año. Formado en realidad por dos conjuntos de poemas que permanecieron separados hasta la oportunidad de la presente edición, el nuevo libro de Almela exhibe, también de dos modos diferentes, su adscripción al politeísmo instaurado en buena parte de la nueva poesía venezolana.

En su primera sección (“Ventanas de emergencia”) es la permeabilidad hacia lugares lejanos y extraordinarios lo predominante: Alejandría, el Nilo, los trópicos más distantes y Nairobi, aunque también se invocan lugares con nombres de otras épocas como Britannia, Hispania, las Galias, Palestina o Ilión, que valen como querencias arquetípicas y espejos mitologizados donde el poeta busca reconocerse  en las facciones de Honorio, del joven Héctor o del innominado autor de un manuscrito hallado en el puerto de Nápoles. Todo esto, como periplo que no transcurre en los consabidos espacios y tiempos fabulosos del mundo sino en el alma dicente que se busca a sí misma, deseosa de ser su propio espejo y queriendo retener al mundo renovadamente, convocándonos al presente renacido por obra de su propia fuerza imaginante.

En la segunda parte (“Cantigas”) el alma o hálito de la voz que habla para el poema, prescinde de toda traslación que no comience y concluya en sí mismo. No se aventura en el espacio ni se arriesga en el tiempo de los acontecimientos labrados por el sueño. El impulso de la voz se da su propia imagen y como tal queda expuesta a la transfiguración, cambia de índole, altera el sentido de su persistencia. Convertido en alma femenina, arquetipalmente trasvestido, logra que todas las efusiones y ceremonias de la adoración en la que se juega su destino poético (y que antes se sostenían como sacrificio ante la llama enamorada) ahora contribuyan a la gloria del goce, a la entereza de su propia exaltación:

Esta luz es la mentira.

¿A quién abrasa el sol si

hay la distancia?

No hay árbol para esta golondrina,

ni banquete en la fiesta.

Voy a cerrar los ojos para

que no desaparezcas.

Ambas instancias, finalmente, construyen a este libro como un curso de expresión robusto y con predilección por la nitidez que se precipita en su propio cauce con libertad de movimiento, con lujo de presencias amorosas en el espacio abierto entre sus puntos cardinales.

1990

Tomado de: Alfredo Chacón. Se solicita pensamiento para esta realidad. Vol. I. Lecturas de poesía. Caracas, Oscar Todmann Editores, 2005: pp. 68-69.

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