sobre contrapastoral / rafael cadenas

contrapastoral / harry almela

contrapastoral / harry almela /caracas, bid&co, 2014

En el prólogo a la antología Mapa del desalojo de Armando Rojas Guardia, el poeta Adalber Salas Hernández dice que lo impresionó grandemente su risa. Así trata de comunicarnos su impronta: Retumbaba como salida de los sótanos del mundo. Tenía existencia propia, podía hacer sonar las calles de Caracas. La de Harry Almela también merece una mención. Es ilimitada, seguramente perturba a personas tímidas, da la impresión de que quiere seguir. Este parece asunto menor, pero no lo es. Nuestro cuerpo nos refleja y la risa es una de sus manifestaciones. Expresa libertad.
En El nombre de la rosa, el escenario es una horrenda abadía donde precisamente la risa está prohibida por ser antídoto del temor sin el cual no existe lo que aquellos monjes perversos llaman religión. ¿Han visto ustedes algún retrato de Cristo donde apareciera riéndose? No lo hay, se ve que su imagen fue creada por gente sombría. Dirigiéndose a Dios, un poeta polaco, Tadeusz Rózewicz, le dice: tal vez tú huiste/ al no poder resistir/ mi risa-tú no te ríes. Tal vez el maestro Jesús se distrajo y no dijo: Bienaventurados los que ríen.
La presentación de Contrapastoral es una oportunidad que agradezco: me ha permitido redescubrir la poesía de Harry. Como suelo hacerlo cuando debo decir unas palabras sobre un poeta, he andado con su poesía por donde iban los pasos que me llevaban. Así he seguido su itinerario, degustándolo. Leí los libros que tengo y aun los que no tenía, gracias a la magia de que disponemos y me atrevo a decir que en todos, con sus variaciones de forma, hay maestría. Su generación y la actual saben hacer poemas, algo que todavía trato de aprender desde la acera del frente.
En la obra de Harry hay muchos dignos de la debida atención. Puedo mencionar, sabiendo que seré injusto con otros, por ejemplo, Manuscrito hallado en el puesto de Nápoles, del libro Ventana de emergencia; Ciego en Granada, Declaración de amor a María Kodama y De la brevedad de la vida del libro Los trabajos y las noches; Morfología de la bestia, La manada, de Silva a las desventuras de la zona sórdida, y podría continuar señalando otros poemas de los libros Frágil en el alba, Palabra o indigencia, Muro en lo blanco y El terco amor, pero me apresuro para llegar a Contrapastoral, cuyo antecedente inmediato es la patria forajida, así en minúsculas, pues no puede su título escribirse de otra manera.
Estos libros tienen no solo una vecindad temporal, sino también de forma: están escritos en versos cortos, sin puntuación ni mayúscula, pero Contrapastoral presenta una singularidad única en la poesía venezolana: una voz no humana que viene de afuera se dirige al hombre que escribe. No es éste quien emplea el que es él mismo, a modo de recurso para evadir el uso del yo, sino el entorno natural. El paisaje es quien habla, y su voz va descubriendo, hasta donde eso es posible, la interioridad del poeta. Así se la muestra. En realidad, es una revelación de sí, un desnudarse paso a paso, un verse, diligencia de pocos, si bien esencial por lo que tiene de terapéutica. Tránsito oscuro del alma, la llama el propio poeta.También puede decirse que es un ahondamiento presidido por Pan.
Rafael Arráiz Lucca, en su libro El coro de las voces solitarias, después de referirse al ya largo trayecto de Harry como poeta, afirma que su obra es una de las que viene haciéndose desde los años ochenta con mayor resonancia interior.
Contrapastoral reafirma estas palabras.

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