El lugar perdido. Leonardo Padrón

Uno se pregunta cuantas veces al día la poesía y el país que somos se encuentran en la misma esquina. Uno se pregunta si acaso ambos padecen de la misma neblina. O incluso, si el desdén y la desmemoria son su única forma de saludo. Uno se pregunta, también, por pura impertinencia, cuánta poesía verdadera ocurre en esta comarca de desatinos y asombros turbios. Debo anticipar que me aburre el papel barato de los panfletos. Huyo de las retóricas incendiarias y de todo aquel texto que postule el pus de las ideologías en sus esquinas. La historia de la literatura ha ido dejando atrás esos manuscritos dictados por la febrilidad militante y la emergencia. La poesía no acepta proselitismo ni alcabalas. No hay bandos en ella. Solo humanos diciendo el hueso de la vida en voz baja y honesta. Es la sintaxis de las certidumbres y los desconciertos. El verbo de nuestra gran desnudez. Pero hay textos que asumen la grieta de las encrucijadas. Textos nacidos bajo la desazón. Textos que se retan a sí mismos en su posibilidad de decir sin traicionarse en el gesto. Hoy intento detenerme en uno de ellos.

Hace no mucho, Harry Almela publicó un poemario titulado La patria forajida donde apuntaba que siempre seremos/ los desterrados/ a pesar/ de nosotros. Un texto, elegante en su ira, que sacudía sus vocales para nombrar el desconcierto y la refriega que hoy somos como patria. Un texto que no debió haber pasado por debajo de la mesa, pero ya sabemos de la escasez de cenitales que se asoman al discurso de los poetas. Hoy, meses después, sale a la luz un nuevo título de Almela: Instrucciones para armar el meccano. Un libro que se presenta como una desembocadura en el catálogo de los títulos del autor. Y digo desembocadura, quizás desde mi precariedad de lector, pero también desde los hilos innegables que cruzan sus páginas. Está aquí Harry Almela con su clásica ironía y su inveterado descreimiento, retornando a su bufido sobre las ruinas que hoy nos definen como geografía moral: Es este el purgatorio/ el inmenso jardín de bonsáis/ que ha sido/ fue y será la patria. Pero apuesta, esta vez, a un andamiaje más complejo y polifónico.

Este es un libro duro, áspero, escrito desde la hiel del desencanto, desde el candor asesinado. Un libro que, como debe ser, tiene más preguntas que respuestas. Inquiere al mismo tiempo por el rumbo extraviado de nuestros poetas y por nuestra respiración como mapa. Almela simula el pasado y otros confines para contarnos la acre historia del presente. Como todo manual de instrucciones que se precie, hay una exigencia al interpelado. Construir el meccano implica descifrar los subtextos, conciliar con su corrosivo humor, domeñar su equipaje de eruditas referencias, calzar pieza y tuerca, conectar las partes, en definitiva, leer y jugar al mismo tiempo mientras va tomando forma el discurso esencial del libro. Harry Almela deambula por su propia poética y por la de viejos maestros y cantautores de la vida. Se interviene a sí mismo con los resabios de Bukoswki o los ritornellos de Serrat, con los recursos del monólogo o los efluvios de un vals. Saluda, incluso, desde su alarde estructural, a otro libro suyo: Los trabajos y las noches. Todo esto para, de alguna manera, resumir el espíritu del libro en una línea: Este es el canto de los que vienen de regreso. Hay una nostalgia feroz por la infancia, una necesidad de nombrar su patio en el gallo de otros cielos, una reflexión inclemente sobre la escritura, una apuesta por el viaje para encontrar su voz o su sino, un deseo inaplazable de no dejarse vencer por el olvido y el desconsuelo. Es la dolorosa exploración sobre lo que ya no seremos. El manuscrito del desencanto.

En su momento, Lech Walesa dijo que Polonia era como un tablero en el que unos juegan ajedrez y otros a las damas. Nadie puede ganar, pero sí todos decir que han ganado. ¿Será esto lo que nos está pasando? Sabemos lo que opina un taxista o un contador sobre nuestra estridente cotidianidad. Sabemos el tejido de analogías que hacen analistas del pasado y acróbatas de la historia. ¿Sabemos, acaso, lo que opina un poeta? ¿Habrá la poesía de Harry Almela encontrado una manera de hablar con su patria desde el inteligente ajedrez de sus versos? ¿Cuánto podemos avistar desde una hoja enfática? Habrá que asomarse, revisar sus páginas. Somos encrucijada y neblina, pero también somos el poema y el envés.

Armemos el meccano. El ser humano es un animal que juega, incluso, desde la herida. ¿Acaso la poesía no es, en el fondo, un juego brutalmente peligroso y sagrado?

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s