Alberto Hernández. Instrucciones para armar el meccano

meccano2.jpg

I
Los honrados años de la infancia se reconstruyen bajo la bóveda de los cielos nocturnos. Se presume un lago, el asombro de un niño, el relato inocente en la superficie, la mirada acerca de los héroes fijados en una pared del cine en los años lejanos. Una corriente lenta hacia la oscuridad semeja un río mientras el medio siglo se consume en las marcas de la piel.
Un hombre, un poeta, confirmación de la patria encarnada en una muchacha adolescente, como motivo para desafiar páginas de un libro anterior y entrar definitivamente en estas Instrucciones para armar el meccano (Fundación para la Cultura Urbana, Caracas, 2006), en las que Harry Almela retorna airoso, niño y adulto, profanador de licencias, entre fábulas y meriendas, encaramados en un brocal.
El niño que escribe este libro es el mismo de los cincuenta años, el que no se cansa, el de la cicatriz en la frente… ante el espejo, a pesar de su capricho de ocultarse”.

II
La patria se gana o se pierde. En estos desganados años de contienda, en los que la poesía adquiere la fuerza del silencio o de la bulla callejera, el poeta Almela ha estimado regresar del exilio, del actual, éste en el que abunda la destreza de la memoria. Se podría afirmar, con todo el temor al yerro, que Harry Almela no ha dejado de estar en esa estación etaria, en el límite, entre la ventana abierta y el viejo arte de inventar retornos.
Hace poco, a propósito de su anterior libro, este cronista escribió: La patria también es un sueño al amanecer. El destello de una muchacha que camina sin ropa interior”. En este de hoy, el autor no extravía ese destello, el de la patria en la niñez, en la lejanía de algunos años, de ese medio siglo que avanza hacia la madurez y escancia el brindis de una poesía cada día más robusta.
Instrucciones para armar el meccano es la justificación de un viaje, el de esa épica vital y literaria producida por el desarraigo, el despertar de nuevos mundos, la ruptura y revisión de un país ahora enfrascado en eternizar sombras y precipicios. En Dedicatoria para decir adiós se resume el ardor de la pérdida, la puesta en marcha de unos verbos en pasado: Es preciso escuchar eso/ que me llama/ cada noche desde el remoto día/ del dolor.// Y te pido perdón maestro,/ perdón por no seguir tus pasos. Esta primera incineración, este relámpago remoto, indica el rompimiento, la muerte de una infancia, porque el verano también pasa./ Y los caballos. Existe la punción, la rasgadura. El poema es también esa patria descompuesta, asomada con nombre y apellido. El poeta hombre y niño sabe hablar de horas convertidas en muros.
III
Sí, la lectura nos conduce a tiempos movedizos. La nostalgia nos acomoda en un lugar de esta casa que es el mapa. Nos arredra, nos empuja hacia un lugar del origen, hacia los espantos de calles oscuras, orillas donde Todo es recuerdo y principio,/ cartílago dudoso, fragua sin uso, y a sólo una pausa, Ahora hay licor y picadura,/ manchas en la piel a los cincuenta años. El niño que sigue siendo enfrenta al adulto que escapa hacia el lado remoto de la memoria.
Ya todo está perdido./ Vendrá el duro viento sobre la escuela.// Me iré del pueblo./ Vagaré por amplios y recientes caminos.// Miraré las estrellas.// Intentaré descifrar/ las huellas inútiles/ de gaviotas en la arena.// Amaré. Seguro que amaré// Sabré de tibiezas/ entre sábanas en un amanecer.// Probaré el licor y el cigarrillo./ Buscaré en los libros/ el sosiego que nunca habré de conocer.// Llegaré al próximo siglo/ ya cansado de la vida.// Para desaparecer hastiado en la penumbra.
La infancia, ese umbral del mundo, tiene sus paisajes, sus relámpagos, algunos apagados. El poema experimenta los legados de aquella otredad. Frente a Moisés, el bíblico, Almela convierte a Mariara en el centro del Universo. Acerca, con una mano en la oscuridad, el rostro de Charlon Heston: Porque fuiste el único profeta en ver cara a cara/ el áspero rostro de Dios. Y más próximo a la breve existencia del asombro, la poesía se instala en la permanencia de la casa, la otra casa, la patria más chica. Los viajes, los asuntos del tiempo trastocado. La Tierra siempre gira alrededor de un poema. Quien diga la contrario desconoce las mareas, de allí que Harry Almela, dueño de una voz que nos hinca y anima a la vez, también es propietario de una particular manera de borrarnos, amputarnos y completarnos con su sintaxis. Cada poema de este libro es un lector o todos los lectores.
IV
Y si el mundo es un verso en cada dolor, en cada instante de Harry Almela, muy cierto es que el escribir lo hace precipicio, abismo de su respiración. ¿Cómo armar el meccano? ¿qué instrucciones exactas para no entender que la biografía de una comarca atiende a un lago, a un almendrón, al mismo patio del poeta Utrera, a una madre que en la cocina traza el milagro de un pedazo de pan. Y de todo eso, de esas cabales instrucciones, la escritura constante, teorética de la carne y el espíritu. Entonces me dijeron:/ vete por allí, a decir lo que debes,/ a cantar lo que no has vivido/ y deseas con ardor. Así se hizo este poemario, con la vida vivida y la por vivir, con la sombra de un árbol mientras la patria heroica se sumerge en la rabia y los sueños, en la melancolía, en la revelación de los oficios, en la tardanza del silencio.
¿Cuántos viajes hacen falta en un libro para que el poema ocupe todo el dolor por la tierra prometida y luego olvidada en la carrera precipitada de un tren? Un niño viaja. Regresa adulto, tocado por la bruma de un cuerpo impune, despojado, anudado a la culpa.
Comienzo y fin, entrada y salida. En medio de estos extremos, la niñez, la madurez, el brillo de un día, la podredumbre del universo y sus bellezas. Un poema hace este libro, un solo poema lo consagra. Es todo un alfabeto, una confusión: ¿Y qué haremos ahora,/ al final del camino?.
Me toca celebrar por este hermoso trabajo de mi amigo Harry Almela. Me toca hacer un alto y desenfrenar tantos asuntos, como estos que amargan y ahogan: Hoy te veo sentado en la puerta de Galina,/ quejándote en voz baja:/ ¿A dónde se llevaron el país, poeta?/ ¿Cuál fue la luz que desobedecimos?/ ¿En cuál vuelta de juego nos extraviamos?. A modo de respuesta: la infancia siempre retorna, duele en su inocencia, como aquella patria que una vez se encontró con Pérez Bonalde.
El espíritu de nuestros más antiguos padres sabrá armar el meccano y hacerse en el silencio necesario.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s