Ángel Gustavo Cabrera. Harry Almela entre la nostalgia y el horizonte

Tutear el lenguaje significa ser irreverente.

Oscar Hann

A la una de la tarde, cuando el sol quema con su fuerte iluminación, es un hecho casual encontrarse con un poeta en una avenida y detenerlo para decirle que en medio de la madrugada de ese mismo día tuve que levantarme para retomar su libro Instrucciones para armar el meccano, y detenerme en uno de los cuarenta y cinco poemas que conforman el poemario. Al azar encontré este escrito poético que se empalmó con el sueño perdido y la vigilia:

Ya todo está perdido/ Vendrá el duro viento sobre la escuela/ Me iré del pueblo/ Vagaré por amplios y recientes caminos/ Miraré las estrellas/ Intentaré descifrar/ las huellas inútiles/ de gaviotas en la arena/ Amaré. Seguro que amaré/ Sabré de tibiezas/ entre sábanas en un amanecer/ Probaré el licor y el cigarrillo/ Buscaré en los libros/ el sosiego que nunca habré de conocer/ Llegaré al próximo siglo/ ya cansado de la vida/ para desaparecer hastiado en la penumbra.

Este es un recorrido por una larga existencia que termina como comenzó, con la certeza de haber vivido y de alguna manera los sueños son los grandes recuerdos que nos perturban de vez en cuando. Pero esa avenida no estaba sola, de lado los buhoneros de siempre vendiendo sus baratijas a los transeúntes y los bebedores de cerveza allí cerca. Del otro, los vehículos con su privacidad encerrada entre vidrios y lata ahogando el aire que respiramos, Era como volver a sus escritos cuando dice en el poema Palabreo del Vikingo:

Ustedes, poetas, que caminan/ contra el viento de la calle/ queriendo comprender la metafísica/ Ustedes, poetas, que hablan de reinos perdidos/ y en la noche sonámbula, despiertan/ Sudando y aterrados./ Yo los miro desde este escalón vespertino/ en donde sólo espero unas monedas/ mientras imagino un trozo de pan tierno,/ una sopa caliente y un cigarrillo/ para volver a verlos cantando a la hermosura./ No se trata sólo de cantar, poetas./ Contar también es necesario mientras dure la noche,/ antes de que nos venzan para siempre./ Lo demás es baratura.

Como decir, todos hacemos falta bajo los predios del Señor.

No soy amigo del poeta Harry, si es que esa subjetividad existe. Es un personaje difícil y a veces lo siento inaccesible y solitario. Sin embargo, lo conozco desde siempre, desde aquellas experiencias culturales en el pueblo de Mariara, de su tránsito por la revista AHORA y la entrevista memorable al artesano de Aguas Calientes Daniel Herrera, de sus crónicas sabatinas en las páginas de Contenido, Los trabajos y las noches, y en el papel literario de El Nacional, El papelero sobre la mesa. Harry Almela es un escritor de ensayos, cuentos y un poeta de reconocida trayectoria, además de ser un lector consumado, incidiendo en los afectos que se tiene por lenguajes y momentos compartidos. El poeta encuentra su eco en el poema que escribe y éste a su vez se proyecta en el acervo citadino de los mortales:

Qué linda se ha puesto la avenida Bolívar/ de esta ciudad que me destroza./ Al cruzar el santuario de la Madre María,/ una puta sale desde la boca de la noche./ Su rostro se dibuja sobre el fondo/ de una luz amarillenta/ Me corta las salidas

Hay un lenguaje irreverente, contrastante, buscando romper entre lo puro y lo impuro mito y realidad, buena y mala vida. Culminando el poema de esta manera:

Y bendigo en voz baja/ la arrogante elegancia/ de esta tierra que se pudre.

Debo aclarar que no soy crítico literario ni nada que se le parezca. Este breve texto lo escribo a partir de la resonancia que me han causado varios de sus poemas, la musicalidad interior que poseen y las pautas que se desprenden de una vida que alcanza el medio siglo en su trajinar de preguntas sin respuestas, de existencia convencida de que no hay regreso ni más allá. El asunto es como dicen los de la escuela psicológica gestáltica “aquí y ahora”:

Todo es recuerdo y principio/ cartílago dudoso fragua sin uso./Ahora hay licor y picadura,/ mancha en la piel a los cincuenta años./ Y cuando llegue el diluvio/ escribiré con nuevas palabras/ la misma historia.

Especie de totalidad consumada y libre.

Antes de cerrar este espacio que se me hace corto, dos poemas de encuentros y desencuentros. Versos que faltan en una canción de Serrat, donde el poeta recoge un estilo religioso cristiano para jugar con un conjunto de letanías de la existencia misma. Es un credo que se inicia con un sentido hermoso del acto de enamorarse: Bienaventurados los que se, enamoran, porque aún creen que existe una forma de salvación.

Sarcásticamente, juega con los héroes:

Bienaventurados los mártires,/ que se entregan a la muerte/ pensando que los recordaremos.

Y culmina con un acto de reconocimiento pleno:

Bienaventurados mis amigos que me soportan a pesar de mí

El otro poema es el que sirve de entrada para despedirse de un amigo, Dedicatoria para decir adiós. Es un texto limpio y bien labrado que pertenece a estos tiempos donde las máscaras ya no existen y hay expresión de un dolor, una queja del poeta por lo que fue y ya no es, por lo amado y defendido que se quedó en el pasado. Es un poema lleno de imágenes sugerentes dedicado al poeta Luis Alberto Crespo que dice:

Tanto luchar contra el relámpago,/ con versos que no hablaban de mi,/ Es contigo este asunto./ Hablo de tiempos remotos, más adelante recuerda Gracias a ti, supe entonces/ de la víbora quemante de Celan,/ Descubrí la fascinación por el haikú,/ el pálido temor de Emily Dickinson,/ la adusta y fiera casa de Enriqueta. Hay una clara alusión al amigo, Pero el verano también pasa./ Y los caballos.

Y termina con una expresión lacerante, reiterando el perdón:

Y te pido perdón, maestro,/ perdón por no seguir tus pasos.

Quizás un signo de admiración que se quedó muy atrás. Hay mucho más en este libro revelador de un siglo que se fue y otro que apenas inicia. Salud poeta.-

  • Ángel Gustavo Cabrera

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