Alberto Hernández. La patria forajida

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I

La patria revienta en múltiples versos, en sorda confusión, en los tantos retornos de aquellos que hoy respiran bajo tierra. A la sombra de sus más estridentes esquinas, están los odios vespertinos y de toda hora, los amores en medio de la selva de miradas y empujones. La patria en harapos estira la mano y pide. Hiere con cuchillo y corre. Solicita un lugar para transpirar, para saberse parte de ella misma. La patria es un caos, un caso perdido, según el trasnocho de quienes guardan palabras y se encomiendan al destino.

Los que la cantan la hacen una Grecia invadida con caballos de Troya. Los que la salvan de ellos mismos se pasan un cuchillo por el cuello y ofrecen una pobre canción, como aquella del chino Valera Mora, la de 1811. Esos mismos tropiezan los pedazos de su indumentaria entre banderas y maldiciones.

Pero la patria también es un sueño al amanecer. El destello de una muchacha que camina sin ropa interior. En medio de sus piernas, una pérdida o un trofeo.

Para el poeta, la patria es un crimen cometido en su nombre. Así lo siente y escribe Harry Almela en las páginas de su libro La patria forajida (Editorial Actum/ Colección Barco de piedra, Caracas, 2006).

La patria es la primera y última de las altas traiciones. Y de los amores, como escribió José Emilio Pacheco: “No amo mi patria./ Su fulgor abstracto/ es inasible./ Pero (aunque suene mal)/ daría la vida/ por diez lugares suyos,/ cierta gente,/ puertos, bosques de pinos,/ fortalezas,/ una ciudad deshecha,/ gris, monstruosa,/ varias figuras de su historia,/ montañas/ -y tres o cuatro ríos”.

II

La patria, la forajida: “sitio de mi sangre/ y de la sangre/ de los míos”, criaturas que no buscan ser héroes o merecedores de estatuas. Este canto de Almela interroga y afirma, mete el dedo en la llaga y alcanza con ella hacer la poesía de estos tiempos. Su historia, la contada al revés y en supuesto derecho, es la misma que mana de la boca del poder. ¿Qué patria no se hace blanco de almas vacías, de retóricas burocráticas, públicas y privadas? A paso de ganso, los vencedores secan el rocío de la historia, de su exquisita ramplonería.

Por este callejón del libro nos quemamos: “vivimos/ nuestra infancia/ entre órdenes/ marciales// de allí nos viene/ la civil/ irreverencia// la inútil pasión/ por los espacios/ abiertos// por los viajes/ sin retornos// por el lazo/ en la muñeca// la hostilidad/ ante las voces/ que increpan// nos han de señalar/ con estrellas amarillas/ en el pecho// he allí/ al enemigo// siempre seremos/ los desterrados// a pesar de nosotros// de todas maneras/ así tendrás/ que amarnos// patria forajida”. Un resumen entre los ojos, un aviso de vieja data. ¿Dónde nos queda aún Pérez Bonalde? ¿cuántas veces se irá de la patria para regresar o para saber que le quedan horas entre los muertos?

La borradura de sus páginas, la ceguera de los que ambulan y se sientan a esperar una respuesta de la purga del tiempo: “las cartillas se destrozan// cambian sus líneas/ según quien lea// son letras negras/ sobre un papel/ ensangrentado// callan/ lo que quieren/ decir// lo que acaba/ de pasar/ y nadie cuenta// lo que miente/ detrás de los ojos// quiere incinerarnos/ mientras se aleja/ lo que buscamos// nada se salva/ en la tormenta// ni este libro”.

Una locura terrenal recorre abril. Se prolonga sin despedida, sin la última palabra dirigida a Dios.

III

Este libro de Harry Almela canta solo entre la barbarie y la inflexión de quienes corren hechos tumulto, agregados de la vida y de la muerte, del grito y el silencio. Su lectura nos convoca al ahogo. Su lectura, la misma patria asmática entre el humo y la sintaxis salvadora de los profetas.

Un país no es la patria. Un país es mapa y barro, lodazal y alcantarilla, flores y estiércol, maldición y jardines. Jamás patria. La patria espera. Se sienta frente al espejo y regresa a sus magias, a sus desencuentros políticos y ecológicos. La patria tiene un pequeño lugar para odiarse. Un lunar cercano al corazón. La patria es dueña de sus accidentes geográficos: las piernas de una adolescente o los tres o cuatro ríos que el poeta Pacheco nos dejó dicho. Baste decir que la patria vive extraviada, sudada bajo el cuerpo del poder.

Un final esperanzador nos conmina a continuar escribiéndola: “liberador/ de tu cadena/ no sabremos/ dónde ir// y esa habrá de ser/ nuestra más inocente victoria”.

¿En qué calle de esta ciudad se nos perdió la patria? ¿En qué cuaderno anónimo deletrearemos su estirpe forajida? ¿En qué canción lejana la hallaremos?

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