Rafael Rattia. Harry Almela y La patria forajida.

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Se trata de esto: no se vive por cortesía ni se vive la poesía impunemente; el poeta es, muy a su pesar, la voz testamentaria de su època, la voz beligerante que registra un timbre elocutivo íntimo o social y me apresuro a decirlo de una vez: poco importa el tinte polìtico-partidista que quieran imprimirle a un texto poètico quienes siempre buscan subsumir el poema en el área de influencia de los dictámenes de los “grands recits” de emancipación compulsiva que recorre, cual peste bubónica, el universo representacional-socio-simbólico de este lado del Atlántico.

La patria forajida es, que nadie lo dude, un terco canto lírico sostenido con la aspereza de un candor irreductible. El denuedo y el ahínco de su enunciación poética poseen la virtud de sacudir la modorra del espíritu nacional. Este libro de Almela, hay que advertirlo al lector, es de esos que rompen mandíbulas. Nadie que aspire leerlo pretenderá salir ileso de su lectura. Los textos que integran este poemario se alojan en nuestra caja craneana y en nuestra alma conservando el rumor de esa rebeldía ontológica que en su momento izaron Caupolican Ovalles, el chino Valera Mora, Arnaldo Acosta Bello, pero con el oído adherido al pálpito y latido de un tiempo obviamente otro. Así debe quedar registrado: esta es la bitácora de la desolación y de los basurales de la historia. El poeta le toma el pulso a un “sprit du temps” signado por grandes cataclismos y tormentas colectivas y anota, cual vigía atento, escrupuloso e insobornable de nuestra lengua castellana, los desafueros que comete el trepidante poder de la neolengua que se reclama portaestandarte de la última gran mutación civilizatoria.

¿Ah, no querían un poeta comprometido con su época, su tiempo histórico, socialmente responsable y éticamente consustanciado con la transvaloración de los valores instituidos?

He aquí la personificación del poeta del futuro.

Este poemario es una vox clamans en el desierto, pero igual es una terrible recusación estética a los fundamentos del logos y la imagen de una epocalidad que no puede sostener su “veridicidad” o “veritatividad” basado en la imposición de una continua fatamorgana. La poesía que postula Almela en este libro revela el inexorable resquebrajamiento de los cimientos del tejido verbal y de la imago dominante del último septenio de vida republicana.

La patria forajida es, que nadie lo dude, un terco canto lírico sostenido con la aspereza de un candor irreductible. El denuedo y el ahínco de su enunciación poética poseen la virtud de sacudir la modorra del espíritu nacional. Este libro de Almela, hay que advertirlo al lector, es de esos que rompen mandíbulas. Nadie que aspire leerlo pretenderá salir ileso de su lectura. Los textos que integran este poemario se alojan en nuestra caja craneana y en nuestra alma conservando el rumor de esa rebeldía ontológica que en su momento izaron Caupolican Ovalles, el chino Valera Mora, Arnaldo Acosta Bello, pero con el oído adherido al pálpito y latido de un tiempo obviamente otro. Así debe quedar registrado: esta es la bitácora de la desolación y de los basurales de la historia. El poeta le toma el pulso a un “sprit du temps” signado por grandes cataclismos y tormentas colectivas y anota, cual vigía atento, escrupuloso e insobornable de nuestra lengua castellana, los desafueros que comete el trepidante poder de la neolengua que se reclama portaestandarte de la última gran mutación civilizatoria.

¿Ah, no querían un poeta comprometido con su época, su tiempo histórico, socialmente responsable y éticamente consustanciado con la transvaloración de los valores instituidos?

He aquí la personificación del poeta del futuro.

Este poemario es una vox clamans en el desierto, pero igual es una terrible recusación estética a los fundamentos del logos y la imagen de una epocalidad que no puede sostener su “veridicidad” o “veritatividad” basado en la imposición de una continua fatamorgana. La poesía que postula Almela en este libro revela el inexorable resquebrajamiento de los cimientos del tejido verbal y de la imago dominante del último septenio de vida republicana. <!– D([“mb”,”

Justo cuando pensábamos que la voz disidente, heterodoxa, herética e iconoclasta del poeta, en tanto voz de la tribu, se había postrado de manera genuflexa ante lo realmente dado-constituido; he aquí que el poeta Harry Almela irrumpe al panorama lìrico venezolano poetizando con el martillo, a la manera de Niesztche, poniendo en evidencia la pusilanimidad de un tiempo histórico caracterizado por la condición anodina de ciertas sensibilidades que denuncian y delatan al antiguo compañero de fragua de la metáfora para garantizarse la mísera e infamante canonjía oficial y la indulgencia ministerial circunstancial.

Este es el libro de horas de los escarnecidos, la oración de los repudiados, la plegaria de los segregados, el hosanna de los proscriptos. Atrévase el lector a leerlo como lo que el autor nos sugiere en sus páginas: la ciencia del espíritu menos la prueba o evidencia explícita de lo que dejó la tormenta.

Este es el libro de horas de los escarnecidos, la oración de los repudiados, la plegaria de los segregados, el hosanna de los proscriptos. Atrévase el lector a leerlo como lo que el autor nos sugiere en sus páginas: la ciencia del espíritu menos la prueba o evidencia explícita de lo que dejó la tormenta.

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