Las instrucciones de Harry Almela. Rafael Rattia

Para ahorrarle prolegómenos innecesarios al lector: se trata del más reciente poemario del escritor venezolano Harry Almela (Caracas, 1953) titulado con el azarístico nombre de Instrucciones para armar el meccano, publicado bajo los auspicios editoriales de la Fundación para la Cultura Urbana y puesto en circulación en las postrimerías del año que recién termina.

La parca, más bien diría que lacónica, presentación que exhibe el poemario de Almela nos dice: Nuestro ya considerable catálogo se enriquece con la firma de Almela y con esta obra, su más reciente poemario, que confirma una voz singular de la poesía venezolana, una voz que ha sabido evolucionar hacia estadios de excelencia, sin traicionar sus impulsos iniciales y su impronta.

Usted, respetado lector, puede rotular la poesía de Harry Almela con el adjetivo que quiera; es usted libre de ello y de cuánto le venga en ganas. Lo que jamás podrá hacer será –si alguna vez es tocado por ella– quedar indemne después de leerla. Dicho de otro modo: nadie que lea un poema de este escritor venezolano de la diáspora puede seguir siendo el mismo. Su poesía está irremediablemente signada por un sello indeleble. Cada verso viene de una ígnea fragua sintáctico-verbal que se asemeja más a un terrible incendio empalabrador y postmilitante que a una aséptica arquitectura de versos divorciados de su realidad histórica.

El primer poema de Instrucciones…, Dedicatoria para decir adiós, constituye una impactante requisitoria a la perfidia que comenten los poetas oficiales, gubernamentales, los bardos apologetas y exaltadores legitimadores de las experiencias históricas monárquico-totalitarias. Con este poema (leído como es debido, resulta una valiente antidedicatoria) Harry Almela se erige en uno de nuestros más envidiables parricidas de la literatura venezolana de los últimos cincuenta años. No puede ser más iconoclasta nuestro aún joven poeta. Su vigor expresivo hace que los lectores nos rindamos ante la evidencia incontestable de una poesía que brilla pero no encandila. Los tótem oficiales de la poesía nacional encandilan con su pertinaz oscurana, con sus cómplices beltenebras adulantes y sus genuflexiones ante la nómina ministerial. Al contrario, la poesía de Almela alumbra los senderos de la patria interior, cual faro en medio de la niebla, pero no enceguece ni anula los sentidos con ortodoxias ni dogmas inconmovibles. Bien lejos con los metarrelatos omnicomprensivos de raigambre redencionista está esta poesía de Almela, parecida al grito de sal en medio de la sabana calcinada. Antes que postrarse a los imperativos de la inquina y del desafuero el autor de este libro nos dice:

Es preciso escuchar eso
que me llama
cada noche desde el remoto día
del dolor

Y te pido perdón, maestro,
perdón por no seguir tus pasos.

Con una hidalguía digna del mejor encomio, el poeta Almela señala el camino que hay que transitar en tiempos de repliegues y de tránsfugas que se desdicen por una mísera dádiva:

No será sencillo vivir bajo la luz
que ciega y ha barrido con todo.
No habrá ventana suficiente
para mirar lo que falta.
Las calles, las avenidas,
las mulas devorando
el poco pasto de los vientos.

Y cuando llegue el diluvio
escribiré con nuevas palabras
la misma historia.

La conciencia plena que el poeta adquiere acerca del tiempo histórico que le ha tocado vivir, es puesta en evidencia mediante esa otra forma de conocimiento que es la metáfora que devela lo real y lo recusa, impugnándolo desde sus propios fundamentos empíricos. ¡La realidad es insoportablemente asqueante, hay que cambiarla!, parece ser una de las divisas que se infieren de algunos textos imprescindibles de este libro, indispensable para comprender nuestro presente. El poema es, sin duda, un vademécum de los desencantados, un catecismo para los irónicos. O en palabras del propio autor:

Los que ya no sacrificamos aves
para saber del futuro
y aprendimos a desconfiar
de las barajas.

A nosotros,
quienes ya estamos del otro lado de la candela,
sólo nos queda la escritura,
mientras llegamos a ser
el olmo herido de Machado.

Un poema emblemático que con el correr de los años ha de convertirse en santo y seña de los escritores venezolanos, quién podría dudarlo, es el que lleva por título Del oficio de escribir:

Entonces me dijeron:
vete por allí, a decir lo que debes,
a cantar lo que no has vivido
y deseas con ardor

También puedes contar lo que te ocurre.

Y heme aquí, en medio del campo,
de la ciudad y del mapa,
acostumbrándome más bien a callar,
obligado a escribir lo poco que se me ha dado.

(…)

Estoy harto de los domingos que huelen a diciembre,
de esta flor en medio del desierto.
de los dientes que se me caen en el sueño,
de las alarmas de mi cuerpo que se pudre.
De la lectura de la Biblia. De la patria heroica.
De no saber a dónde me lleva este poema.

Debo subrayar con insistencia que este libro de Almela (perdóneseme el ritornello) es el más incendiario canto lírico de una casi extinta estirpe de desencantados que nunca sucumbió al meloso canto de las sirenas que anunciaban una revolución que a la postre devino en la más abyecta e inverosímil estafa histórica que jamás supuso una nación llamada Venezuela. Obviamente también es un libro de horas para exiliados, para segregados y excluidos. En fin, un libro para los que aún confiamos a ciegas en el poder restaurador de la poesía.

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