Cantigas

 

Cantigas.

Caracas, editorial FUNDARTE, 1990


¡Ah, Deseos, por vuestra Madre Citerea,quemad, quemad a la niña rebelde y obligadlea que, por fin, no niegue que ama!

antología palatina


Sólo tú tienes llave

de mi casa. Ven a la Patria.

Allí verás la colina, el agua

que me viene de lejos,

el olor que te asombra y embriaga.

Celebro el rumor que me enseñas.

Yo, la aprendiz, te merezco.

 


Te espero en compañía

de las ranas: giran

su rostro hacia mi alcoba.

Muerde la hiedra.

Yo espero en el centro

de la duda.

Inventa un resquicio para mí.

Háblale, Luna, de mi ruego.

 


En el cáliz, bajo el perfume

del tomillo, invoco tu nombre.

¿Qué has hecho, amado,

sin mi boca? Deseo para ti

lo mejor del silencio, sólo

un llanto fugaz, cierta alquimia

de la distancia.

Cuando regreses

no volveré a hablar a solas

mientras miro la Luna.

 


Si digo que la sábana

humedece mi cuerpo, te reirás.

De tus cartas, amo más las flores

azules que tus líneas.

Si me miraras diciendo estas cosas

verías el sonrojo.

Mas cuídate. Puedo ser

la gacela o el zarpazo

en celo.

Yo te convoco al infierno. No

gires tu rostro en la

salida: soy Eurídice.

 


Deja los mandados

de la calle, la fatiga.

La gruta

que entretiene.

Mira, he preparado

la cena con candelabros. Al

pie de la mesa está

el incienso que nos agrada.

No hables. No convoques ahora

la sombra de las palabras.

Ponte a salvo. Viajemos al cuerpo.

 


Nómbrame en el frío.

animas la levedad del hielo.

Cuando sea el precipicio

sabré de lo inefable.

No dejes de alabarme,

soy la tierra fértil.

Qué otra brisa

se lleve las migajas.

Descansemos en el pan.

 


Quiero tu caricia levantándose,

olvidar que requiero un paraíso.

Es precisa la vergüenza,

el rubor. Que me cubra la

sábana a pesar de la noche.

Necesito este resguardo.

Busco tu ola, el arte fluvial

que me salve.

Cuando muera será

demasiado tarde.

 


Esta luz es la mentira.

¿Quién abrasa el sol si

hay la distancia?

No hay árbol para esta golondrina,

ni banquete en las fiestas.

Voy a cerrar los ojos para

que no desaparezcas.

 


Recio arroz que llama

la flor abierta de tu boca.

Inspira el desprestigio, la

vergüenza de la madrugada.

En medio del solar están los

grillos, alabándonos.

 


Hoy debo ser tu esclava,

la morena de rostro velado.

Trova a la blanca soledad de

los conejos. A la leche y miel

que hay bajo mi lengua.

Canta, Rey de Reyes.

!Ay, tu cítara que

enamora de lejos!

 


Hunde tus manos en mi pozo

Clava los garfios sobre

esta madera. Olvida

la paz y el permiso.

En lo bajo está lo que somos,

una raza de animales.

Y hemos nacido para el ayuntamiento.

 


Bienvenido, cuerpo.

Bienvenido seas en la hora.

Cuando tu boca no piensa

sostienes mi peso en el mundo,

sobre el furor de la tierra.

Pronuncia la palabra.

Me tenderé en el lecho

para iniciar el rito

que heredé de mi especie.

 


Te venzo dulcemente y

ruedas de costado. Piensas

en lo que vendrá mañana.

No quiero treguas.

Devórame en lo bajo

donde olvido mi nombre.

 


Te vigilo entre las breñas.

Con el rostro velado me

acerco a los visillos.

Padre y Esposo de mis ojos,

ya no hundo mi cuerpo en el río

por no perder tu aroma.

 


Vuelvo a decir la frase: cae

la lluvia. La tarde

del domingo me sorprende

acariciándome.

No me basta el alba

en que me sigues, el cémbalo

que agota. No hay espada en

este juego. Me halaga el desmayo.

 

En el próximo salto

haré lo que ordenes.

me dejaré llevar por tus señales.

Desplegaré las alas,

no te rías.

La fiera no se calma. Le

otorgaste la impostura, cierto

género de la demencia.

Ahora callarás sagrado.

 


Ayer supe

girar sobre tu cuerpo.

Habló la enredadera

su primera palabra.

Te miraba

desde el sitio del dragón.

Tú, macho cabrío,

hendías la pezuña.

 


La piel es inútil

sino habla el idioma

del ardor, del agua. Enséñame

el verbo, hurga mi silencio,

llévame al grito.

 


Hilas el lienzo. Te dejo

hacer. Crees demasiado

en mi inocencia. No conoces

los secretos de mi guerra.

Miro distraída los rincones,

el trozo de luz que te enmascara.

No sabes de este territorio, del

hilo transparente que

me engarza. Del cenital

de mi vientre

Mi cuerpo te entretiene. Yo te gozo.

 


Este riesgo de no ser

sirena y seducirte. Este

albur de condenarme, de

imitar la caverna.

Mostrarte el útero que soy,

provocar tu regreso. Cancelar

tu deuda, limpiarte con una

tela áspera. Eliminar tus palabras,

mancillarte en el vértigo.

Doblegar tus rodillas.

 


Hacia la vida perdurable

va mi cuerpo.

Son estos los días.

Deja la calma doblada

sobre la mesa. Apresura

tu marcha.

Sólo este momento es el preciso.

Llegará el crepúsculo y

la rabia de esconderme

de los espejos de la casa.

Hoy es la llama.

 


Este es el sitio del vino.

De mis piernas abrazando

tu cadera.

Traes el incienso, el

aguardiente de tu lengua.

En este lugar aprendí aquello

que hablaba mi adolescencia,

lo del rubor en la cara.

Hoy me hago pequeña y desaparezco.

 


Nos preparan para el triunfo.

A saber de placeres, de lo fatuo.

La seda virtuosa de la alondra.

Si estuvieran aquí

mi madre y mi padre

en este lunes de pañuelos.

Cada vez que dices la palabra.

 


Se huye de todo. Del

desierto que nos limpia.

Del suave enemigo

que acecha.

Hay temblor y miedo

en el distrito. Lo sucio

anda por sus calles.

Sólo el cuerpo es quien decide.

 


El pequeño hombre de mi país

duerme en el lado derecho

de la cama. Se sabe viajero

en su sueño. Se levanta,

prueba un sorbo de café.

Abotona su camisa. Lo fugaz

se lo lleva. El rocío enamora

sus ojos.

Regresa para que yo mire

su pequeño hombre.

No sabe cuánto amo

su peso en mis redes.

 


Somos semejanza

que permanece.

Tu canto de Cisne breve

paso yo la inocencia

que insiste.

Soy lo que triunfa en lo oscuro.

 


Desde el espejo accedemos

a lo eterno. No hay prisa

en el rapto.

Aquí somos la espina, el

báculo fértil. Estamos

para el corno.

Que la torre permanezca

y que nos desate el equilibrio.

 


Sin respuesta cerraré

el abanico y se irá tu cuerpo.

El crebrar anuncia sus gallos.

¿Qué será de mí, amigo?

¿Qué será de mí?

 


La claraboya anuncia

lo cercano de la muerte.

Pasan los días, amado mío. Pasan

los días y llegamos tarde.

Nos han dado la vida

y estamos perdidos.

Es un solitario sol la fiesta

y no hay remedio, amado mío.

 


Me arrebataste la abadía,

lo que en mí era rostro de cuero,

cinturón de querella y granizo.

Me voy a otro libro. Vendrá hacia

ti otra amanuense. Qué importa el

sí. Qué importa el no.

Esto me basta. Me llama otra

serpiente en el fango. Me llevo

el humo, las marcas en la espalda,

la escritura revelada.

Vivimos para otras potestades

más allá de esta canícula.

Me alejo por la misma ventana.



 

 

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