Palabra o indigencia

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Palabra o indigencia
Villa de Cura, Blacamán Editores, 2000


 

 

Todo es oscuro ahora, hasta los rumbos

que hubieran sido, al fin, los verdaderos.

Miguel Ramón Utrera

Si pierdo la memoria, qué pureza.

Pere Gimferrer

 


Yo había decidido tu compañía.

Someterme a los designios

de tu gacela. Emprender la busca

de la mujer que hay en mí.

Me ocultaste en parajes cercanos

a una danza de fuego.

Concebimos juntos aquel viaje

donde el amarillo tendría

un imperio para nosotros.

Escribiríamos un cuaderno entre los tres.

Ahora, de regreso a la patria,

admiro el ocio brutal que me alimenta,

la furia de medirte en esto que fatiga.

 


Escribir es otra forma del cansancio,

no hay ventana fácil.

Tu nombre ceniciento de otoño en Moscú.

Esa cicatriz obstinada, como hiedra del infierno

que aparece siempre en estos bordes.

¿Cómo nombrarte sin temor, con la calma

del bosque que desconozco?

Esa tu gracia, maldición del precipicio,

íntimo tambor que me amenaza.

 


Nos elevamos inmóviles y en el aire

atravesamos ese cristal que pica.

Bajo la taza oscura

asistimos a la fiesta

que se demora en las brasas.

Permanecemos en estos días lluviosos o de verano

cumpliendo los ritos que fastidian:

el saludo a los vecinos, la feria del mercado,

el apunte de algo sin abrigo posible.

Insistimos en el éxodo de cuerpos,

en la dignidad de esa derrota.

Humillados en la fortaleza que hemos inventado

mientras llega el resplandor.

 


Buscaba el temor, pretendiendo

salvación en esos actos.

Me mantenía al margen del espacio.

Pero el ardor en el pecho no descansa,

ni reposa su fragor de batalla, su rostro

de rey medieval que interroga en la penumbra.

Repito la frase que aprendí en el libro

y el niño que hay en mí, desaparece.

 


Yo le temo al ánfora,

al rubí de sus ojos,

al sordo escudo

que me deja mirarle.

Adornos en el mar feroz.

 


Me duele diciembre en la mejilla,

la tarde en que todo se ausenta

repitiendo antiguos follajes en su falda.

Aquí el sol continúa llenando las hojas,

incitando a lo que ciega,

a lo que va eterno y nos aturde.

Lo efímero nos entretiene

acariciando sus barajas.

El amor nos hace hermosos y terribles:

nos aleja de lo que dejamos de ser,

acercándonos a lo que fuimos en otra plenitud.

 


Estas noches de fiebre pueden separarnos.

Es tan débil el hilo que nos soporta.

El sueño nos hunde en la taza

donde vacilan nuestros actos.

El túnel comienza en el quebradizo

horizonte de la sábana.

Esta muerte de donde salimos

ardientes en el alba.

El desorden que visitamos

detrás de la almohada y la mejilla.

Y respiramos para que todo esto continúe.

 


Rompe los amuletos, tu voz de naufragio.

Derrota tu cisma. Tu verbo vacilante.

La trampa que nos persigue en los flancos.

No dejes señales en la cueva.

Borra las marcas de la pared.

 


No eres tú quien duerme

en la habitación contigua.

Ya habíamos muerto hace tiempo

en otro árbol, en otra abeja.

Hablo del día verdadero,

del único, cuando el mundo

era más grande y yo lo atravesaba sin temor.

Esos eran los días. Hoy sólo sucede

esta tiniebla, este párpado que porfía.

 


Lo que andaba adentro

ha comenzado a moverse.

Fieltro en el agua, candil sereno.

Su sentencia invitando a lo más alto,

a lo definitivo en el cielo, al bosque

que quise, a las serpientes que inventé

para descifrarte cuando cruzabas la avenida.

 


Nada sale del corazón.

Nada. El antiguo mazo y nada más.

No hay color en los ciruelos

al comienzo de las lluvias,

ni alfombra de flores en el camino al pueblo.

Nada nuevo sucede en el corazón,

bajo la campana de esta difusa primavera.

 


En el precipicio no importa el caos.

Nadie nos arrebata lo vivido.

Las alas no desaparecen.

Este dialecto que ahora nos consume

aprendió su vigilia en murmullos de mercado.

Para que persista el clamor.

 


La sangre cerrada ayer.

La fotografía cercada por el hielo.

Yo quise amarras, cuerdas

feroces en la cintura.

Quise alambre de verano en los ojos,

silicio de espesura, licor definitivo.

Y todo tan mensaje en la arena,

tan libro cerrado para siempre.

 


¿Quién sabe de eso? Ni nosotros.

Estas horas de espiga,

de sangrienta víscera en la madrugada.

En lo oscuro todos somos diferentes.

El día amanece y todo duele.

¿Qué haré sin escondite,

sin el amparo de la Voz?

 


Los lobos saben de estas cacerías.

Solos, solitarios, conocen

de madrigueras oscuras

debajo de las cosas.

Nadie les enseña estos rudimentos.

Cuestión de olfato y nada más.

Cuestión de saberse inútiles para siempre.

 


Contemplamos las sombras

en el techo de esta caverna.

Es necesario descubrir

el punto que separa

lo luminoso de lo oscuro.

La mano traza un arabesco en el aire.

Los libros son inútiles

si no propician sosiego al mediodía.

 


(Palabra o indigencia)

Huir por la grieta.

Morir en la Piedra del Cordero.

Mostrar la cobardía.

Hacernos aguacero feroz en la noche.

Ser valiente en la coartada.

Coser los botones de la camisa.

Asir el caldero y elegir la cadena.

No sentirse torpe buscando los remedios.

 


Será otra quien rescate

la memoria de mi cuerpo.

Desde este pasillo, contemplo la luz

que se inclina, los muros

que testimonian los trabajos de una grey.

Será de nuevo la brisa limpia

y el regreso al clamor de los libros.

Será fascinarse nuevamente

con postales abandonadas en el piso.

Será la gracia plena, la punta

de otra fortaleza en mi lengua.

Será, en fin, la bisagra

de los grillos. El adiós a la sed.

 


Cueva de Vino, Hilo de Tierra,

ayúdame a esperar la Copa.

Ofréceme tu parca y dime

que no hay equívocos

en esta aurora que tiembla.

Esta nube impuesta

que propone una fuga difícil,

una casa nueva en el camino.

 


Mentiste con la misma palabra

que nos dieron los dioses

aquella tarde de Macuto.

Disfrutaste, solitaria, tu alimento,

tus flores de manzanilla,

esas cartas de dolor sobre la mesa.

Y yo buscaba, bajo la amenaza

del terciopelo, la palabra exacta

para contarlo todo a media voz.

 


Quiero irme a pie, sin resistencia,

no dolerme más por mi fortuna.

Abandonar este acto que se impone

y nos viene de lejos, dejándonos

solitarios sobre estas rocas,

azotados en la escritura.

Si pudiéramos vivir sin esta droga,

sin el paño sucio que nos purifica,

distantes de su pájaro cegado.

Correr por la senda, sin artificios,

dejar atrás esta inquisición de enero.

Ser la fruta roja, sin remiendos,

sin anillos de sangre en la garganta.

 


Mañana no habrá más laberintos.

Me has cortado las veredas,

el azul que me entretuvo.

No hay espacio para la trampa,

para esa duda hostil que pudo salvarme.

 


De rodillas ante Ti, con miedo en el costado,

me brindaré de nuevo como ofrenda,

tenso como el arco de la fruta.

Tengo pocas cosas que brindarte.

Sólo soy este carbón quemado

sobre una hoja de papel.

Mi edad me ha enseñado

lo que tú desconoces.

Déjame insinuarme en el silencio.

La vieja fascinación, los gestos

ya sabidos, no han de bastarnos.

Ha de ser más difícil el asunto.

Desde esa parquedad has de intentarlo.

 


Continuaré soñando

con el advenimiento de otro reino.

 

Abandono en el suelo los ásperos abrigos.

Será angosta la noche en este refugio.

Cristalina el agua que nos baña.

Calmado el viento que roza nuestro rostro.

Vendrá otro libro

con sus espejos más claros

y su voz de amatista.

¿Regresará el látigo de la calma?

Mientras tanto, será útil contemplar

las inocentes paredes de este cuarto,

aferrado a esta última piedra bajo la lluvia.

Beber y alimentarse en el naufragio.

Sucumbir al abrazo de este vacío fértil.

 


Aquel maleficio en el espejo

cada mañana. El cepillo

de dientes destrozando mi lengua.

Esa tercera cosa que fuimos.

Ese tres en el espejo

a la luz de la vela,

bajo el canto de los grillos.

El sol que acechaba aquella tarde

cuando el miedo era su dueño

con ese su lejano sabor tan conocido.

Espejos. Tres espejos.

 


No avanzan los segundos

los minutos, las horas.

No sucede lunes, ni jueves

ni domingo. Abril, enero

ni diciembre.

No pasa el invierno

con su color de nube,

ni un verano terrible

sobre las casas y el otero.

Sólo pasa su nombre

y esta inquisición de junio.

 


Esta tarde no hay ardor en el horizonte.

Ella se deshoja en la ciudad que odio

y desde aquí miro sus luces, separando

lo extraño de lo amable.

En medio de ese paisaje

encontrarán los cuadernos

que se llevó la infancia.

 


Se van las nubes.

El capricho es su imperio.

Debajo de esta taza oscura

asisto a la fiesta

que perdura en las brasas.

Ahora han cambiado

las constelaciones

y todo es nieve.

Cómo he malgastado

este crepúsculo.



 

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