Fértil miseria

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Fértil Miseria

Maracaibo, ediciones Dharma, 1992.

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para a.m.o.
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No es el amor quien muere.
somos nosotros mismos.

Luis Cernuda

Sólo una palabra
Una palabra y se inicia la danza
de una fértil miseria.

Alvaro Mutis
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I

Hubo una vez un reino de cémbalos bajo la sábana. Allí aprendíamos gestos y el gozo del azar. La lumbre de la frase acompañando al Vino.

Hoy es mi cuerpo el que tarda en olvidarte.

Estos son los códices del intento.
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II

Yo estuve allí, en la Casa de lo Oscuro, seducido por la loza y el granito.

Hubo días para lo mejor del maná. La celebración de los cuerpos, la transparencia de los actos.

Luego tus soldados apostaron a la estrategia de tierra arrasada. El invierno que ciega se encargó del resto. No ha quedado ni un trozo de quimera.

En esa sangre hay una fracción que me pertenece. Lo atestigua mi torpeza buscando reliquias en el campo de batalla.
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III

Escribiste en el papiro: come y bebe, este es mi cuerpo. Yo fui el devorado. Dos, tres veces. El ardor.

Girando hacia la izquierda, ví lo negro de tu cuerpo sobre el muro.

Cuántas constelaciones te nombran. Eres el árbol, la costumbre.
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IV

Eres taza de café, licor del escribano. Tu deseo es luto en el desierto, un campo para otra arquitectura.

Cuando brotas de la sombra, eres cuervo o golondrina. Anfora o bosque. El mensajero o la carta.
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V

Mientras preparabas el incienso, dijiste: me asustan los fósforos pequeños.

El sueño te seduce. ¿Cuál distancia te nombra, llevándote a la frontera?

Yo espero que desde abajo se asome una querencia. Sólo busco otra luz que me sostenga. Una zona de aire. Más allá de los verbos comunes. Mas allá.
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VI

Déjame.

Déjame unas líneas escritas en la pared o detrás de la puerta del escaparate. una señal de tu Visita.

Los barcos enseñan tantas cosas mientras se alejan. Mas no hay en esta casa un puerto para calmar nostalgias.

O este llanto. Este dolor doblado en el centro de ninguna parte.
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VII

Si duermo boca arriba, me rozará la muerte. Son tantas las formas de sumergirse.

Al final siempre estará el viaje. La Muerte esperando mi epicardio en el vértice de los balcones.

Por cada diente que pierdo. Por cada deber no cumplido. Por cada rey suicida.

Tengo miedo de perder el sentido de lo irreal.
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VIII

Si después de tantas emboscadas y sacrificios, de tantas maldiciones, los dioses se reconcilian, cuídate de no olvidar la semilla. Recuerda la ausencia de sol, la humedad precisa. La podredumbre en lo bajo.

Si accedes a la paz, ten en cuenta los arduos pasadizos, la bestia asesinada que te valió la gloria.
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IX

Cuántas bocas han pronunciado la palabra para que hoy su fulgor ilumine estos párrafos.

Es preciso traer palabras desde el otro lado. Su periplo hacia la claridad puede ser asunto de vida o muerte.

Clepsidra es la arena que pasa. Necesito este vocablo para salvarme de tu Ausencia.
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X

En el patio se mueve la basura. El sepia invade este boscaje. El polvo se acumula en el lomo de los libros bajo la tarde del agua. La Muerta viene a beber agua en el vaso junto a mi cama.

Un domingo ancestral se asoma en las cigarras.

Estoy cansado de estas ventanas, de la niebla en los pasillos, de las ranas al comienzo del invierno.

Llévate esta casa, yegua de la noche.
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XI

Ahora voy a soñar que nos hundimos en el agua y tú te ahogas. Sé que también pereceré en el acto. Me levanto desde la noche.

Así será el asunto hasta que llegue la Muerte. Advierto inseguridad en las consignas. Yo caigo y me doblo.

Reboto y me repliego.
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XII

Esta será la distancia. El golpe en el ala derecha, el mercado profano en el Sabbath, el olor de los libros. La canción en un idioma que desconozco y tu boca me revela.

El vértigo de la frase. El llanto tuyo en la madrugada recordando al juglar del circo, el amante de la nuez.

Hay una fotografía tuya para la distancia. Cierto rigor en el túnel que dejaste.
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XIII

Escucha la profecía. El Escorpión y la Serpiente, el Dragón y el Gato, se alejarán de tus comarcas. Luego de la batalla, el sol continuará su marcha. No cayeron las murallas de la ciudad.

Vendrán los tiempos de arrancar la cadena de mi tobillo. No te buscaré en las barajas. Llegarán las carabelas al meridiano preciso.

Gracias por el infierno que convocaste. Por esta fértil miseria.

Escucha la profecía. Llegará la noche del domingo en que abriré la puerta y no estará tu Ausencia.
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XIV

Mañana me voy. Cansado de la flor que sale de mi boca, quiero encerrarme bajo el agua.

No es cierto lo que demanda mi signo. Utilidad del orden. Persistencia en los detalles. El apego a la tierra.

No quiero mirar hacia mis años, sus párpados azules, su balanza.

Quizás se trata de pulir la esfera con un buril más fino, de asuntos más terrestres. Quiero la transparencia cuando arribe al océano. Allí no será un pecado sumergirme.
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XV

Dejo en paz las cortinas. Mi ojo no resiste otra espera. Cierro la ventana. Hoy requiero de una palabra que me contenga.

Sé de la línea que separa tu cuerpo de lo profano. El verano dejará sus marcas en la tierra. La mano roza la sombra que soy.

La paciencia, la costumbre del ciruelo, será mi signo. He aprendido a resignarme.

Me voy. No juego más. Adiós.
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XVI

La araña dibuja su mapa. Maquina en silencio sus instintos. Rehace la memoria de su especie. Agazapada en los rincones de la casa o del árbol, sabe dar inicio a su danza.

El hombre se entretiene en otra fábula. se equivoca al conjugar los verbos, rumia su olvido. Saca una rosa del bolsillo y la arroja al río, esperando lo que nunca sucede. Vive descifrando los mensajes del cielo. Elude los presagios de la Sota de Bastos. Intenta traducir a un idioma más modesto las huellas que dejan en la arena las aves marinas.

La araña nace dominando el oficio del Guerrero. El hombre construye una tendencia hacia el silencio.

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Post scriptum

Yo sólo sabía de mapas y desdeñaba el territorio. Amaba la espuma, olvidando la quilla del trirreme.

El día señalado, apareció el pergamino debajo de mi puerta. Estos códices fueron dictados a la luz de la hoguera.

Guardo todavía algunos fragmentos. Ese peso es útil: me ata a lo que perece. Evito el terror a lo leve.

Mientras pase esta noche, cultivo el arte de convertirme en vasija. ¿De qué sirve el infinito sin un cuenco que lo justifique?

La página en blanco también habla.


 

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