El terco amor

terco.jpg

El terco amor
Caracas, Monte Ávila Editores, 1997


Durante días se cae hondo hondo hondo

Hasta el fondo del propio pozo

Quien no se despedaza

Quien queda entero y entero se yergue

Éste juega

Vasco Popa

 


Comarca destrozada

 


La casa continúa esplendorosa,

indiferente a todo esfuerzo.

 

Miserables, inocentes y sombríos,

avanzamos en esa luz, entre puertas y ventanas

que ignoran nuestra presencia

y la palabra que les nombra.

 

Los libros que existen sin nosotros,

el cielo pintado con el color de la ausencia.

 

Todo sucede precisamente aquí

como en una continuación de nuestro cuerpo.

 

Este orden precario nos tranquiliza,

nos miente una armonía.

 

 


Viene el gato a molestar de nuevo,

su terciopelo entre las piernas.

 

Silencioso, sus patas

articulan un gesto antiguo.

 

Sobre el piso de madera

persigue algún insecto

y juega a ser eterno.

 

Y nosotros, persuadidos de cierta grandeza,

tan ausentes de ese reino.

 

 


Cuesta aprender

los secretos de la cocina.

 

Evitar los grumos.

 

No mezclar orégano y comino.

La sal no es suficiente

para el gusto decisivo.

 

Los deberes del vino tan comunes.

 

Vino tinto y carne roja.

Vino blanco y carne blanca.

 

Cenamos en la mesa, en el piso

o en la cama. Como opción.

 

Hay demasiada luz en la sala.

 

La televisión insiste.

Y los amantes.

 

 


Se inventa un territorio,

se le dota de trampas y veredas.

 

Allí están las señales para evitar catástrofes.

Salidas, flechas, túneles ambiguos.

 

Se le otorga un nombre claro

como si eso fuera suficiente.

 

Convenimos en llamarlo dominio,

arco, puerta o puerto.

 

Nos mentimos con astucia,

así evitamos el lodo que lo funda,

su materia feroz, incorruptible.

 

Decimos mapa y nos parece honesto.

Colocamos encima de esa superficie

trozos de papel, etiquetas de goma,

seducción por sentirse

proa segura hacia mar conocido.

 

Y cuando viene la tormenta nos resignamos

a nuestras cobardías, imploramos,

pedimos perdón por tanto error cometido.

 

Como si ese pozo no nos pertenece,

como si fuera ajena la desgracia.

 

 


Los juegos que nunca entenderás

son sólo verbos.

 

Suponer, entender, olvidar.

Esperar, escuchar, inquirir.

Poseer.

 

Detener. Triunfar.

Aprender. Partir.

 

 


En las mañanas, después del reloj,

los amantes se preparan.

 

Frente al espejo simulan ser

venado y lobo.

 

Vociferan, se destrozan

detrás de sus dientes

como si no hubiera otra ocasión posible.

 

Mansos y vencidos, regresan a lo que no son

o a lo que fueron antes del desastre.

 

Recogen la ropa, fuman,

barren distraídos el piso de madera

y en silencio disfrutan un sorbo de café.

 

Luego se mienten, repiten gestos aprendidos,

se marchan por el laberinto hasta la noche

en donde prometen hablarse nuevamente.

 

Entonces duermen y sueñan

y así todos los días.

 

 


Mira la ciudad. Se levantan sus torres

contra el crepúsculo, contra el manso color

del cielo rojo. Tiende sus trampas,

sus breves artilugios.

 

En sus salas de cine, sus bulevares,

su droga nos invita, nos invita su sexo,

para olvidar nuestra única cita

y continuar con la torpeza.

 

Abre su puerta para que cuelgues

tu miedo en sus perchas.

Entretiene y pospone

tu más ardua lucha.

 

Allí está la ciudad.

 

Obsequia su ruido para que ignores

tu cobarde negligencia,

tu más prestigioso encuentro.

 

No hay salida y tú lo sabes.

 

La aldea es un largo bostezo.

La gran ciudad devora.

 

La ciudad es un anzuelo.

 

 


Nadie nos enseña

cómo se construyen los espacios,

este gracioso engaño.

 

Se sale de compras el día sábado.

Discutes en las tiendas

con los árabes.

 

Catálogos. Adornos, cuadros.

Estantes. Esquinero.

 

Elegir, siempre elegir. Colores. Tamaños.

Moderno o antiguo. La loza,

el rito de los cubiertos.

 

Y de pronto, sin pedirlo,

despiertas y no hay casa.

 

Solamente una comarca destrozada.

 

 


El otro existe

 


Uno de los medios de seducción más efectivos que tiene el mal es invitar a la lucha.

Franz Kafka

 

 


Te obliga a medirte.

A precisar una forma, un enemigo.

 

Brutal y simple, el minotauro de la noche

te espera paciente en las esquinas.

 

Oculto en los anuncios,

en los titulares del periódico,

en la portada de un libro.

 

Sagaz como su sombra, embiste

sin permisos en las noches del sueño,

obligándote a poner un rostro, un antebrazo.

 

Traidor y valiente, no anuncia su llegada.

Se viste con anchos pantalones

y un sombrero con flores.

 

Dice saber pero no sabe.

 

Dice no pelear

pero ofrece resistencias.

 

 


Se acerca noble, estremecido.

 

Dibuja un trazo en el aire

y se retira.

 

Espera.

 

Si respondes al gesto

seguro ha de dolerte.

 

Si no respondes al gesto

seguro ha de dolerte.

 

 


Conoce la geografía,

la aritmética, el arte del balance.

 

No doblega su rama dura.

 

Continúa con paso seguro hacia ti,

controla tu quietud

y eso te asusta.

 

No pones en duda sus astucias.

 

Lo sórdido sabe defenderse.

 

 


Te dueles y callas

por dentro de ti.

 

No se nota, piensas.

La miel te devora,

habla por ti detrás del cristal.

 

No huele, no sabe de tus plumas.

 

Tú lo interrogas y te retiras

sin esperar respuesta.

 

Te alejas lentamente por el borde

de esa roca. Y dices adiós con los ojos.

 

 


A esta hora

seguro entretienes tus ojos animales

en las formas del humo.

 

Un cigarro te consume poco a poco.

Allí están tus dedos inocentes,

tus labios que han dicho

tantas tonterías y palabras de amor.

 

Caminas, te desplazas lentamente

con el peso en tu hombro izquierdo.

 

Te fugas. Desapareces. Te ocultas.

 

Quieres aplazar lo que no entiendes,

aquello que te trajo al mundo y no lo sabes.

 

Deseas lo fatuo, lo tranquilo,

aquello en donde no te expones.

 

Te resistes detenido y aterrado

y no lo sabes.

 

 


Te amparas en un sitio iluminado

por un fulgor que no te pertenece.

 

Tu cuerpo se ofrece

como una nube en medio

de tanto sol y cielo.

 

Espera la marca de los dientes,

el golpe preciso, allí abajo,

donde duele.

 

 


El ausente mide sus pequeñas acciones.

 

De noche, agazapado, disfruta

sus mínimos trofeos y cuenta

las hojas de su árbol.

 

Devora satisfecho

sus platos de lava verde, destroza

botellas de vino.

 

Duerme y sueña con una casa lejana.

 

Descansa y prepara argumentos.

 

 


El cuerpo es el sitio

del misterio. Cubierto

por la cáscara, anuda

el centro del relámpago.

 

Su mano se extiende hacia ti,

busca el contacto, el estremecimiento

que borre ese gusto en la boca de estar solo.

 

Y nadie,

nadie está allí

como tú quieres.

 

 


El otro existe.

 

Se desplaza por las calles,

contamina su piel bajo este cielo.

 

Habita en un cuarto. Se viste y juega

con globos de colores.

 

No lo niegues.

Duele en el fondo del agua.

 

Pero el otro existe. Respira,

tiene un lugar en el mundo.

 

No lo adviertes, no le hablas.

 

Aunque desconozcas su vicio y su decoro

ocupa un preciso perfil en el aire.

 

Disfruta quizás tus mismos juegos,

el mismo asombro ante la sombra.

 

No lo niegues. No coloques muros en el viento.

 

Observa esas huellas en el piso.

 

Déjalo entretenerte.

 

En cualquier caso,

tiene que ver contigo y con tu nombre.

 

 


Necesitas ese lugar y ese silencio

para defender tus precarios dominios.

 

Construyes esa torre junto a la corriente

y sabes inútil cualquier esfuerzo de evasión.

 

Pluma y carne contra las rocas

en una playa violenta. La espuma

cubre de blanco ese paisaje.

 

Necesitas disfrutar de tu destierro

en los pasatiempos del verano.

 

Un poco de sol, una buena bebida,

otro cuerpo en contrapeso, la falsa paz

que otorga el enemigo.

 

Pasará esta tormenta.

 

Volverá, ya lo sé.

Volverá con otra calma y otro nombre

que se parece a su vestido blanco.

 

 


El terco amor

 


Me dueles.

Mansamente, insoportablemente me dueles.

Toma mi cabeza, córtame el cuello.

Nada queda de mí después de este amor.

Jaime Sabines

 


Si pudieras convertir en palabra

este dolor antiguo,

esta carencia anterior a todo.

 

Esconder los ojos y la boca.

 

Si pudieras convertir en palabra

esta ausencia de ti.

 

Escribir un solo verbo,

un trazo fino.

 

En otro país, en otro pueblo,

un vecino padece también tus penurias,

ese contorno de inquietud y temor.

 

Escuchas la radio bajo la túnica

de esa madrugada difícil, silenciosa.

 

Y llegan noticias de otros hombres

que navegan feroces en la sombra.

 

 


Sacrificar en esa hoguera

lo que has sido.

 

Preparar la muerte, la justa

muerte que te busca.

 

No doler más, no ser cuerpo.

No ser pesada carga, perfil atroz

y preciso contra el espejo.

 

Dormir recostado,

inocente,

en la piel del carnero.

 

Ser pájaro y ventana,

una fruta amarilla.

 

 


Ella duerme boca arriba.

 

Alejada de los hombres,

se entrega al infierno

que presiente en su labio estremecido.

 

Dobla su cuerpo, lo voltea

hacia la pared

blanca e indolente.

 

Lanza un manotazo,

susurra una calma que vio del otro lado.

 

Le duele no continuar hablando

desde ese sitio.

 

Y despierta, por fin,

después de tantas horas,

mirando tonta e inocente

tu lado vacío.

 

 


Dile una palabra.

 

La calle que te nombra,

el aguacero en la montaña.

 

Brasil confuso dirás.

 

Los peces que no han sido,

esa extraña luz que vieron

en la playa nocturna.

 

Cárcamo dirás,

astrolabio.

 

Pájaro dirás

sin que te entiendan.

 

 


He aquí el límite.

 

El pan.

 

Aquí dirás

lo que no has sabido.

 

Un viento en el ala,

un sopor en el pecho.

 

Quién habla

antes de ti.

 

El viento será

tu mejor inocencia.

 

 


Pide perdón por no decir

a tiempo

tu argumento.

 

Ves en los pasillos

lo inmundo que camina,

el juego fácil

de los cuerpos.

 

No estás allí.

 

Puedes decir

que ya no quieres.

 

 


De cuál árbol has de ser hoja,

una hoja mineral, encallecida.

 

De cuál rama dispones

bajo el azul.

 

En cuál ventana

has de morir.

 

 


Hablas en voz alta

con los otros.

 

Escapas

con las manos abiertas

burlándote

del soborno.

 

Cuando no habitas contigo

revelas el secreto,

la clave de durar.

 

Y en la noche

se te permite

resistir.

 

Resistir.

 

 


Debajo de la mesa

está brillando

lo negro entre los peces.

 

Escarbando en el aroma de antes,

obligándonos a esperar.

 

A cuál dios

habrás de agradecer

muerte tan precisa.

 

En cuál mañana

tocarás madera

agradeciendo.

 

Esa telaraña

suave y atroz.

 

La hiedra que camina

lenta y silenciosa.

 

 


Duermes de lado

esperando,

viviendo de nuevo

la casa oscura.

 

Aquí no está ahora,

descuidada.

 

Con su boca abierta.

 

Cómo se llama aquello

que nos alimenta,

que nos obliga

a estar aquí.

 

Como esperando las estaciones,

el fulgor definitivo.

 

¿Quién dijo agua y ceniza?

 

 


Te alejas y te acercas,

ese es el juego.

 

Avanzas hacia el centro, te debates.

Entretienes tus ojos

en el cuerpo del otro.

 

Retrocedes con asco,

con el miedo nocturno de los niños.

 

Te fascina lo oscuro

debajo de la ropa,

los lunares en la espalda.

 

Pospones el riesgo,

el encuentro con la luz

que atosiga.

 

 


Has crecido

sin moverte,

buscando este día.

 

Nunca lo supiste.

 

Donde hay una ventana

está nuestro animal,

esperándonos.

 

 


Ella bajará la misma escalera

por donde llegó aquel jueves

con sus pájaros.

 

No habrá ventiscas, ni aguaceros.

 

El claro sol de las siete

la vestirá de azul.

 

No levantarás de nuevo

su falda adolescente

ni volverá aquel silencio

sobre las piedras de la playa.

 

Y habrás de quedarte algún tiempo

cautivado en un perfil de viudo,

náufrago en el centro

de este licor que pica.

 

 


No caminas. Deambulas

en medio de esa gente ajena

a tu tormento. La pequeña ciudad

no existe sin ella.

 

Regresas a casa y de vez en cuando

esperas una llamada por teléfono.

 

Los amigos siguen preocupados por ti,

por esa antigua dolencia del corazón.

 

La tarde transcurre feroz y nítida.

 

Es extraño que todo esto va a pasar, murmuras.

 

Morirá para ti esta noche,

como en el verso del poeta

y lejano el día,

vislumbras otro asombro ante otro cuerpo.

 

Y enciendes, distraído, otro cigarro.

 

 


El cuerpo

que nos impide

vivir.

 

El cuerpo del otro,

su ausencia.

 

No hay fotografía

que sirva en ese empeño.

 

El amor, el terco amor

que nos separa

del mundo.

 



 

Anuncios

Una respuesta a “El terco amor

  1. Querido Harry:
    Ayer, durante día, leí “Silva a las desventuras en la zona sórdida”. Hice pausas. Me deleitaron las palabras, las cosas y la naturaleza allí nombradas. Sentí un profundo deseo de leer ciertos versos en voz alta. Versos de semeruco, almendrón, camoruco, bucare, etc. Me acordé del árbol de tamarindo de mi casa, que ya no existe. Seguí leyendo, comparando y contrastando lecturas y episodios de vida. Intenso trabajo. Felicito tus reflexiones en torno a la poesía en particular. Comparto tus preocupaciones, las traduzco perfectamente en el tiempo y en el espacio.
    Y en la noche todavía pensativa, busqué otro de tus libros en mi biblioteca. Releí “El terco amor”. Qué bién hace refrescar el exilio amoroso. Volver a naufragar en aguas conocidas.
    Gracias Harry!
    Un abrazo poético en un día -casi- de primavera
    Geraldine
    (tu tallerista del celarg)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s