Los trabajos y las noches

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Los trabajos y las noches

Maracay, La Liebre Libre, 1998

 

CUADERNA VÍA

Mester traigo fermoso, non es de juglería…
LIBRO DE ALEXANDRE

ENTRADA (RILKE)

No crea usted en lo que voy a decirle
en las páginas de este libro.

El amor es un artificio
que destroza flores en el parque.

El gris de los palacios,
suspendidos en la niebla,
es el sitio del reposo
para este corazón que tiene miedo.

No crea en mi palabra, vuelvo a repetirle.
La poesía miente, mi querida señora,
miente como el sol de verano en Dinamarca.

POSTAL DE MAYO, 1995

Lo que descubrí aquella tarde en el pueblo de Tunja
se parecía tanto al mensaje que esperaba.

Eran los últimos días del mes más cruel
y hacía frío en la ventana del albergue.
Allá, en el fondo, el patio inmenso
lindaba con la antigua casa de Juan de Castellanos.

La gente vestía el ceniciento abrigo
de lo lejano. El pájaro de los poemas
detenía en una rama su canto de eternidad.

Entonces lo vi todo tan claro
como si desde el fondo de una taza de té
hiriese mis ojos una roja ceniza.

La continuidad se entiende cuando llega el final:
mi ausencia definitiva de este mundo,
el dolor de ese blanco cuchillo
en la inmensa Plaza Bolívar.

Diómedes Díaz cantaba el vallenato
en donde anuncia un vuelo de gaviotas.
Entonces metí mis manos en los bolsillos del abrigo
para sacar aquella fotografía miserable.
Allí pude contemplar, nuevamente,
nuestra destrozada carpa de circo.

DE LAS PARTES DE LA ORACIÓN (GRAMÁTICA DE LA LENGUA CASTELLANA, 1771)

Del Sustantivo
Es una palabra que significa
alguna sustancia corpórea o incorpórea,
como hombre, árbol, piedra,
entendimiento, ciencia, virtud.

Subsiste por sí misma
sin necesidad de que se le junte
otra palabra que la califique.

Del adjetivo
Se junta al sustantivo
para denotar su calidad,
como bueno, malo, blanco, negro,
y no puede estar en la oración
sin sustantivo expreso o suplido.

De la Interjección
Sirve para denotar los afectos del ánimo.

Los gramáticos la dividen
en clases diferentes,
según los diferentes afectos que explican.
Y así dicen que unas son de tristeza,
otras de dolor, otras de alegría.

Pero la experiencia hace ver
que una misma interjección explica
diferentes afectos según la ocasión
y el tono en que se profieren,
o las palabras que anteceden o que siguen.

Verbo
Significa la esencia, existencia,
la acción, pasión y afirmación
de todas las cosas animadas e inanimadas.

O el ejercicio de cualquiera facultad
que tienen esas cosas o se les atribuye.

De las personas del verbo
Las personas del verbo son tres:
la primera es la que habla,
como yo amo.
La segunda es aquella
a quien se habla, tú amas.

La tercera es aquella
de quien se habla:
él ama, o ella amaba.

ELLA EM DEIXA
E cella clau qui-us tanca dins l‘armari
no pot obrir aquel mateix portal.

AUSÍAS MARCH

Hoy es jueves. La escalera presiente
los pasos de la muchacha.
Ella espía la avenida antes de entrar,
por si acaso no vuelve a verla.

Entra en el apartamento. Se desnuda
frente a la blanca pared del cuarto.
Entonces dibuja un guerrero y un centauro,
mientras él continúa, seducido.

Voltea su cuerpo de fruta ácida
y deja en el suelo los pinceles.
Cierra los ojos y se abandona al ritmo
de una canción de Chico Buarque.

Desde la cama, él le acerca un cigarrillo,
una caja de fósforos y un boleto de avión.

Pero todo sucedía en un barco
que se alejaba hacia otro puerto.
Desde las dársenas le dicen adiós unas amigas
y él despierta, sombrío y asombrado
por el interminable blanco en la pared.

CARL SANDBURG SUEÑA CON SANTIAGO DE LEÓN DE CARACAS

Aquí estoy, al pie del gran cerro,
triunfante entre cadáveres,
asomada al río que no goza
la caricia de las piedras,
hollando la grama que ya no existe.

Aquí estoy, contenta, riéndome
de tu inocencia, de esa vaga sensación
de sentirse útil, aferrado
a tu sueño en este raro sitio
en donde vives o has nacido.

Aquí estoy, con mis caderas
desnudas en los bares, contemplando
tu dicha pasajera, tu alegría
con agua, con luz y con teléfono.

Pasarán los años, como siempre
sucede en los poemas,
y volverán las aves en su vuelo
de paso hacia el sur.

Preguntarán: ¿qué cosa había aquí,
en este camposanto?

Dejadme trabajar.
Soy la ciudad.

PLAZA DEL RECTORADO

Me pliego contra una columna en el pasillo
y fascina la avaricia del paisaje.

Cae la lluvia sobre Valencia,
otra ciudad que odio,
y algo semejante al sol
se burla de la gente.

En este mapa que se parece a una vergüenza
espero una firma en algún oscuro documento.

Mi cuerpo se tiende hacia la tarde
en esta hora imprecisa de noviembre.
Pasan uniformes de secretarias
y mensajeros que de día
baten sus alas contra el viento.

No sé por qué pienso ahora en los mendigos,
esas figuras demasiado humanas para ser mentira,
aterradores héroes sin documento,
sin nombre propio ni encomiendas por hacer.

(Releo la frase.
No desearía metáforas, ni retórica
para sabios profesores de literatura).

Los mendigos, ciudadanos perfectos
que extienden su mano para ocuparse
de su dicha y apaciguar nuestra vergüenza.
Felices instrumentos de Dios,
sin guión que les asegure
un territorio preciso.

Esta tarde, en Valencia, pienso en los mendigos
y no sé si vale la pena esperar
aquello que no he de poseer,
apurar el viaje que he concebido,
la puerta que he inventado para huir de aquella voz.

ÚLTIMO SONETO (JUNIO, 1986)

Perdóname, lector, esta impostura,
La de haberte inventado algunos versos
En donde nunca hablé de los cerezos
Ni de mi dulce temor a la blancura

De la página. Con idéntica pavura
Confiesa Dante amor a la inocencia
Que se llamó Beatriz, la de Florencia,
La villa de los Medicci, tenue y dura.

Y yo la amo, María, lo afirmo despacio
Citando a Virgilio en el prefacio
De aquel libro sobre los conjurados.

Es mi hora. En Ginebra ya está el sitio
Maduro. Vuelvo a mi Fin, a mi Principio.
Y polvo seré, mas polvo enamorado.

TEÓFILO TORTOLERO RECUERDA LA ENSENADA DE VENECIA

Trae la brisa un poco de arena enferma
en sus párpados de sur.

Qué lejos está ahora la ciudad de Valencia.
El adiós de los amigos, de los poetas
que quise, resuena todavía en el corazón.

Hace calor de nuevo en este mediodía
y los turistas se dedican al almuerzo,
ensuciando el sereno litoral de la playa de Lido.

Me siento sobre la arena a contemplar bellas adolescentes
que no saben qué hacer con sus cuerpos.
Pasa la tarde azul, Llega la fría noche
del verano. Regreso de nuevo a la casa
de las drogas silvestres. En Nirgua debo
insistir en los oficios propios de la soledad.

Continuaré soñando con ese mar que no conozco,
con esa playa en donde el único oficio
de las almas es vivir en la melancolía.

Ahora me dedico a plagiar algunos versos.
Fui abogado, fui juez en el pueblo.
Ahora soy sólo un sueño vulnerado.
Venecia es sólo una fotografía
en la pared. Pero cómo duele.

(a Eugenio Montejo)

 

FINS QUE CAL DIR-SE ADÈUS

Ha llegado el tiempo de decir adiós.
Ella, sentada en el café de la tarde,
devora su pedazo de triunfo.
Mira con ojos desmesurados su lento cabecear,
su sonámbulo corazón que la nombraba.

Hasta aquí será, dijo en voz baja
y ella contempla a través de la ventana
a los vagabundos huyendo de la lluvia,
como quien se complace ante una gran fogata
en medio de la noche.

Hasta aquí será, repite en voz baja
y la mano se despide de la suya
sin decir nada importante,
como para que no se entere
de ese mundo de mostazas que se destroza.

Lejana, se escucha una sirena.
Algún herido, alguna urgencia.
Un hombre repara su vehículo
y los hábitos continúan, voraces, asesinos.

Por favor, Perú, tráeme ya la cuenta,
dice mirando por primera vez hacia la tarde.
Ella se levanta lentamente. Se despide.
El hombre se resiste ante lo intolerable,
se queda sentado, mientras bebe
aquel vaso de agua cristalino.

CIEGO EN GRANADA

Caminé por un hermoso barrio de antiguos edificios
en donde las mujeres hablaban un extraño dialecto.

Yo contaba las monedas día a día
alargando mi estigma en los mercados,
pero me sentía feliz perdido en esas calles
en donde todos ignoraban mi presencia.

Mientras pisaba las hojas del otoño
desfallecía entre bosques silenciosos.
Sobre el extenso cuero de una planicie,
recordé con espanto mi antigua pasión
por los versos de Neruda. Oía de nuevo su voz
de sótano en la casa de balcones
en donde la luz de junio ahogaba flores en su boca.

Un nuevo linaje se establecía en mí.

Mi cuerpo me llevó hacia el norte,
en busca de la Praza do Obradoiro,
la remota dueña de mis pasos,
el origen último de mi voz.
En la Ría de Arosa maldije a los romanos,
cansado de las ruinas de su imperio.

Ahora, en el vasto sur de esta primavera,
me he cansado de exquisitos japoneses,
de sus cámaras fotográficas que osan suspender
el paso de los siglos en los patios árabes,
las sagradas oraciones del Corán en sus murallas.

Pero nunca me sentí tan separado del mundo,
más cerca de la levedad y del cansancio,
tan harto de mí y de las palabras,
como en aquella mi primera noche
de pájaro frío en la villa de Madrid.

LUEGO DE LEER LAS CONVERSACIONES DE WALT WHITMAN EN LA VERSIÓN DE RAFAEL CADENAS

Dentro de cien años, ni tú ni yo
ocuparemos un lugar en este universo.
De las cosas que hemos escrito
no quedará una página.
Ni siquiera un verso feliz.

No vivirá el hijo de mis vecinos
que me entretiene mientras intento
estas líneas y abrevo una copa de vino blanco.

No veremos nunca más los ríos
en las praderas del invierno.
Llegará el momento de decir adiós
al azul en los espejos,
al postre después de la comida,
a las canciones de amor que tanto amamos.

El humo de este cigarrillo
será humo en el ojo de un dios.
Y la belleza de un perfil amado
será otra excusa para insistir en el Poema.

DECLARACIÓN DE AMOR A MARÍA KODAMA

Te imagino flotando, elevándote
en las mañanas desde una cama en cualquier
hotel de este planeta, con el desasosiego que acostumbran
los viajeros cuando visitan tierra extraña.
Te veo como descendiendo de un tren,
abriendo tus insólitos párpados
que han fatigado desiertos y crepúsculos.
Esos párpados tuyos, que han contemplado el mundo
desde un globo. Desde su vuelo detenido en las fotografías,
ese paisaje se me antoja un acto de circo.

Luego te diriges hacia el baño, ejecutas
tus obligatorias y cotidianas abluciones. Acaricias
con el menudo peine todo lo largo
de esos cabellos tuyos tan lisos y con canas.
Observas indecisa en el espejo el paso de los años.
Ya no tenemos doce ni quince.
Ya no vivimos el asombro ante cualquier
pasión desmesurada. Yo también he aprendido
a perder esa inocencia.
Y persistimos en conservar el mismo nombre, María.
Todo lo que ahora te digo, tiene que ver
con el tiempo que pasa y la entidad que perdura,
como lo ha dicho la ciega memoria en unos versos.

Te quitas el pijama -si lo usas- Caminas hacia el ropero
impersonal. Escoges algo oscuro, a tono con la melancolía
de una mañana que no es seca ni húmeda.
Luego del perfume detrás de tus orejas tan humanas,
te despides del ancho y solitario dormitorio
hasta la noche, para repetir la odisea de Odiseo.

Deberás explicar en rutinarias conferencias
que el hombre a quien amas todavía, nunca escribió
aquel poema en donde se habla de arrepentimientos,
de viajes y de postres. Te verás obligada a defender
tu derecho a ser eterna. Hablarás sobre las formas
del haikú, doliéndote en tu corazón
por la trampa que somos tu auditorio.
Y nosotros -pedigüeños, terrenales-
no sabremos qué hacer ante tu sonrisa
y la cadencia de tu voz,
ante ese aire de desamparo
que has cultivado con tanta honradez.

Es una lástima, María. La vida continúa
como un rizoma, dispersándose, fluyendo
hacia la mar que es el morir.
La realidad insiste, María, nos ataca,
repitiéndose como en el espejo inagotable de los cuentos.
Seguirán las botellas en los bares,
el sediento alcohol de Poe, las manías del gato de Alicia.
Seguirá la porcelana sobre las mesas,
el ruego en los labios de los judíos.
Continuará la eterna metáfora de Heráclito,
la espada de los héroes, el atrevimiento de ser
aquel poeta menor de una antología suramericana.

Y tú te vas, María, y yo no sé si te amo
en este insomnio que no tiene fin.
Mañana levantarás el vuelo en un avión sin hélices.
Te marcharás a Madrid, a Austin, a Ginebra,
a tu Buenos Aires tan querido y tan odiado,
para repetir tu acto de magia, candorosa,
ante un público que se nos parece.

(a Graciela Montaldo)

 

PALABRAS OÍDAS EN UN PÓRTICO DE JERUSALÉN

Vanidad de vanidades, dijo el Predicador.
Vanidad de vanidades, todo es vanidad.

¿Qué provecho tiene el poeta
de todo su trabajo conque se afana
debajo del sol?

Generación va, generación viene,
mas la Poesía siempre permanece.

Uno desea con vehemencia aparecer
en los diarios, en cualquier diario,
sobre todo los días domingo.

Y el viento tira hacia el sur,
y rodea al norte; va girando de continuo,
y a sus giros vuelve el viento de nuevo
sobre estas comarcas siempre al borde de un precipicio.

Los periodistas necios hacen preguntas necias,
a su imagen y semejanza. Dicen: ¿cómo se siente después
de publicar su poemario, de ganar tal premio, de aparecer
en un sello editorial de otro país?
Dicen: ¿qué piensa usted de un río?,
¿es usted un best-seller?

Quienes escriben reseñas en los diarios,
saldan cuentas personales y los amigos
ensalzan a sus amigos. Estamos siempre
atentos a lo que ocurre en otras aldeas.
Y hay hombres y mujeres a quienes les basta
con hablar de carencias de amor para ser poetas.

¿Hay algo en estas cosas de
lo que se pueda decir:
he aquí esto es nuevo?

Nada hay nuevo debajo del sol.

Este penoso oficio de la Poesía
ha ofrecido Dios a los hijos de los hombres
para que se ocupen en él.

Miré a todos los grupos literarios
del pasado y del presente, de mi tribu
y de más allá de mi tribu.
Leí obras completas y manifiestos
que se han escrito debajo del sol.
Examiné biografías, medité sobre enfermedades
románticas, sobre suicidios,
sobre presagios de mal amor.

Y he aquí, todo ello es vanidad y aflicción de espíritu.

Porque los versos torcidos no se pueden enderezar,
y los poemas con manchas, en verdad,
no pueden contarse. Porque no hay poemas
breves sino poemas mutilados.
No hay un antes de la escritura
sino un después de la escritura.

Porque en verdad os digo que no todos los viernes
se escriben buenos poemas. Porque
todos los ríos de la capital
van a la mar que es el morir.
Porque en verdad os digo que no todo lo que viene
de la noche va hacia la calle.
Porque no se puede creer en la calle
y, al mismo tiempo, no saber vivir sin la noche.
Porque no toda la Poesía de una década
se reduce a ser noche o a ser calle.

Hablé yo en mi corazón diciendo: he aquí yo
me he engrandecido por mi premio, por mi libro,
y he crecido en sabiduría sobre todos los poetas
que fueron antes de mí en Jerusalén. Dije para mí:
es mejor la fama que un buen ungüento.
También dije para mí: un plato de lentejas
vale más que la hospitalidad de un amigo.

He ocultado a otros el conocimiento de nuevos poetas,
de nuevas maneras de nombrar el mundo debajo del sol.
He querido ganar indulgencias con ofrendas
hechas por mis semejantes.
Gracias a mí, los inocentes lectores
han conocido poetas de otras razas,
y mi alma ha percibido mucha sabiduría y ciencia.

Dediqué mi corazón a inquirir sobre locuras,
sobre bebidas, sobre bares y poemas
abandonados en una servilleta.
Dediqué también mi corazón a afanarse
en desvaríos e irreverencias.
Conocí que aun esto era vanidad y aflicción de espíritu.

Porque en la mucha sabiduría hay mucha molestia;
el mucho estudio es fatiga de la carne
y quien añade ciencia a la Poesía le resta dolor.

Engrandecí mis obras, edifiqué
casas para mí, planté viñas para mí;
me hice huertos y jardines,
planté en ellos árboles de todo fruto.
No negué a mis ojos ni a mi cuerpo ninguna cosa
que desearan. Miré yo luego todas las obras
que habían hecho mis manos.

Y he aquí, todo ello es vanidad
y aflicción de espíritu.

Porque a pesar de los triunfos
en el campo de batalla,
todos los días del poeta no son
sino aflicciones y molestias. Aun de noche,
su corazón no reposa. Porque la palabra
no es el sitio del resplandor aunque insistamos.
Porque no entenderemos nunca la fábula
que somos a cualquier edad. Porque un pájaro
sólo hace dos cosas: cantar o estar sobre la rama,
pero es tanto tener dos vidas. Porque andamos a caballo
por nostalgia de lo invisible y todos los hombres,
de alguna manera, estamos limpiando un patiecito.
Porque ningún amor cabe en un cuerpo solamente.

Porque Venecia está en las aguas
como una mentira. Porque en la mayoría
de los casos uno no sabe nada.
Y esto también es vanidad.

En Poesía todo tiene su tiempo. Y todo
lo que se requiere debajo del cielo
para poder intentar un poema, tiene su hora.
Tiempo de nacer y tiempo de morir,
tiempo de plantar y tiempo
de arrancar lo plantado.
Tiempo de leer, tiempo de olvidar
lo leído, tiempo de escribir
y tiempo de arrepentirse de lo escrito.
Tiempo de hablar y tiempo de callar,
tiempo de llorar y tiempo de reir.
Tiempo de buscar, tiempo de perder,
tiempo de pertenecer a un grupo literario,
tiempo de dejar de pertenecer
a un grupo literario, tiempo de arrepentirse
por haber pertenecido alguna vez a un grupo
literario. Tiempo de encontrar y de guardar
lo encontrado, tiempo de romper
la cuartilla y tiempo de coser la cuartilla.
Tiempo para amar y tiempo para amar.
Tiempo para la guerra y tiempo para la guerra.
Tiempo para la paz y tiempo para la paz.

Yo he conocido que no hay para los poetas
cosa mejor que alegrarse y hacer bien en su vida.

Que no sirve envidiar a nuestro semejante
porque no es el semejante quien triunfa, sino la Poesía.
El enojo reposa solamente en el seno de los necios.

Y también he conocido que es don de la Poesía
que todo hombre coma y beba.
Y que goce, en su espíritu,
el bien de toda su labor.

He entendido que todo lo que la Poesía hace
será perpetuo. Sobre el buen Poema nada se añadirá,
y del buen Poema nada se disminuirá.
Y esto lo hace la Poesía para que delante de Ella
tiemblen los hombres.

Aquello que es, ya es.
Y lo que ha de ser, fue ya.
Y la Poesía restaura lo que pasó.
Y todo el resto es literatura.

FRAGMENTOS DE UNA CANCIÓN DE LLUIS LLACH

Silvia se dispone a preparar la ensalada.
Con un cuchillo inútil, como aquella
triste tarde de Venecia,
rebana los tomates en el ocaso de su primavera.
La roja pulpa de sus labios se destroza en el aire.

Luego añade algunos granos de maíz
y corta con sus manos pálidas
la pálida mano de una lechuga.

Ahora le agregas sal, el aceite de oliva,
algo de sésamo y comino.

Silvia de los ángeles.
Silvia y su pequeño demonio de durazno,
solloza recostada en la cocina de su casa,
allá, muy lejos de mí,
entre sus vecinos de la vieja aldea,
que saben de la lenta podredumbre de su vientre
en busca del amor.

PRIMERO DE ENERO (UNGARETTI)

El sueño llega la noche de Año Nuevo.
Falta un verso en el poema.
Miro a través de la ventana
la oscura rivera del Nilo en la llanura.

De pronto veo la frase escrita
sobre la extensa planicie.

No entiendo este mensaje, la línea final
de aquellos versos. Desde la vigilia
los he buscado con vanidad en el espíritu,
con una sensación desconocida
para mis muchos años.

No intento ahora la flor regalada
ni el canto para los ríos de mi vida.
Las palabras de pasión se han desvanecido.
No era el mar, ni el relámpago de la guerra.

¿Dónde estará la estrofa que me falta,
su respiración de pantera, su voz de paraíso?

LOUIS ARMSTRONG SE NIEGA A SER UN DIOS

Cuando niño, escuchaba los cantos de la oropéndola.
Los amores de mayo, las canciones de diciembre,
la luna y el sol liviano, hicieron
más oscura la piel de los abuelos.

Aprendí, en la orilla del gran río,
las artes del silencio, a inaugurar el día con los gallos,
a disfrutar de esta maravilla que no sabe de retornos.

Se han marchado, indómitos, los días
bajo el rumor de una trompeta eterna.

Esta mañana ha vuelto la adolescente
a purificar mis pies, a limar mis uñas.
Por la ventana la he visto llegar,
recostada contra un viento que limpia
su rostro, su cabello ensortijado.

Ella siempre ruega
que toque para ella en mi instrumento.
Pero sólo le cantaré a la noche.
A la noche que custodia
el sueño de los hombres.

No deseo para mí otra cosa
que una taza de café mientras admiro
desde mi silla de madera y cuero
las extrañas tardes que me quedan.

Sólo aguardo animado y cristalino,
el último aplauso, el que me inquieta.

PALABREO DEL ERMITAÑO (CON MÚSICA DE JAMES TAYLOR)

He llegado, al fin, a esta cima,
alejado del tumulto y los periódicos.

Aquí estoy, frente a mi plato de sopa
y el mendrugo de pan que me esperaba.

Afuera, en las calles del pueblo,
retumban los tambores con el eco lejano
de una raza y de una estirpe que me aturde.

Mi vecina se muere lentamente. Se muere
y no lo sabe. No tendrá refugio
en sus noches de insomnio
ni en los cuidados que pone en sus cabellos.
Su gato duerme, mientras tanto,
soñando con el retorno de otra vida.

He llegado temprano a este último andén.
En esta frontera he arribado al sosiego.
El derrumbe avanza, ya lo acepto.
Avanza la caries, la torpeza.
no habrá para mí el advenimiento de otro reino.
Todo transcurre como presentía
en los lejanos días de la adolescencia.

Ya no puedo dormir sino en mi cama.

Sólo espero resignarme
a esta muerte mía que no llega.
Y el tiempo pasa.

JORDI NADAL NOS CUENTA UNA DE ANIMALES

A las seis de la mañana, en África,
la cebra se despierta y corre
pues si no lo hace
el león la devora.

A las seis de la mañana, en África,
el león se despierta y corre.
Si no corre
no puede cazar y muere.

Si algún día te encuentras
en África, a las seis de la mañana,
levantate y corre.

LOS TRABAJOS Y LAS NOCHES

Cuando pienso en todo lo que he dicho, envidio a los mudos; todo lo que he temido, ¡justos dioses!, cuánto fue mejor que lo que he deseado. He hecho los mayores esfuerzos por salir de la multitud y hacerme notar por alguna cualidad: ¿qué he hecho sino ofrecerme como un blanco y mostrar a la malevolencia dónde podía morderme?

SÉNECA

Porque amar y cantar, eso cuesta.

ALFREDO ZITARROSA

 

A CONFESIÓN DE PARTE

Escribimos para destrozarnos.
Ya no hay temor.

Cansados de abrir ventanas en el mundo,
no buscaremos más en tratados de inocencia.

Se fue la trinitaria de los patios,
el muro blanco de nuestra asfixia,
la serena palidez en las calles del verano.

La lujuria destrozó nuestra camisa. Ridículos
en la porfía, en las contorsiones del deseo,
fuimos viles y dóciles ante los mandatos del cuerpo.

Sobre las cenizas de esa soberbia
y cansados de repetir los mismos gestos,
sólo quedan ahora estas líneas azules,
el fiero sudor de una pantera, cierta sumisión
al cigarrillo, a las tazas de café.

Mientras esto sucede, la joven
sentada en el banco de una plaza
se despoja del incendio de su blusa.

Será su condena apaciguarse,
aguardar al siguiente peregrino.

MEDITACIONES EN UNA CURVA DEL CAMINO
La vida sucede, madre.
Resulta difícil de entender.
Los años han pasado corriendo
como los conejos en la ventana.

Tus cabellos rojos en la antigua fotografía,
tus lejanos disfraces, mi estremecida
juventud mirando al cielo.

En la orilla del lago
ya no florece el añil, madre,
ni el algodón. Ahora sólo hay casas horribles,
con hombres y mujeres que se destrozan
y se entregan a sus pesadillas en la noche.

Ya no me conmuevo, como antes,
en la orilla del mar.
Y sólo escribo, madre, sólo escribo
estas dulces letanías.

RECUERDO ESTA TARDE ALGUNOS ANIMALES DE MI INFANCIA

Conejo
La brisa echa hacia atrás
su rosada pupila, sus orejas.

Mueve las mandíbulas, retirado
del mundo. Construye con sus manos
la casa de siempre, el hogar de nosotros.

Los niños se entretienen
con su pelaje blanco y vivo.
Salta hacia adelante
como los demás de su estirpe.

La breve muerte se lo lleva.
Y las hormigas
devoran su corazón.

Loro
El arcoiris descansa en sus alas
y se mueve lento
entre las dolorosas ramas de la trinitaria.

Repite, como los hombres,
la nomenclatura cotidiana.

Destroza las semillas.

El loro nos vigila con un solo ojo.

Los perros
Merecen nuestra mayor indiferencia.
Animales tontos,
requieren de caricias,
de cuidados.

Sus bolsas de alimento
siempre figuran
en nuestra lista de mercado.

Han tomado con absoluta seriedad
su papel de amigo de los hombres.

Ladran siempre,
saltan sobre su dueño
en señal de servidumbre.

Su húmeda lengua nos saluda a veces,
cuando ansiamos lo seco, lo alejado.

Corren estúpidamente
detrás de vehículos indiferentes.

Nos condena a su dominio
en los días feriados.

Pero de pronto se enferman
y sufrimos la posibilidad de su ausencia.

Abeja
Mi madre corta los panales
con el cuchillo grande de la cocina.

Ella se viste de negro
para enfrentar ese peligro.

Vierte la miel en las cacerolas
y el zumbido de la queja,
la señal de la congoja,
se escucha lejana entre las flores.

Vuelan hacia mí en la madrugada
de los viernes y me despiertan en un grito.

Gato
Lame con su áspera
lengua el pelaje negro.
Está ausente de nosotros.

El universo brilla en su pupila
y está ausente de nosotros.

Gato maldito.
Bestia con vida privada,
sin nosotros.

Erizo
Sabe defenderse con sus negras espinas.
Maniobra lentamente al vaivén de las mareas.

No puede mirar el azul
de neblina allá en el fondo.
Las piedras son su hogar obligatorio.

Devora a los seres minúsculos
y no le importa hacer sufrir con su presencia.

Anhela un pie para cumplir con su tarea.

Sin embargo, los bañistas acuden
siempre a su domicilio
buscando el azar de su peligro,
su fiebre íntima, su negro dolor.

Zamuro
Vuelan su noche allá en lo alto,
su círculo de muerte, su porfía.

El ojo fijo, la negra pluma.

El acecho,
el juego contra el viento.

El pico atento al epitafio.

Abajo, una víscera espera
el baile de la Muerte,
el último grito de la sabana.

MIRANDO EL NUEVO PATIO

Ahora me dispongo a sembrar de nuevo.
No sé si será fértil la tierra,
si el agua suficiente
o si ansiosas esperan las aves
una rama fresca para el nido.

Por ahora tomo en mis manos
las raíces. Acaricio las hebras menudas
y aspiro hondamente su fragancia.

Allí están las hojas diminutas. Dedos frágiles
y verdes que buscan al sol con osadía.

Pero tú no estás aquí, como antes.
No estás para admirar este acto decisivo.

GRIPE

Me falta verano para esta fiebre,
para esta perversa inquietud.

Mi cuerpo doliente, sofocado,
está más vivo en estos días.
Late con desidia y envía sus mensajes.

Apenas ayer caminaba por la aldea
y me entretenía oliendo la humedad,
el claro alivio de la madrugada.

Estoy solo en el cuarto, recostado
contra la blanca pared de la tormenta.
Me alejo de la vida, tosiendo el dolor en esta tarde.

Se me va el tiempo en vigilar
este sabor a incienso de diciembre en la garganta,
en atender los huesos del desaliento,
esta esponja que me devora.

Afuera, el mundo continúa
escribiendo sus garabatos
en el seco papel de los periódicos.

Requiero de una manta gruesa,
un blanco caserío de plumas,
una discreta infusión para calmarme.

LOS TRABAJOS Y LAS NOCHES

¿Quién me acompaña para escribir la fábula,
para acercarme un blanco vapor
que pueda salvarme de tanta incertidumbre?

¿Quién se acuesta conmigo en la cama solitaria?
¿Quién viene a hablar por mi boca sucia,
mi boca que hace meses no acaricia a nadie?

Me espera otro sueño de animales,
de abejas feroces que buscan
el preciso momento del ataque.

Reposo la cabeza en la almohada,
recostado sobre el lado izquierdo,
protegiendo lo que queda de corazón.
Despierto a las tres de la madrugada,
sofocado y hambriento, olvidado por lo oscuro.

Busco en la repisa los cigarrillos
para entregarme a su sopor.

El aire acondicionado del vecino
profana el silencio de la noche.

Retumba un coro de diablos en el cuarto.

Enciendo la radio como queriendo
espantar la telaraña que he tejido mientras tanto.

Y vuelvo a repetir los rituales: la manzanilla
caliente, un baño de agua fría. Hojeo un libro
buscando una nueva casa, la respuesta a tanto sacrilegio.

Y a la noche siguiente
el juego se repite. Y eso cansa.

MONÓLOGO

La mujer se ha despojado de todo.
Como siempre quiso.

Frente a la joven pregunta:
¿qué suplicio te duele tanto?

¿Qué cosa anterior a mí te destroza?
¿Qué tormento sin mí yo sufro?
¿Qué cosa padeces allí,
en el sitio al que no puedo llegar?

Vuelve su rostro, la concibe distante,
como pendiente de otras cosas.

Y responde con un silencio parecido
al lejano corazón de la muerte.

POR LA CARRETERA VIEJA

Vuelve esa imagen desde atrás.
El domingo en la calle ancha,
cuando la noche retorna frente a la casa.

Pronto alcanzará su cuarto, suspendido
por ahora en cualquier curva.

Su rostro tenue, mortecino,
mirando hacia adelante la carretera oscura,
esa estrecha serpiente al lado de la montaña.

Quiero estar de nuevo allí,
sin nadie. Esperar tranquilo,
sin asma en el pecho, sin el jadeo
que me acompaña desde esos días.

No me dejes.
También ansío una respuesta
para este abatido corazón
que ya no vuela.

DE LA BREVEDAD DE LA VIDA

Mi profesora Esther Fernández recortaba en los periódicos
las frases que estudiaríamos cada día.
Copiaba en inmensas letras sobre el pizarrón:
Candidatos pueden ir parejos a segunda vuelta.
Nos aturdia entonces con sintagmas nominales,
paráfrasis verbales y subordinadas sustantivas.

La profesora Luisa Sánchez, mientras tanto,
nos fascinaba con la fonética medieval,
con la saga del Mío Cid y el Romancero,
la Afrenta de Corpes, las cántigas del rey Sabio,
la simetría en los cuentos del Conde Lucanor.

Esther y Luisa recorrían en las mañanas
los pasillos de la Escuela.
Hacían chistes en la lengua de Virgilio
y se burlaban, como niñas, del resto de sus colegas.

En alguna madrugada fueron jóvenes y felices.
Es dable suponer que sus cuerpos voluptuosos
y su facilidad para los idiomas,
sorprendieran a sus compañeros de estudio,
allá en la patria de Fray Luis.

Ahora, Esther y Luisa, jubiladas,
lejos de toda rutina y distracción,
recuerdan a sus alumnos
mientras saborean una copa de tinto.
Comentarán en voz alta la decadencia
de nuestros tiempos, esos zarcillos en las orejas
de los muchachos, su pelo largo.

Revisarán de vez en cuando el diccionario de Corominas
y seguramente disfrutarán tejiendo escarpines para sus nietos,
tal como lo hacía Isabel la Católica.

OBITUARIO

Allí están sus dignos,
sus modestos nombres y apellidos.

La muerte puede ser trágica,
cristiana o repentina.

Algunos ruegan no enviar flores,
pero exigen que acudamos a su partida.

Familiares necios que no entienden
la mentira que somos y el sueño que seremos
dentro de pocos años.

Es probable que Alguien
vigile nuestras jornadas,
nuestros actos insípidos
que no caben en un recuadro del periódico.

Pero nos obstinamos, insistimos en ser eternos.

LOS OBJETOS DE LA CASA ME RECUERDAN A SILVIA

Puerta
Tu llave no decide nada.
Te alejas como desde el principio del mundo.

Nunca estuviste aquí,
calcinada de amor,
como dijiste tantas veces.

Puerta sin mostaza.
Puerta que quiso llevarnos
hasta el asilo del sosiego.

Mesa
Esa su forma oblicua de estar en el mundo.
Causa de siniestros entre el cieno y la grava.

Contiene y atropella.

Los hombres se alimentan, escriben,
autorizan sus malos usos.
Consumen el tiempo cuando cantan las aves

o acontecen las nubes en lo alto.
Ella, mientras tanto, no pierde su brillo,
su cántaro de madera.

Y deviene, decorosa y siniestra,
en el centro de la sala.

Cama
Remanso de aguas opuestas,
barco para dos hogueras
en la madrugada del silencio.

Extiende su mano cóncava debajo de la seda.
No hace preguntas ni responde al sollozo
de la ausencia. Transcurre solitaria, nítida,
incorregible en su destino de sábana y almohada.

Su utilidad consiste en ofrecer
súbitos actos de magia en donde el simulacro
del otro aparece nublado, como cuando
la mano se cubre con un guante.
Esta propiedad permite acercarnos
con cautela al amado cuerpo del enemigo,
saborear sus praderas, devorarlo.

Entonces todo deviene en ojo,
en brazos y pelaje, en yegua hambrienta
abrevando su sed en lamederos del chubasco.

Todo esto sucede en pocos minutos
para devolvernos, como pulpa de cañamazo,
a las preguntas de siempre.

Y cuando llega el nuevo día
se oculta de nosotros y se aleja.

Ventana
Alejada en su olor de mandarina,
la nostalgia mira por sus ojos.

Se acerca a nuestro espacio,
vigilando nuestras pesadillas.

Suspendida en la casa del pueblo
o en los apartamentos, nunca está conforme
y es ella quien decide.

Nuestros actos están llenos de ventanas.

Las calles van y vienen,
se suceden los horarios de los trenes,
se calcina el cuero en los desiertos.

Las mariposas nos aturden
bajo su manto amarillo.

Pero la ventana persiste, inmutable,
como el libro que espera ser escrito.

CANCIÓN

¿Me perdonarás estos días de noviembre?
Anna Ajmátova

Cuando el viento sople a favor
será noviembre en las ventanas.

Un cálido aroma se esparcirá de nuevo
bajo la túnica azul de la montaña
y el viento entrará fuerte, fuerte,
moviendo las trinitarias en el patio.

Canción de noviembre, decía.

Canción que arrulla la comarca ahora,
en este preciso momento,
cuando ya nada vale la pena.

APUNTES PARA ESCUCHAR EL RÉQUIEM DE MOZART

Han debido avisarme que nada es eterno.
Ni el cielo, ni las mañanas.
Hubiese podido aprenderlo en la infancia
mientras me paseaban por los parques. O cuando
escuchaba, atento, las canciones de cuna.
Alguna maestra prevenida pudo enseñarme
a decir adiós. La lección más elemental
debería comenzar por allí, antes de instruirnos
en la suma y en la resta,
en los acentos y en los tiempos verbales.

Sabríamos evitar entonces el miedo a los cementerios,
a la tenue luz en los espejos, a las alimañas
nocturnas que saborean y devoran la basura en la cocina.

Este arte de decir adiós que es tan difícil.
Encontrar la mitad que nos falta, soportar la gotera
que en el baño nunca nos decidimos a arreglar.
Nuestra pobre garganta, cercada por sus paredes
de carne y ligamentos, el sueño que custodia
nuestra almohada, estas manos solitarias
que no se acostumbran
al curioso acto de decir adiós.

Yo corrijo, leo, calculo el álgebra perfecta,
consumo un cigarrillo mientras repaso estos versos,
preparo una valija. Nombro en voz baja
la gracia de los meses que faltan
para un viaje que planeo, sin sentido.
Juego a las cartas, tomo mi café en las mañanas,
me dispongo para el sueño cada noche
y me entrego levemente a sus infiernos.

Huimos de lo que nunca desaparece.
Andamos bien vestidos, imaginamos la amistad,
la eficacia del correo, disfrutamos el domingo
las visitas a la aldea.
¿Quién nos acompaña en esta tristeza
y nos inventa un cuento,
un blanco vapor que sepa cubrir
tanta incertidumbre?

Por eso es que estas líneas intentan
un último recurso.
Mentir esa muerte que me espera.
Una muerte redonda, prodigiosa,
como el canto de los gallos con su perfil de fuego.
Un adagio de Vivaldi.
Una muerte frágil que se parezca
al lento atardecer en el pueblo de la infancia.
Me agradaría una muerte por poco tiempo.
Seis meses serían suficientes, a ver si aprendo
la palabra exacta.

Voy a despertar cuando alguien me necesite,
mañana, en las puertas del Infierno.

NUEVE HAIKÚS

Bajo el azul de esta tiniebla
la dura nieve
que no existe.
***
Cada corazón
merece el silencio
que precisa.
***
Este domingo anuncia
soplando suave, como antes,
la brisa de septiembre.
***
El canto se sostiene
en el árbol y en el vuelo
del pájaro que mira.
***
Los libros que he leído
tratando de espantar
tu nombre, tu figura.
***
Escribir desde el sollozo
posee el misterio
del perdón y la soberbia
***
Llevándose las migajas
el tiempo
nos dejará el pan
***
Todas las mañanas
miro en el espejo
la bestia que me alimenta
***
No hay puertos
en esta madrugada
para calmar nostalgias.
***

SÍSIFO

Perdóname Señor. Me aterra esa pradera inacabable.
ANTONIO CISNEROS

Todo vértigo finaliza
cuando se construye una nueva casa.

Adentro, restituidos
al fin de toda adversidad,
no se molesta a nadie.

Y cuando menos lo esperamos,
los dados de un dios menor devoran las paredes
que con fuerza y temor has construido.
Las hormigas se encargan del resto, silenciosas.

Luego iniciamos el artificio de otra morada.
Y así toda la vida.

LOS HOMBRES SOLITARIOS

El escritor está solo
YOLANDA PANTIN

Los hombres solitarios tienen el aspecto
de los que vienen de regreso.
Anuncian su nostalgia con la ropa.
La cuidan con detalle.

Los hombres solitarios leen, distraídos,
los titulares del periódico.
Van al cine y lloran la muerte de los héroes
cuando se encienden las luces de la sala.

Cumplen el ritual del mercado los domingos.
Preguntan el precio de cosas
que nunca han de comprar.
Admiran las piernas de alguna adolescente,
y al final de la tarde se procuran
una botella de buen vino
para acompañar la comida
en sus mesas solitarias.

Los hombres solitarios son fanáticos de los deportes.
Piensan. Piensan siempre en lo que tuvieron
o en lo que ha de venir. Cantan entonces
en voz baja alguna canción antigua,
de los tiempos felices de hace veinte años.

También se distraen escribiendo
cartas infinitas en donde mienten
acerca del sosiego.
Los fines de semana se alegran
porque alguien les ha visitado
por cualquier cosa sin importancia,
un saludo, alguna noticia menor.

Miran la televisión, oyen la radio
en la tenue madrugada. Cancelan sus deudas
con puntualidad y ofrecen disculpas por todo.

Huyen de los parques para evitar algún recuerdo.

Viajan en taxi y encienden, abstraídos, un cigarro.

Los hombres solitarios también son víctimas
de pesadillas reincidentes. Siempre buscan,
a pesar de su convicción en los encuentros.
Se despiertan cada mañana esperando que algo
terrible o nuevo va a sucederles. Y al llegar
la noche se fastidian porque nada ha ocurrido.
Entonces golpean su corazón
contra algún poema de Sabines.

No pueden entender que todo es transitorio,
quiero decir que no viven el presente.
Se angustian esperando algún significado
en las cartas del tarot o en las runas vikingas
y miran aterrados la calle desde su balcón solitario.

Creen decirse la verdad pero se mienten,
sus corazones se fatigan esperando,
siempre esperando, ocultándose detrás
de frases en donde se culpan de todo.

Así viven su fábula porque olvidan
que los asuntos del hombre tienen su estación y su causa.
Disfrutan del llanto como si no hubiera
otra cosa en el mundo. Cambian de vez en cuando
las sábanas y se entregan al sueño
en donde se miran a sí mismos caminando
por alguna ciudad desconocida.
Los hombres solitarios suelen ser tercos

y a pesar de la envidia que provocan,
los días de su corazón no conocen el sosiego.
Estoy tranquilo así, murmuran en voz baja.
Evitan toda perversidad de amor.
Suponen, como en el verso del poeta,
que desbaratando encajes llegarán hasta el hilo.

CONVERSACIÓN EN EL TEATRO DE LA OPERA

-¿Cuál era tu color cuando nos vimos?
-Azul oscuro.
-¿Y ahora?
-Ahora estoy verde claro, casi cristalino. ¿Y tú?
-Estaba cercana al color de las violetas
cuando te vi detrás del cuaderno.
Y ahora me parezco al color de esos ojos tuyos,
a tu dolor que no tiene nombre.

ORACIÓN

Lo que nos lleva entre las aguas
turbulentas de este río
y le da espesor a nuestros actos.

Aquello que otorga vida
a los espacios, a la mostaza, a las canciones.

Lo que nos encuentra sin abrigo
en las esquinas y nos invita a coleccionar
frágiles y exquisitas postales.

Eso que destroza nuestro cuello al final.

El amor, ese pájaro de hielo oscuro.

ADIÓS
En ningún caso habrá salvación.

Nos escondemos bajo el ala del sombrero
para decir agua, primavera,
cielo azul de Nochebuena.

Así habremos de implorar
el perdón en este acantilado.

Cuando nos asomemos desde el estiércol,
rodeados del estigma o cautelosos,
ya estaremos vencidos por tanta vastedad,
arrojados del último paraíso.

Pobre herencia la que padecemos.

Atrapados en parajes de confusa aspereza
vamos por el mundo agitando pañuelos.

POSTSCRIPTUM

NOTAS PARA UN POEMA DE AMOR
Y le dijo a la otra araña:
-Continuaremos siendo fielesa lo que padecemos.
Mañana, y más allá de mañana,
será suave la sombra del árbol que nos protege.
Sus pájaros cantarán por nosotros.
Emprenderemos aquel viaje que tanto has soñado,
los barcos serán amables con nosotros.
Cuando esté lejos de casa,
esperarás mi regreso en la puerta.
Por mí, dejarás a tu padre y a tu madre.
Devoraré tu vientre, olvidarás tu nombre
en la cumbre de la delicia.
Seremos un solo cuerpo ante el mundo.

Respondió la otra, mientras tejía:
– Yo prometo destrozarte al final del camino.
Todo amor declina cuando se consuma la seducción.

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Una respuesta a “Los trabajos y las noches

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