manoa


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Foto: © GORKA LEJARCEG, El País

Hermano, hoy estoy en el poyo de la casa,
donde nos haces una falta sin fondo.

César Vallejo

MANOA

No vi a Manoa, no hallé sus torres en el aire,
ningún indicio de sus piedras.

Seguí el cortejo de sombras ilusorias
que dibujan sus mapas.
Crucé el río de los tigres
y el hervor del silencio en los pantanos.
Nada vi parecido a Manoa
ni a su leyenda.

Anduve absorto detrás del arco iris
que se curva hacia el sur y no se alcanza.
Manoa no estaba allí, quedaba a leguas de esos mundos,
-siempre más lejos.

Ya fatigado de buscarla me detengo,
¿qué me importa el hallazgo de sus torres?
Manoa no fue cantada como Troya
ni cayó en sitio
ni grabó sus paredes con hexámetros.
Manoa no es un lugar
sino un sentimiento.

A veces en un rostro, un paisaje, una calle
su sol de pronto resplandece.
Toda mujer que amamos se vuelve Manoa
sin darnos cuenta.
Manoa es la otra luz del horizonte,
quien sueña puede divisarla, va en camino,
pero quien ama ya llegó, ya vive en ella.

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blas coll y la crítica a la modernidad literaria


el cuaderno de blas coll

¡Hermógenes, hijo de Hipónico! Dice un antiguo proverbio que todo lo hermoso es difícil, cuando hay que aprenderlo.

Sócrates, en Crátilo.

Entiendo que debe resultar inútil trazar un mapa acerca de los heterónimos de Eugenio Montejo sin ponerlos en diálogo con el resto de su bibliografía. Y sin embargo, la tendencia académica a estudiar y a leer la poesía venezolana como objeto, como corpus aislado del contexto -tanto del resto de la obra como del entorno estético en que se desarrolla- ha obliterado una construcción que permita contemplar la hondura de esas aguas. Tal postura está interesada más bien en abocetar un inmenso océano pero con pocos centímetros de profundidad. No es nuestro interés aleccionar en estas líneas el cómo debe hacerse para evitar tales desidias. Sólo nos interesa mostrar las junturas, los encuentros y desencuentros de Blas Coll y sus discípulos a la luz del resto de la poesía de Eugenio Montejo.

Siempre he sospechado que la poesía de Eugenio y la instrumentación de sus variados y disímiles heterónimos están más cercanas al Juan de Mairena que al Ricardo Reis de Fernando Pessoa, por vía de la intuición, la duración y la memoria que Antonio Machado aprendiera de Henri Bergson hacia 1911, cuando fue su alumno en París[1]. Siguiendo el consejo de Mairena (Tenéis unos padres excelentes a quienes debéis respeto y cariño, pero… ¿por qué no os buscáis otros más excelentes todavía?), Eugenio se dio a la tarea de fundar, acentuando de esa manera la obra de su ortónimo, su propia tradición literaria. Cuando crea sus heterónimos, busca en un espejo otra imagen que le redima de su confesa intención de sentirse exiliado de la tradición moderna de la poesía escrita en nuestro idioma.

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lectores en estado de duelo/ nelson rivera


Quiero decir que la muerte de un poeta se constituye ante nosotros como conmoción única. Y no se pretende con esta afirmación sugerir que otras muertes estén despojadas cada una de su específica y doliente singularidad. Lo humano es esa perplejidad que jamás cesa ante el fenómeno y el misterio que es el morir. Pero en la muerte de un poeta quizás haya otra cosa, una disrupción que tiene su propia naturaleza.
Ocurre que tras la última exhalación las palabras del poeta adquieren una condición distinta. Ellas se instalan en el mundo, ahora sí, de modo definitivo. Mientras vive, el poeta, absoluto señor de su creación, puede decidir en el silencio de la noche traer uno de sus poemas hasta la mesa de trabajo, ponerlo allí bajo la luz de una lámpara (podría ser justo ese poema que usted lleva en su memoria como una oración, como un talismán o como la secreta señal de un antiguo amor) y cambiarle sólo una palabra, acto que dará vida a otro poema: esa nueva creación será, en esencia, un nuevo poema, distinto al que lo precedía.
O puede pasar (porque de hecho pasa) que en cualquier instante, el surgimiento de un nuevo poema, benévolo pan recién salido del horno, nos ocupe, se cuele por nuestras rendijas, se convierta en uno de nuestros íntimos regocijos, y desplace de su lugar preponderante a otro poema que hasta segundos antes concentraba el don de la mayor resonancia (en el corpus de la obra de cada poeta la aparición del poema más reciente emplaza a todos los poemas anteriores).
Eugenio Montejo se ha marchado, sostenido hasta el último momento por su fe en Dios y por el vínculo sin reservas con quienes le aman y le han amado. No tengo ni tendré las palabras a mano, ni dispongo ahora ni dispondré más tarde de la facultad necesaria para pensar qué significa para todos nosotros su ausencia. Podemos abandonarnos o luchar con la potente aflicción que nos produce su muerte, pero debemos afrontar lo irrevocable: no nos ha sido dado pensarla, porque ella es, ni más ni menos, que lo impensable, lo irresoluble. Transcurrirá el tiempo y el designio que provocó su ausencia permanecerá entre nosotros como indescifrable.
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Escritura


 

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Foto: © GORKA LEJARCEG, El País

Escritura

Alguna vez escribiré con piedras,
midiendo cada una de mis frases
por su peso, volumen, movimiento.
Estoy cansado de palabras.

No más lápiz: andamios, teodolitos,
la desnudez solar del sentimiento
tatuando en lo profundo de las rocas
su música secreta.

Dibujaré con líneas de guijarros
mi nombre, la historia de mi casa
y la memoria de aquel río
que va pasando siempre y se demora
entre mis venas como sabio arquitecto.

Con piedra viva escribiré mi canto
en arcos, puentes, dólmenes, columnas,
frente a la soledad del horizonte,
como un mapa que se abra ante los ojos
de los viajeros que no regresan nunca.

EUGENIO MONTEJO

Eugenio Montejo/ Los espacios cálidos y otros poemas.


vicente gerbasi

  • (Foto: Enrique Hernández D´Jesús)

La obra del poeta y ensayista venezolano Vicente Gerbasi (1913-1992) acaba de ser objeto de una nueva mirada editorial con la reciente publicación que hizo Editorial Pre-textos, en España, de una antología poética que reúne los versos del autor de Mi padre, el inmigrante (1945). Gerbasi, quien se hizo merecedor del Premio Nacional de Literatura en 1969, escribió, entre otros, los poemarios Vigilia de un náufrago (1937) y Liras(1944). Se ofrece a sus lectores las palabras de presentación de la edición, a cargo de Eugenio Montejo , publicadas en el Papel Literario del diario El Nacional, el 24/12/05

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